Si alguien pensaba que con Barak Obama en el ejercicio del poder a partir del 20 de enero del próximo año como presidente de los Estados Unidos iba a retornar algo así como una nueva década de los noventa, una especie de regreso a la época del presidente Clinton, la masacre de ciudadanos indios y extranjeros en Bombay la semana pasada por parte de terroristas venidos del Pakistán debiera quitarle toda esperanza.
Las expectativas despertadas por la presencia de Obama en la Casa Blanca han estado teñidas por un cierto sabor de nostalgia y un poco de ingenuidad: ¿se puede cerrar el doble período presidencial de George W. Bush como un capítulo concluido de belicistas "neocons" en nombre de un mundo por venir de tolerancia y libertades?
Los terroristas han dicho su palabra. Es posible que una de las causas más importantes de la masacre -"Terror cinco estrellas", titulaba Página 12 uno de esos días-, sean las inestables y conflictivas relaciones entre la India y Pakistán que han dejado ya tres guerras desde que surgieron como Estados independientes. E incluso que la escalofriante operación no haya tenido más objetivo que protestar a sangre y fuego y con víctimas inocentes, en el centro financiero de la India, contra su Estado y sus políticas. Pero lo que aleja lo sucedido del marco convencional de los conflictos entre dos Estados es la presencia del terrorismo que utiliza armas automáticas de última generación, entrenamiento de comando y la tecnología de comunicación para desencadenar la muerte de toda condición de seres humanos con un claro mensaje a la comunidad internacional.
El presidente Obama, así nombre a Hillary Clinton como secretaria de Estado, no puede desconocer la presencia del terrorismo en el mundo contemporáneo, su ubicuidad y su capacidad de destrucción potenciada precisamente por los conflictos locales en que acontece. El mensaje de los terroristas en los tres días aciagos de la matanza en Bombay ha sido claro: no existe ya un mundo seguro donde puedan vivir aparte como en una especie de burbuja, los ciudadanos y empresarios que hace apenas dos décadas viajaban a nombre de la globalización y del libre mercado a todas partes del mundo. El presidente Obama tendrá que enfrentar a ese mundo inseguro y peligroso donde los EEUU se juegan no solo su liderazgo sino también su supervivencia a mediano plazo. Probablemente lo haga desde una compleja política de alianzas internacionales donde las democracias occidentales, al revés de la época de Bush donde el unilateralismo tenía la última palabra, se unan para enfrentar este problema. Probablemente lo haga también dejando atrás definitivamente el "decisionismo" schmittiano, el cinismo de una información hecha a la medida y el recurso a las denuncias de ciudadanos estadounidenses que no opinen como el Gobierno, el recurso a la tortura. Pero será indiscutible que tendrá que afrontar el problema del terrorismo donde no cabe la ingenuidad y la responsabilidad el de los gobiernos que lo permiten, así sea desde la hipocresía de las "guerras justas".
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