De verdad que dan pena los poderosos.
De verdad que dan ganas de llamarles “pobres”, pese a sus acumulaciones y monopolios y control absoluto del poder político.
De verdad que resulta patético verlos asumiendo el rol de predestinados por la dinámica de los tiempos a ser protagonistas de las revoluciones más importantes de la historia.
Ahora que el mercado literario mundial tendrá que redescubrir la obra de Herta Muller, tras la concesión del Premio Nobel de Literatura 2009, será útil leer sus novelas y su poesía y sus ensayos, nunca más oportunos y coyunturales ya no para la Rumania o la Europa oscuras de la segunda mitad del siglo XX, sino para una América Latina donde se ha vuelto fecunda la cosecha de flores del mal.
Herta Muller, de origen alemán, nació hace 56 años en la Rumania más desoladora y sombría de los últimos siglos.
Fue una de las millones de víctimas del tsunami ideológico que arrasó con la democracia, el pluralismo y la libertad en el mundo como consecuencia del procaz reparto territorial entre los devastadores imperialismos de Estados Unidos y Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial.
Herta creció en una sociedad amordazada y asfixiada por el fanatismo ideológico, la ceguera intolerante, la revancha social, la censura a la prensa y la aparición de nuevos ricos y clases sociales bajo el paraguas del discurso presuntamente radical y transformador.
Cuestionadora incansable y aguda de la oscura sociedad donde gobernaron por décadas el nefasto líder Nicolae Ceaucescu y su tenebrosa y corrupta camarilla, Herta se convirtió en “objetivo militar” de la represión del Régimen cuando su palabra empezó a sembrar pensamiento crítico y ayudar a que una pequeña parte de la población perdiera el miedo a la omnipotencia estatal.
Perseguida y acosada por el Ministerio de Seguridad de Ceaucescu, Herta resistió las humillaciones, el temor y los estigmas desde su modesto empleo de profesora de alemán y desde su silenciosa literatura.
En sus poemas, muchos de ellos sencillos y casi infantiles, logró expresar de manera rotunda la incertidumbre, la desolación y la infelicidad de la monotonía rumana bajo la dolorosa sombra de un gobernante fascista, vanidoso y ególatra.
En 1985, cuando Ceaucescu necesitaba dólares para sus planes megalómanos, Herta y miles de objetores fueron enviados a Alemania a cambio de un importante monto pagado por este país.
Una vez en Berlín, floreció la novelista sensible y excepcional que retrata la profunda miseria moral de los gobernantes, intelectuales y promotores del pensamiento único y antidemocrático.
Herta Muller recibe su Nobel justo a los 20 años de la estrepitosa caída del miserable imperialismo seudo-socialista que se creía eterno y quedó en escombros.
De verdad que dan pena los poderosos.