El tema se pone peliagudo. Kosovo, un lugar en Europa que muy pocos españoles sabrían situar en un mapa ciego y que ayer obtuvo la independencia, se ha convertido en el nuevo factor de enfrentamiento entre una parcela de las ‘dos españas’. La independencia de Kosovo ha dado alas a los nacionalistas (especialmente los vascos) para insistir en sus reivindicaciones, mientras el Gobierno español, apoyado por la oposición del PP, rechaza categóricamente reconocer al nuevo Estado, último fragmento de lo que día fue la gran Yugoslavia.
María Teresa Fernández de la Vega había dicho que España no reconocerá a un Estado que ha proclamado unilateralmente su independencia, y en el mismo sentido la secundó
Rajoy. Pero ayer, la portavoz del Gobierno vasco,
Miren Azkarate, afirmó que la independencia de Kosovo supone una "lección sobre el modo de resolver de forma pacífica y democrática conflictos de identidad y de pertenencia".
A su juicio,
"el siglo XXI es el siglo de la identidad y de las naciones, el siglo del respeto a la voluntad de la ciudadanía", y en ese contexto el derecho a la autodeterminación es "la llave" que puede dar solución
"definitiva" al conflicto político vasco.
La portavoz del Ejecutivo vasco afirmó que la independencia de Kosovo supone
"un ejemplo más, en Europa, de que de manera democrática y dialogada respetando la voluntad de la ciudadanía se pueden resolver los problemas".
Además, destacó que
"la práctica totalidad de los Estados" europeos,
"excepto Serbia, Rusia y “el Estado español” (la verdad es que algunos otros, silenciados por la señora Azcarate, tampoco, aunque ciertamente no son los principales ‘motores’ de la UE), asumen con normalidad la independencia de Kosovo", que
"no es la primera, sino un nuevo ejemplo en las últimas décadas de este debate y modo de solucionar los problemas que ha estado sobre la mesa y se ha aplicado con normalidad en distintos puntos del mundo occidental".
Azkarate reiteró que se trata de
"una nueva demostración de que este principio está sirviendo para canalizar de forma pacífica y democrática conflictos de identidad y de pertenencia", en sociedades
"modernas y avanzadas, desde Québec a Montenegro, pasando por Irlanda".
"Un problema que está planteado en Bélgica y Escocia del mismo modo que lo está en Euskadi y Cataluña", añadió.
Curiosamente, los principales líderes nacionalistas catalanes guardaban, al menos hasta la hora de escribirse este comentario, una cierta cautela.
Como señala en este mismo periódico nuestro colaborador
José Luis Gómez, Kosovo llama mucho la atención estos días por su independencia, un tanto irregular si se aplican los principios de Naciones Unidas, pero en realidad su caso sólo es uno más. Como subraya el economista
Guillermo de la Dehesa en su libro ‘Globalización, desigualdad y pobreza’, la globalización, en contra de lo que pudiera parecer, fomenta el nacimiento de nuevos estados, hasta el punto de que en los últimos 50 años, el mundo ha pasado de 46 a cerca de 200 países independientes, dato que curiosamente se maneja poco en España, incluso por parte de dirigentes independentistas y nacionalistas.
El caso de la provincia serbia de Kosovo ha disparado las contradicciones entre la mayoría de la UE y Estados Unidos por un lado y Rusia y Serbia por otro. Y ha disparado la controversia, todavía con sordina, en España, donde nadie quiere aliarse abiertamente con las tesis del ‘duro’ y poco democrático Putin, pero donde los nacionalistas tampoco quieren dar la imagen de seguidismo respecto de un país surgido en medio de tanto derramamiento de sangre. Y, ciertamente, cualquiera ve que hay que forzar bastante las cosas para ver un paralelismo entre Serbia y el Estado español, entre Albania y Francia, entre Kosovo y Euskadi, aunque Miren Azcarate se haya atrevido a hacerlo.
Pero hay más razones para extrañarnos. ¿O acaso no es curioso que en España – salvo el ABC -- nadie quiera recordar y aflorar ahora la situación de ‘su’ Sahara Occidental, donde las grandes potencias, encabezadas por Estados Unidos, niegan lo que aceptan en Kosovo? En realidad, no sólo España queda en evidencia en este asunto, con una posición tan incómoda como poco determinante en Europa.
El propio derecho internacional se ve de nuevo sometido a la ley del embudo, en otra demostración más de que quien manda, manda. En fin, parece que aquí y ahora, cuando la campaña electoral reclama otras atenciones, sobre el ‘affaire Kosovo’, como sobre tantos otros, se va a pasar de puntillas.