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Rajoy gana el primer set, no el partido

miércoles 20 de julio de 2016, 14:14h

Descolocados y con el pie cambiado dejó Mariano Rajoy el martes en el Congreso a socialistas y Podemos cuando comprobaron que algunos nacionalistas catalanes y vascos habían votado a favor de la propuesta de PP y Ciudadanos para la vicepresidencia de la Mesa de la Cámara Baja. La cosa no va más allá de donde va, un mero acuerdo para el órgano rector de la sede parlamentaria, pero hay que reconocer que Rajoy se ha ganado además los plácemes generales con la designación de Ana Pastor como presidenta de la Cámara, contando con los votos de la formación naranja de Albert Rivera. Hay quien se pregunta cuánto van a costar esos diez 'votos fantasmas' que se unieron a 'populares' y Ciudadanos para sacar adelante la vicepresidencia. Y no falta, y probablemente con mucha razón, quien reproche la 'falta de transparencia' con la que el presidente en funciones actuó en sus contactos con los nacionalistas... que para colmo negaron cínica y oficialmente lo evidente: que los votos eran suyos.

El caso es que, aun mostrando lo encanalladas que están las formas (y los fondos) en la política española, evidenciando las dobleces de unos y otros, bordeando el ridículo de que se diesen 10 votos sin paternidad conocida para apoyar a PP y C's en los órganos rectores de la Mesa, hay que admitir que Rajoy se ha apuntado un tanto. Y no seré yo, ciertamente, quien se una a los ataques por haber contado con 'nacionalistas y separatistas' en este primer 'contubernio' parlamentario. Cierto que al socialista Pedro Sánchez se le criticó hasta la saciedad porque en algún momento pensó en apoyarse en Convergencia catalana (o como se llame eso ahora), en el PNV y hasta en Esquerra para formar una mayoría con Podemos que le hiciese superar la investidura para convertirse en presidente del Gobierno; pero desde luego el caso no era el mismo que ahora, porque en esa ocasión la gobernación del socialista hubiese quedado seriamente condicionada: recuérdese como Pablo Iglesias reclamó una vicepresidencia, los servicios secretos, Defensa, los medios públicos de comunicación...

Y, en cambio, ahora, como mucho, la máxima concesión que Rajoy va a hacer a los nacionalistas será facilitar que los catalanes tengan grupo parlamentario propio y los vascos obtengan algún tipo de prebenda concreta -¿la aproximación de los presos vascos a cárceles en nacionales. Euskadi, como por otra parte prevé la Constitución?- que les sirva para esgrimirla en la próxima campaña autonómica frente a Podemos y Bildu. Lo cual, por otro lado, tampoco viene mal a los intereses nacionales, sobre todo si se logra quitar a Esquerra Republicana la hegemonía de la 'voz catalana' en el Congreso de los Diputados.

Siempre he dicho que involucrar a los nacionalistas -y, si posible fuera, a los separatistas- en la gobernación del Estado no puede sino traer consecuencias beneficiosas para la unidad de la nación y para una mayor estabilidad política. Ignoro si Rajoy, en el colmo de la pirueta negociadora, conseguirá que CDC y PNV le apoyen también en su investidura -me parece improbable-, pero, por lo pronto, se ha iniciado el acercamiento. Ahora, la pelota está en el propio tejado de Rajoy, cuyas ofertas programáticas para ganarse aliados para la investidura no pueden calificarse sino de excesivamente tímidas. Y también, algo, está el balón en el tejado de Albert Rivera, que en algún momento tendrá que cambiar su anunciada abstención a la investidura de Rajoy por un voto afirmativo que incluso, entiendo, debería conllevar entrar en un Gobierno presidido por el hasta ahora repudiado presidente del PP y presidente del Ejecutivo en funciones: la presencia de Ciudadanos en ese Gobierno solo podría redundar a favor de los cambios regeneracionistas y en una mayor garantía contra la corrupción.

Porque la verdad es que ya no espero nada de un PSOE empeñado en el 'no', independientemente de las contrapartidas negociadoras que podría obtener con una posición más flexible. Cualquier giro importante en las posiciones del PSOE pasaría por un desmentido a sí mismo en el pronunciamiento del comité federal y por una salida de Pedro Sánchez, excesivamente comprometido de manera personal en sus negativas a cualquier acuerdo con el PP, de la secretaría general. Y ninguna de esas cosas se podrán sustanciar antes de que, el 5 de agosto, se celebre la segunda votación de investidura, que a tantos nos gustaría que se solventase ya con la formación de un Gobierno que, inevitablemente, estaría presidido por Mariano Rajoy.

Pero él ha ganado el set del pasado martes con la constitución de la Mesa del Congreso (y del Senado, donde el PP cuenta con mayoría absoluta): está lejos de ganar el partido, en el que el árbitro será esta vez el propio Rey, a quien, entre unos y otros, están colocando en una situación muy difícil. Confío en que Rajoy asuma la responsabilidad de la investidura, ofreciendo lo que en sus manos esté ofrecer para ganarse la mayor cantidad de apoyos posible, de la misma manera que espero que los restantes partidos entiendan que, qué remedio, a Rajoy le toca ganar en esta competición, pero que se trata de un partido de dobles. O de triples. Y ahí hay que saber repartir el juego.
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