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Jesús Esteban Hernández (espectador teatral y profesor de instituto): "En muy pocas ocasiones he salido del teatro diciéndome... ¡qué pérdida de tiempo!"

  • “Si mis alumnos me siguen por Twitter, pueden saber buena parte de mi vida en estos últimos años”
  • “Aunque es un género que me atrae, los musicales tienen precios desorbitados para mi economía”

viernes 21 de diciembre de 2018, 09:07h
Profesor de Lengua y Literatura desde hace ya varios lustros en el Instituto “Politécnico” de Soria, Jesús Esteban Hernández -aunque todos sus amigos y sus compañeros lo conocen por Chechu-, es uno de los espectadores de teatro más fieles y apasionados que conozco. “Soy un espectador nato pero luego en clase, actúo todos los días”, confiesa con cierta ironía. Como José María, uno de los personajes de ‘Un bar bajo la arena’ (el montaje de José Ramón Hernández con el que el Centro Dramático Nacional ha conmemorado sus primeros 40 años de existencia, tras su creación por Adolfo Marsillach en 1978), Chechu es feliz simplemente como espectador de teatro.

Acaso por eso mismo, no deja de atesorar programas y programas de mano de todos los espectáculos a los que acude, y, en cuanto puede, aprovecha la oportunidad de entrar en contacto con actores, dramaturgos y directores de escena, a algunos de los cuales lleva después al instituto para que impartan alguna charla a sus alumnos. El caso es que, desde hace ya doce o trece años, a principios de cada temporada teatral, Chechu analiza concienzudamente la cartelera, estudia con precisión casi científica a qué montajes, ciclos y festivales acudir y, a partir de ahí, es fácil encontrárselo en teatros de Soria, Madrid, Barcelona, Bilbao, Zaragoza, Logroño o Pamplona, entre otras ciudades españolas. Su pasión por el teatro es tan grande como la de enseñar y solo eso puede explicar que, por ejemplo, en 2018 haya acudido ya en más de 100 ocasiones al teatro. Aunque, para ser exactos y probablemente justos, no solo ha sido por su amor al arte de Talía, sino también porque comparte esa pasión con Yolanda, su pareja, y ambos suelen acudir juntos a ver las funciones…

El día que nos citamos con el profesor soriano de Lengua y Literatura para hacer esta entrevista, fue -¡no podía ser de otro modo…!-, en una cafetería equidistante del Teatro de La Comedia y del Teatro Español de Madrid. Fue un martes de noviembre, día en el que -aprovechando que ese día no tiene clase y que venía acompañado de otras dos compañeras de instituto-, el grupo de docentes quiso aprovechar bien la jornada. Había visto por la mañana la versión que La Joven compañía hace de La Fundación, de Buero Vallejo, en el Conde Duque, y por la tarde Los empeños de una casa, de Sor Juana Inés de la Cruz, a cargo de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico y, para terminar la jornada –y antes de recorrer los más de 200 km. de vuelta que hay entre Madrid y Soria-, Los cuerpos perdidos, de José Manuel Mora y Carlota Ferrer, en el Teatro Español. Aunque este ritmo no es el habitual, tampoco es nada extraordinario en un día cualquiera de los que el profesor dedica a acudir al teatro.

Pensando siempre en los alumnos

“Hace ya algunos años -se arranca afirmando el profesor-, dije que iba a probar a ver si Carmen Machi se animaba a acudir al instituto. Busqué la oportunidad, se lo pedí y sorprendentemente no solo no me puso inconveniente alguno sino que, además, se prestó a hacer lo que le pedimos y de forma encantadora. Pasó por allí y estuvo hablando con los alumnos más de una hora sobre La tortuga de Darwin y, más tarde, sobre Los Macbeth”, nos confiesa satisfecho de su iniciativa, al tiempo que justifica también su dedicación al teatro por dos razones de peso: la primera, porque en el instituto es profesor del Programa de Mejora del Aprendizaje y del Rendimiento (PMAR), lo que antes se llamaba Programa de Diversificación, es decir, chicos a los que les cuesta estudiar. Y también es el encargado de las Actividades Extraescolares del centro. Este curso tiene un total de 26 alumnos: “si fuera profesor convencional de Lengua y Literatura, triplicaría o cuadruplicaría ese número de alumnos, y me sería absolutamente imposible llevar este ritmo de asistencia al teatro… Por el contrario, tengo que pelear mucho en cada clase con mis alumnos, pero estoy contento en esa lucha”. Hay también una segunda razón, y es que el profesor no tiene hijos y, por tanto, no tiene que dedicarles tampoco un tiempo de atención adicional en casa.

“Muchas veces –comenta ahora Esteban-, cuando voy a ver obras de teatro lo hago con la idea de ver si la pieza les podría gustar a mis alumnos… Ahora estamos leyendo Play Off, un texto de Marta Buchaca, porque va a venir a Soria dentro de unas semanas de la mano de La Joven Compañía, y luego voy a verla con los chicos…”. Pero esa no es una actividad extraordinaria porque, sin ir más lejos, hace solo unas semanas “fuimos también a ver Cuatro corazones con freno y marcha atrás, en la versión que Gabriel Olivares ha hecho del clásico de Jardiel Poncela”.

Nos mata la curiosidad por conocer cómo surgió todo, cómo brotó en él ese amor por el teatro, y el soriano nos apunta las mil razones para dejarse contagiar por una pasión tan fuerte como esta. Para Chechu, todo es tan simple como que “poco a poco comienzas a acudir al teatro y, casi sin darte cuenta, acabas enganchándote. Todo empezó cuando estaba estudiando la carrera, Filología Hispánica. Yo me he quedado como espectador, pero otras compañeras –como una de las que han acudido conmigo a ver estas tres obras-, montan funciones –¡…y muy interesantes!-, con los alumnos y con los profesores de su instituto. En una de ellas me hicieron participar también a mí, pero muy pronto me di cuenta de que eso no es lo mío. Yo soy muy comodón y prefiero sentarme como espectador a disfrutar de la actuación de los demás… Y más tarde, desde hace 12 o 14 años, ya me metí en la dinámica de hacerme cada temporada con los abonos del Centro Dramático Nacional (CDN) y la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), y no quedarme solo con lo que podía ver en Soria o en Logroño (donde hay una excelente Programación), aunque en mi ciudad se puede ver mucho teatro (en plena temporada, por ejemplo, se puede acudir un par de veces a la semana, con funciones que meses antes se estrenaron en Madrid o Barcelona). Algunas de ellas, como La respiración, de Alfredo Sanzol, o Nora 1959, de la reciente Premio de Teatro Ojo Crítico de Radio Nacional, Lucía Miranda, han terminado allí su gira nacional”.

Pandur, Pimenta, Ron Lalá, Fuentes Reta, Rigola, Peris-Mencheta…

No está muy seguro pero cree recordar que “aquel primer montaje fue Los balcones de Madrid, de Tirso de Molina, que presentaba la CNTC, en el soriano cine-teatro Avenida y que ahora ya ni existe”. Y, desde entonces, a Chechu le da lo mismo enfrentarse a una tragedia, a un drama o a una comedia, al teatro clásico o al contemporáneo, al teatro comercial o al de autor –aunque, confiesa que elige más este último-. “Hace muy poco le comentaba a Gabriel Olivares que he visto todo lo que ha hecho con su compañía Teatro Lab, pero no he acudido a ver su gran éxito de público, Burundanga… Como tampoco he visto El Rey León, ni muchos otros musicales porque, aunque es un género que me atrae, tienen precios desorbitados para mi economía. ¡Con esos 80 o 90 euros, que es el precio medio de una entrada a estos espectáculos, tengo ya prácticamente para el abono anual en el CDN!”

Lo que lamenta, al no vivir en Madrid o Barcelona, y estar condicionado a tener que elegir con mucho más detalle que cualquier espectador madrileño o barcelonés, es no poder dar cabida a casi ningún montaje del circuito Off, pero –nos dice-, “todo se andará”. Lo que es cierto es que, como espectador generoso y gran conocedor de artistas, compañías y teatros, es también fiel seguidor de ciertos ‘críticos de cabecera’: “no es que a mí me guste todo, como me dicen algunos de mis amigos pero es verdad que, en muy pocas ocasiones, he salido del teatro diciéndome ‘¡qué pérdida de tiempo!’. Si sucede, desde luego, los 225 km. de vuelta a Soria desde Madrid se me hacen mucho más largos de lo habitual”.

Aunque si hay que buscar los nombres de los grandes montajes que, también sin duda, han marcado como espectador la vida de Jesús Esteban, en un lugar privilegiado están los de Tomâz Pandur. Sus ojos brillan de forma evocadora cuando recuerda aquel Barroco, con Blanca Portillo y Asier Etxeandía, o Fausto, o El crepúsculo de los dioses, en la que estaba Alberto Jiménez, actor con el que tiene un trueque curioso, este le invita a las obras en las que participa y él le lleva chorizo soriano. No llegué a ver el Infierno de Pandur, pero toda su obra me parece fascinante… Me encantan también los montajes de clásicos que hace Helena Pimenta. Sus obras son muy dinámicas… Y me gustan también los Ron Lalá porque tienen una forma muy efectiva de hacer llegar los textos clásicos al público. Por ejemplo En un lugar del Quijote, o su Cervantina son ideales para hacer que los chicos, después de acudir a uno de estos montajes, se interesen por el Quijote, de Cervantes, o por otros textos de Lope o Calderón. Pero yo estoy convencido de que los chicos es mejor que se metan en la lectura a través de Los juegos del hambre, o Harry Potter y, a partir de aquí, ya llegarán a los clásicos de verdad. Con el teatro tiene que pasar algo parecido que con la novela…”.

De todas formas, hay cosas a las que acude solo, sin la habitual compañía de Yolanda, porque no son de su agrado: “por ejemplo, a ver la trilogía de Angélica Lidell, la primavera pasada, fui solo porque a ella le parece excesiva”. Y lo que no suele hacer con frecuencia es volver a ver por segunda vez algún montaje: “en todo caso, y como mucho, si van por Soria después de haberlos visto en algún otro sitio, y si me interesaron mucho. Me sucedió con La ternura, de Sanzol y La respiración, pero, en general, no soy de los que repiten”. Habla, claro está de una misma versión de una obra que lleva un director, un mismo elenco y una misma compañía, porque propuestas distintas en torno a un mismo texto, sí que le gusta acudir en cuanto puede: “he visto recientemente una versión de Bodas de sangre, que firma Oriol Broggi, que es absolutamente memorable y eso que la vi a la italiana en el Teatro Bretón de Logroño. ¡Cómo tuvo que ser el montaje en el Grec o en el Teatro Central de Sevilla en donde llenaban el escenario de tierra y metían un caballo real! ¡Es un montaje verdaderamente impresionante! He visto ya varias Bodas de sangre, incluido el reciente montaje de Pablo Messiez, pero este es de los que marcan una época”.

“Yo me engancho a nombres –prosigue diciéndonos el profesor soriano-, a gentes que hacen algo que me deslumbra, y luego suelo seguir sus nuevas propuestas. Me pasó, por ejemplo, con Julián Fuentes Reta y su Cuando deje de llover… o con Miguel del Arco tras ver La función por hacer. Ahora los persigo por donde van. Eso es lo que hace que, al cabo de una temporada, acabes viendo unas cien obras, o que en meses como octubre o noviembre me acerque mucho a las 20 obras vistas. Suelen ser los meses más fuertes en estrenos y nuevas propuestas”. Y, con todo y con eso, Chechu confiesa no sentirse nunca saturado de teatro aunque, de vez en cuando, le apetece también quedarse algún día sentado en el sofá, con un buen libro entre las manos.

No deja de hablarnos con verdadera pasión de alguno de estos montajes que ha visto recientemente, entre otros, los dos Luces de bohemia que han subido en 2018 a los escenarios, el de Alfonso Zurro, director del Teatro Clásico de Sevilla, y el que dirigió Alfredo Sanzol en el Teatro María Guerrero de Madrid. Y el recuerdo del Max Estrella de este último montaje, Juan Codina, le hace recuperar inmediatamente en la memoria a otro espectáculo en el que también actuaba Codina, El público: “Si Tomâz Pandur fue el primero que me abrió los ojos a este fascinante mundo del teatro, Alex Rigola fue después para mí una auténtica revelación. Su versión sobre 2666 me pareció antológica. Y, más recientemente, Sergio Peris-Mencheta lo veo también como un director de altura. Me encantó Un trozo invisible de este mundo, con Juan Diego Botto, y más recientemente su Lehman Trilogy”. Alguna de las propuestas iniciales a las que acudía Chechu se las revelaba cada sábado el crítico de El País, Marcos Ordóñez, en el cuadernillo de Babelia, pero ahora ha ampliado mucho su abanico de ‘críticos de cabecera’”.

Al tiempo, Chechu celebra que en el teatro de hoy se haya perdido el respeto (en el mejor de los sentidos, claro está), a los clásicos, eso de que se quite mucho texto de lo que hoy llamaríamos paja o, lo que es lo mismo, que sonaría a eso en los oídos de los espectadores de hoy en día le parece muy bien: “ahora mismo creo que no estamos preparados para seguir, por ejemplo, una obra de Jardiel Poncela tal y como fue escrita. ¡Y no digamos ya de los autores griegos, romanos o del Siglo de Oro español! Está muy bien que, sin alterar para nada el sentido que quería dar el autor, se despoje al texto de todo aquello que es accesorio… Y lo digo al tiempo que confieso que no me ha importado ver recientemente en Barcelona Los ángeles en América, de Tony Kushner que dura más de cuatro horas, o el Monte Olimpo, de Jan Fabre, en Madrid, 24 horas intensas y continuadas de espectáculo, ¡todo un día disfrutando del teatro!”.

Tiene cajones enteros llenos de programas de mano que va guardando, obra tras obra, en los distintos teatros por los que va pasando, como José María, el personaje que da vida a un espectador compulsivo, como tú, le decimos a Chechu, y él nos responde que “¡Sí! Me vi perfectamente retratado en la figura del Espectador de Un bar bajo la arena… Soy como los fans que van detrás de sus músicos favoritos, y eso que estoy ya a punto de cumplir los 50…” –se ríe abiertamente cuando nos lo refiere-. Pero Chechu no tiene nada que ver con el fenómeno fans porque, por ejemplo, no es nada mitómano, y esa es una característica inexcusable para quien se quiera atribuir ese adjetivo: “de fotos nada, no me hago fotos con nadie. Y autógrafos, solo uno, el que le pedí a Tomâz Pandur, y nada más”. ¡Seguro que lo tienes enmarcado!, le decimos, y el soriano nos dice que no, aunque lo tiene como twet fijado en su perfil de Twitter (ChechuTeatroSoria: @jehchechu): “es el programa de mano del Fausto firmado por el legendario director de escena esloveno… Pero, ya digo, fotos no. Todos los chicos del instituto se hicieron fotos con Carmen Machi cuando pasó por el centro, pero yo no tengo ni una sola”.

Muchos de sus alumnos saben de la actividad de su profe y, quizás ya un número infinitamente menor, lo mismo lo siguen también a través de las redes: “desde luego, si me siguen por Twitter, pueden saber buena parte de mi vida en estos últimos años –afirma con una sonrisa picarona-. Aunque me parece que los adolescentes no le hacen mucho caso a Twitter. ¡Otra cosa sería si estuviera en Instagram…! En Soria, de todas formas, tengo un blog, llamado MirandoActuar, en un periódico digital (desdesoria.es) en el que suelo escribir sobre obras que no he visto, pero animando a que la gente acuda a verlas porque, por la información de que dispongo, me parecen interesantes. Y, ni siquiera por eso los chicos me dicen nada. Son muy pocos los adolescentes que siguen habitualmente algún periódico digital o en papel”.

¿Crisis? ¿What crisis?

Nunca ha estado tentado por ejercer la crítica teatral, aunque no le falten ni el conocimiento de la literatura dramática, ni la experiencia como espectador y, por el momento al menos, le basta con emitir sus juicios de valor a través de Twitter: “y por dos razones de peso, según nos dice: “Una, que no tengo mucho tiempo. Y dos, que me parece que yo no sabría cómo desarrollar esos 240 caracteres en párrafos más largos, inteligibles y ordenados. Lo mismo es falta de tiempo, pero no, no me llama mucho la atención lo de escribir sobre el teatro que veo”.

Aunque tampoco él deja de escuchar hablar permanentemente de la crisis del teatro, confiesa también que “cada vez que vengo a Madrid, veo los teatros llenos y, sin ir más lejos, en noviembre se estrenaron más de 100 espectáculos en la cartelera de la capital y eso no casa mucho con esa apreciación. Por razones obvias, no puedo acudir más que a un limitado número de ellos y, desde luego, siempre saco el abono del CDN, de la CNTC y ahora también de los Teatros del Canal. Pero, para el resto de estrenos, suelo esperarme a ver cómo respira la crítica…”.

No cree, en fin, el soriano que la dura crisis económica que hemos atravesado estos últimos años haya golpeado de forma más fuerte al teatro que a otros sectores de la cultura, o de otro tipo de actividades: “a Soria nos llega el teatro a través de la Red de Teatros de Castilla y León, por el programa Platea del Ministerio y también por alguna otra vía oficial. Con estas medidas, supongo que muchos profesionales del teatro sobreviven con sus actuaciones en teatros lejos de las grandes ciudades. De una u otra forma, a mí me parece que el precio del teatro no es alto en España. Recurriendo a los ‘días del espectador’, o a los abonos en ciertos teatros, los precios se hacen aún más asequibles. No, no me parecen caros. Los musicales sí que lo son. Con la entrada a uno de ellos puedes acudir 6 o 7 veces al teatro”.

“Para mí –termina diciéndonos Esteban Hernández-, el teatro es una especie de cura psicológica, una cura que puedo entender que alguien asocie a cierto grado de ‘locura’. Muchas veces antepongo el teatro a irme de cañas con los amigos, o a tomar cubatas hasta las tantas de la noche. El teatro, visto así, además de placer me da salud. Y con mis amigos trato de quedar de vez en cuando, pero de forma mucho más esporádica de lo que me gustaría”.

Su compañera habitual de aventuras teatrales seguirá siendo Yolanda: “si no fuera con ella, seguramente no iría tanto al teatro. Ella también suele tener iniciativa a la hora de elegir los montajes a los que acudir, aunque le gusta mucho la danza. Con todo y con eso, su chica además participa en un grupo de teatro aficionado en Soria, el ‘Summa Cávea’. Casi todos sus montajes sirven para conseguir fondos para la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer y otras demencias de Soria. Ahora están haciendo una versión de Siglo de oro, Siglo de ahora (Folía) de Ron Lalá y ella colabora con la realización de la caracterización de los personajes y todo lo que hay detrás del escenario”.

Hombre sereno, reflexivo, tranquilo, al profesor de Lengua y Literatura le parece que la pasión que siente por el teatro es mucho mayor de la que es capaz de transmitir por él, pero nosotros discrepamos abierta y frontalmente de esa impresión. Pocos espectadores de teatro atesoran tanta pasión, tanto amor y tanto entusiasmo por este arte como Jesús Esteban Hernández, Chechu, a quien esperamos seguir encontrando durante muchos, muchos años más en cualquier teatro de España o del extranjero porque –estamos seguros de ello- tampoco en sus salidas fuera de nuestras fronteras querrá contener su curiosidad por ver qué teatro se hace en el país o ciudad que visite. Alguien, alguna vez, se inspirará también en Chechu para levantar un personaje en el que, como el José María de José Ramón Hernández, muchos de nosotros nos veamos tan bien retratados en él.

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