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Arquímides y el lodazal político: los ladrones desplazan a los espías

miércoles 11 de febrero de 2009, 12:34h
Hace unas semanas, cuando se conoció que un grupo de espías mandados por no sé quién había vigilado a políticos del PP, y a otros de otras siglas,  todo el mundo puso el grito en el cielo y exigió rápidamente el esclarecimiento de estos hechos claramente ilícitos. Era la gran exclusiva periodística y una oportunidad de oro para que la oposición al poder popular en la Comunidad de Madrid arremetiese contra la derecha gobernante, que después de unos primeros momentos de confusión -debido a que todo apunta a que los vigilantes de la moralidad, pagados por algún indeseable, no viven muy alejados de la Administración autonómica-  se apuntó al tren de la transparencia, cogiéndolo ya en marcha.

Separando el seguimiento al vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, realizado por agentes más expertos que los que rellenaron informes sobre las actividades diarias de Manuel Cobo o Alfredo Prada, el caso de los los agentes  secretos de pega atrajo a decenas de periodistas a la Asamblea de Madrid, que se llenó hasta los topes el día que se creo una comisión de investigación sobre estos malos modos de unos políticos contra otros.

Los días siguientes, el Parlamento regional siguió atrayendo a su sede de Vallecas a un número de plumillas superior al de cualquier otra jornada parlamentaria hábil, pero el espionaje en cuestión fue perdiendo fuelle porque el PP ha recurrido al sereno método de la tortuga para hacer caminar la comisión de investigación y porque la oposición reacciona a golpe de titular informativo.

También porque otro asunto de más calado ha salido a la superficie. La conexión entre el  mundo de los negocios, el dinero y la sinvergonzonería emergió del lodazal en que se ha convertido la política madrileña, en este caso,  hundiendo poco a poco el asunto de los espionajes. Es una cuestión de flotabilidad. El principio de Arquímides se encargó, en su momento, de exponer su naturaleza: "Un cuerpo sumergido total o parcialmente en un líquido experimenta una fuerza ascendente igual al peso del líquido desplazado". 

Sin querer, el físico y matemático griego, de la etapa anterior a Cristo, experimentó en el lodazal de la política su principio sobre la flotabilidad y dejó en evidencia que la importancia de los marrones que se montan estos chicos que se consideran padres de la patria no tiene más profundidad  que una charca de pueblo. Nada dura porque no se persigue acabar con la corrupción, el golferío de los que se creen algo porque se sienten investidos por el dedo de la impunidad –¡de los votos¡, gritan ellos-, o los espías que actúan como ratas de cloacas al servicios de rateros con nombre y cargo, sino aprovechar las debilidades de los otros para beneficio propio y restar posibles votos al contrario.

La mierda de los espías, mal oliente y asquerosa a ojos y narices de cualquier  ciudadano que teme que los métodos que usan entre ellos se centre  en ellos, se ve desplazada, siguiendo el principio de Arquímedes, por la putrefacción de la casi invisible corrupción escondida debajo de las faldas de la clase política para dar sensación de normalidad y legalidad. La delincuencia, en general,  da asco, pero  si encima lleva corbata es vomitiva y doblemente perniciosa. Gracias, Arquímedes por ayudarme a descubrir que cuando hay algo que  flota en el lodazal es porque es más gordo que lo que se nos mostraba ayer.
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