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Irene Escolar: "El teatro da un sentido profundo a mi vida"

jueves 14 de diciembre de 2017, 09:24h
Irene Escolar en Vania (Rigola)
Irene Escolar en Vania (Rigola) (Foto: Alba Pujol)
Puntual, disciplinada, serena, apacible, etérea, más que amable y con una dulce y permanente sonrisa dibujada en su cara, ya cerca de la treintena, Irene Escolar (Madrid, 1988), nos recibe en la Sala Negra de los Teatros del Canal. Apenas en dos horas tendrá que encerrarse en la caja de 6 x 8 metros con sus tres compañeros y 60 espectadores más para volver a representar Vania (escenas de la vida), de Rigola, su director fetiche. Siempre quiso ser actriz. Lo es desde que, a los nueve años, se subió al escenario por primera vez. Fue en Mariana Pineda, dirigida por Joaquín Vida. Su sino, de algún modo, ya estaba marcado por las estrellas porque Irene es ya la sexta generación de actrices de la familia -más bien la saga- de los Gutiérrez-Caba Alba. Es nieta de Irene Gutiérrez Caba, y sobrina nieta de Emilio y Julia Gutiérrez Caba.

"Cuando creces formando parte del mundo del teatro -afirma convencida Irene-, y la vida gira en torno a él, es muy difícil escapar de ahí… ¡Es un mundo tan atractivo, se juega tanto con la imaginación, se respira tanta felicidad que es muy raro que uno nazca en ese entorno y quiera salirse de él!”. En su primer papel importante, Días mejores, dirigida por Àlex Rigola y en uno de los templos madrileños del arte de Talía, el Teatro de La Abadía, interpretaba a una joven ninfómana y se masturbaba en el escenario. Tenía 17 años y fue capaz de superar el miedo escénico, primero, y el consiguiente escándalo, después. “Con Rigola descubrí el teatro que a mí me gustaba. Podría haber elegido cualquier otro camino en el teatro, pero a veces la vida te sitúa en el lugar donde tienes que estar, y sin saber muy bien por qué...".

Formada entre otros maestros por Cristina Rota, Declan Donnellan, Thomas Ostermeier o Lluís Pasqual, es hoy una actriz más que reconocida por su talento sobre las tablas, aunque destaca también en el cine y en la pequeña pantalla. Ganadora del premio Goya a la mejor actriz revelación por la película Un otoño sin Berlín, ha sido nominada también al premio Max a la mejor actriz de reparto por el montaje escénico de El Público. En su curriculum figuran títulos como Días mejores, El mal de la juventud, Oleanna, De ratones y hombres, La Chunga, Agosto y, más recientemente, El público, Blackbird, o Vania (escenas de la vida). En ellas ha trabajado con directores de escena de la talla de Àlex Rigola, Mario Gas, Gerardo Vera, Andrés Lima o Joan Ollé.

No le importa ponerse ante una grabadora, y menos aún si los periodistas que la entrevistan están vinculados al teatro porque -afirma- “son gente cultivada y solemos hablar en profundidad sobre el teatro o la función en la que intervengo. Otra cosa son esas en donde lo que busca el periodista son simplemente titulares. Estas últimas trato de eludirlas, pero no siempre es posible”. “Me gusta hacer entrevistas con gente -añade- que conoce el medio y la profesión y ha visto mis trabajos, porque en ellas se puede ir mucho más allá”.

Ser feliz

Para la joven artista pesa mucho más el deseo que la voluntad o la suerte: “Cuando uno ve claramente dónde es feliz (y ya sé que es difícil encontrar ese lugar…) tiene que seguir su camino. Yo tuve la suerte de encontrarlo muy pronto y, paralelamente, de ir haciéndome otra familia al margen de la mía y, sobre todo, ir dando un sentido profundo a mi vida, a mi día a día... Mis amigos de verdad tienen una orientación muy parecida a la mía. Cada uno en su disciplina, sí, pero todos son gente que pelea por lo que quiere”.

Puesta en el dilema de elegir entre tener una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood o recibir los premios más importantes del mundo del teatro, Irene lo tiene también muy claro: “A mí la sobreexposición no me da ninguna felicidad. No me gusta. Me encanta, sin embargo, desaparecer en el trabajo, estar ahí, en el escenario o ante una cámara, y dar a la gente todo lo que puedo. A esa gente -apostilla- que paga una entrada para venir a vernos y disfrutar. Todo lo demás me sobra un poco y, de verdad, que no es falsa humildad… Si te premian por un trabajo, bienvenido sea, pero no es, ni mucho menos, a lo que aspiro. Los premios no hay que desearlos, buscarlos o merecerlos. Si pasan, perfecto, pero no es donde tengo puesto el foco y el deseo. Uno debe ponerlos allí donde tenga un fundamento lo que haga porque eso de esperar cosas que dependen de otros, puede llegar a ser muy frustrante…”.

Le apasiona la figura del clown y, de hecho, cree también que todos los actores de raza llevan uno dentro. “Me interesa mucho cruzarme con personajes que me obliguen a desarrollar ese pequeño clown que llevo dentro, y, en cada cosa que hago, aunque suelen ser obras dramáticas, siempre intento darle un punto de comedia… Me gustan los trabajos que, por momentos, me permiten reírme de mí misma… Por ejemplo, en Vania hay momentos inesperados de mucha comicidad y funcionan muy bien con el público”. Esta forma de humor tiene para la actriz más interés que hacer una comedia clásica que funciona por un determinado código y al que acude la gente con una disposición previa para reírse. “Me gustan las funciones en donde puede entremezclarse un poco todo (drama y comedia)”.

Federico

Para dar un giro a la charla que mantenemos con Escolar, le pregunto por las funciones que más alegría, más trabajo y más dinero le hayan dado. Pronunciando su sonrisa, comienza por responderme a esta última diciendo “¿dinero?, ¡Pero si en teatro siempre cobro lo mismo...! No recuerdo haber hecho dinero haciendo teatro, la verdad. Digamos que el suficiente para vivir… Sé que soy una afortunada. He trabajado mucho... Respecto al que más trabajo me ha dado para ponerlo en pie, quizás ha sido Blackbird. Fue muy duro sacarla adelante, conseguir los derechos, montarla, etc. Es la primera vez que hice de productora de una función y supe en primera persona del inmenso trabajo y presión que hay para levantar una obra. Y, por último, la función que más alegrías me ha dado ha sido El público. Con él creo que la gente dejó de mirarme como la ‘niña’ y pasó a verme ya como ‘mujer’ y, además, me encontré ahí con artistas maravillosos, que ahora son grandes amigos; me reencontré con Rigola unos años después de la última función que habíamos hecho juntos, y, en fin, me enfrenté por primera vez a un texto de Lorca (¡... y qué texto!), con todo lo que eso significa...".

Lectora impenitente, Irene tiene siempre varios libros entre manos, pero entre ellos lo que más abunda es la poesía. Se aficionó desde pequeña, probablemente porque su madre escuchaba mucho a cantautores que musicaban a grandes poetas (Antonio Machado, Miguel Hernández, Federico García Lorca) “y eso se va quedando ahí… Siempre he sido una gran lectora de poesía… Podría pasarme toda la vida leyendo libros de Lorca… Cada año reviso de nuevo su Poeta en Nueva York. ¡Es un libro tan complejo y tan apasionante, que cada vez se descubren nuevos aspectos, nuevas metáforas!”. No faltan tampoco las novelas y, de vez en cuando, algún ensayo. Y, por supuesto, teatro, siempre teatro, porque hay que leer nuevos textos que pueden ser el origen de una nueva función. Pero a la actriz le falta tiempo porque, además, está cursando Filología Inglesa a través de la Universidad a Distancia, y ahí son muchas las lecturas obligadas que hay que hacer: “Me encantan los poetas románticos ingleses”.

Como María Casares, la gran actriz española, disfruta mucho en el proceso de ensayos de cada nueva obra, pero quien de verdad da el sentido último al teatro es siempre el público: “Con él delante -afirma convencida- el personaje se va rehaciendo… Las reacciones del público no deberían afectarle tanto, pero indudablemente lo hace porque una se coloca, sin querer, en otro lugar. Con el público la energía se transforma y en funciones como la que estoy haciendo actualmente, Vania, muchísimo más, porque dependiendo de quién esté en la sala la función es de una manera u otra…”.

El verdadero éxito

Trabaja mucho desde la intuición y nunca se pone ante un nuevo personaje con una idea preconcebida sobre él. “Es el director de escena quien debe tener una idea muy clara de cuál es el prisma desde el que quiere contar la historia que lleva entre manos, y después nosotros, los actores, nos tenemos que adaptar a ella”, asevera. En el caso de Rigola, nos dice Irene, “siempre me ha dado mucha libertad; después él va matizando, porque los buenos directores como él siempre ven cosas que tú no ves. Pero escucha atentamente, incluso acepta, los puntos de vista del actor, si son de peso. Al fin y al cabo, el personaje siempre parte de uno mismo. Todo lo demás son capas que uno se pone para esconderse… En el caso de Àlex -enfatiza-, nunca tengo nada que cuestionarle. Yo siempre me siento muy segura cuando trabajo con él. Nosotros somos los marineros de un barco que capitanea él y tratamos siempre de ayudarle a que la historia aparezca tal y como él la ve”.

Descubrir que a una función acuden espectadores de todas las edades -hijos, padres y abuelos-, le provoca un gran placer: “Ese es el verdadero éxito para mí, conseguir que, cada vez más, el público que acuda al teatro sea de todas las edades”. “Y si, además, el actor siente que ha sido capaz de transmitir las ideas, los pensamientos y los planteamientos que han ideado el autor y el director del montaje, entonces es cuando de verdad una toma conciencia de haber alcanzado el éxito… ¡Pero eso ocurre muy pocas veces en la vida! Sin embargo, cuando ocurre, la felicidad es inmensa”.

Pero, y las críticas, buenas o malas, ¿cómo sientan, cómo se metabolizan en el hígado de un artista?, vengan de los medios o del público. La actriz nos confiesa que “cualquier opinión afecta, y más aún la de un crítico, la de alguien que uno considera que tiene criterio… Uno suele quedarse con lo malo, sobre todo cuando es muy exigente consigo mismo. Pero hay que aprender a relativizar, a relajarse y a no estar todo el día cuestionándose todo porque eso puede llegar a paralizarte”. El hecho de ser tan sensible -y los artistas lo son- es un arma de doble filo para ellos porque, si bien uno puede captar aspectos de la vida, del arte, que se nos escapan al común de los mortales, al mismo tiempo, también le hacen tener una vulnerabilidad mayor ante sus embates. Para Escolar “los principios van cambiando, según lo que vayas viviendo, y yo trato de fijarme en la gente que admiro, como van llevando ellos la vida, e intento emularlos”.

La bondad, como la belleza, hay que perseguirlas siempre. De ahí que, para Irene, lo bueno está en la búsqueda permanente de la belleza, entendida esta como algo que te mueve las entrañas, como algo que te hace vibrar todo el cuerpo, “algo que te embauca, que te lleva, que te despierta tu vida interior”. En cierto modo, su definición está muy cerca de lo que dijo su admirada Angélica Lidell -la actriz y dramaturga española que hace algún tiempo decidió no volver a actuar en su país-, en El sacrificio como acto poético, “lo bueno es lo bello en movimiento”. Y acaso por eso mismo, la joven actriz admira profundamente a gran cantidad de artistas y a personajes que le han dejado una huella profunda en su alma: “¡Son tantos, que me resulta muy difícil tener que citar solo a unos pocos! Por ejemplo, me encantaría trabajar a las órdenes de Ivo Van Hove. Admiro intensamente el trabajo de Isabelle Huppert y el de Daniel Day-Lewis, ¡Son dos animales escénicos, cinematográficos! Su capacidad es fascinante. Me encantan como escriben Rodrigo
García
y Angélica Lidell”.

Una nueva función de Vania comenzará en poco menos de hora y media. El tiempo justo para vestirse, maquillarse un poco y volver a entrar dentro del personaje de Sonia, la sobrina de Tío Vania. El trabajo que desarrolla Irene Escolar, junto a sus compañeros de escena, Luis Bermejo, Ariadna Gil y Gonzalo Cunill es verdaderamente antológico, de los que hacen época. Una tarde más volverá a surgir con fuerza imparable esa conexión total entre artistas y público, de la que nos hablaba Irene, en la madrileña Sala Negra de los Teatros del Canal. Allí, los cuatro actores, bajo la siempre atenta mirada de Àlex Rigola, “hablan, susurran, lloran, se muestran desesperanzados, amargados, infelices, llenos de hastío, frustrados y vencidos con una fuerza tal que es imposible no sentirse tocado por la desolación y el pesimismo existencial que transmiten”, (transcribo literalmente algunas palabras que dije en la crítica que publiqué al día siguiente del estreno del clásico de Chèjov). Irene es de esas actrices que van creciendo y creciendo con el tiempo. Hoy me resulta difícil imaginar la altura de la cima interpretativa que alcanzará en unos años porque ya parece dificilísimo llegar hasta donde está, y eso que es insultantemente joven. De casta le viene al galgo.

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