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¿Hay una salida política?

¿Hay una salida política?

sábado 16 de enero de 2010, 18:26h
Actualizado: 18 de enero de 2010, 09:03h
El horizonte de nuestro país a corto plazo es, como se diría en las novelas románticas, tenebroso, porque no es sólo la política económica la que está dejada de la mano de este inverosímil Gobierno, sino que podría llegar a estar en peligro incluso la estabilidad del modelo de Estado, tan dependiente de cómo, y en qué términos precisos, se produzca la ya inevitablemente cercana sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya. Al fin y al cabo, la experiencia histórica nos dice que en todas partes, y más acusadamente en nuestro difícil y sufrido país, casi todo lo malo que puede suceder, sucede.

Muchos, y no sólo en Catalunya y Euskadi, pensamos que es posible, y desde luego deseable, conciliar constitucionalmente la estabilidad del Estado con las legítimas aspiraciones de las llamadas nacionalidades históricas, pero pone los pelos de punta sólo pensar que el ejercicio de tan sutiles y delicados equilibrios –necesitados de claridad de ideas, buena voluntad, capacidad analítica y sentido profundo de los esquemas internos de un Estado moderno– esté en manos de quien está. Hay que temer que la tragedia esté fácilmente servida y no precisamente porque el Tribunal Constitucional haga su trabajo –que es lento no por culpa de los magistrados, sino por las circunstancias políticas de contexto–, ni porque los nacionalismos moderados hagan precisamente muy bien el suyo en territorios tan delicados e importantes, en términos políticos y también en términos económicos, como Catalunya y Euskadi, por cierto, con Galicia y Canarias esperando sus turnos en la trastienda, sino por en manos de quién se encuentran coyunturalmente los resortes vitales del Estado. 

Cierto que, en estas circunstancias, cobra particular importancia el estado de la oposición. ¿Se encuentra actualmente el PP en condiciones de afrontar, concertadamente como los partidos de las nacionalidades históricas y con las fuerzas políticas del plural mapa autonómico del Estado, una situación tan crítica y concertar, de norte a sur y de este a oeste de nuestra geografía, un programa compartido de vertebración política, regeneración social y reconducción de la economía? Esta es otra gran pregunta, necesitada de respuestas claras e inmediatas en dos frentes: el interior del propio partido y el nacional.

En lo interior no hay muchos misterios. Sería suficiente con que cesara, mejor un día antes que uno después, el mejorable espectáculo de un liderazgo debatido, porque Mariano Rajoy puede marcharse o mandar, y crece visiblemente el número de los que desean que se quede, pero no puede quedarse sin tomar, con toda claridad y energía, las riendas del partido y la única palanca de mando.

En lo nacional, es necesario, mejor mañana que pasado, que la opinión pública vea al máximo dirigente del PP sentado con los dirigentes políticos de las burguesías nacionalistas, como Artur Mas y Durán i Lleida en Catalunya, Iñigo Urkullu en Euskadi, Paulino Rivero y sus pares de CC en Canarias, para negociar un futuro cercano de amplia concertación. Y sentado igualmente con los dirigentes empresariales y sindicales del país para negociar el modelo económico que permita sacar el máximo partido de la recuperación al término de la crisis. Se trata en suma de que la estrategia del PP sólo puede tener un guía y un norte: que la salida de Rodríguez Zapatero de La Moncloa no sea un suceso traumático, sino un manera de cerrar bien esta oscura etapa en la que se extraviaron todos los grandes valores de la reconciliación nacional y la transición política, valores todos ellos que podrían recuperarse con sencillamente esas elecciones generales anticipadas cuya demanda es ya un clamor nacional.

Cierto que las encuestas sitúan ya de manera inequívoca y estable al PP, no precisamente por méritos propios, por delante del PSOE en intención de voto, pero éste es un consuelo relativo, ya que la voluntad sólo podrá traducirse en acto cuando, difícilmente por propia iniciativa y sólo si viera obligado a ello por el Congreso, el responsable de esta pésima situación, objetiva y comparativa, del país se viera obligado a anticipar la disolución de las Cámaras y convocar elecciones generales, lo que por ahora no parece que esté en su voluntad y mucho menos en su ánimo. Ello al margen de que crezcan en número, dentro del propio PP, los que ven con más zozobra que entusiasmo la posibilidad de encontrarse en las manos la envenenada responsabilidad de la “herencia recibida” de los años de Rodríguez Zapatero.

Que un partido como el PSOE que cuenta, además de con muy amplia militancia, con políticos de las capacidades en unos casos, del nivel en otros, de Felipe González, Javier Solana, Joaquín Almunia, Josep Borrell y un largo etcétera, esté en manos de alguien tan inverosímil y carente de mínimos de credibilidad como Rodríguez Zapatero es algo que, por desdicha, serán los historiadores quienes tendrán que afrontar la complicada tarea de explicarlo. Ahora, en los tiempos que corren, sólo toca sufrirlo. Pero en fin, ya se sabe aquello de que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo soporte.
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