lunes 28 de marzo de 2011, 21:54h
Actualizado: 29 de marzo de 2011, 00:33h
Leo que la Atlántida está hundida en Doñana. Ahora no faltará quien diga que Platón era andaluz. Leo también que la civilización maya se extinguió por una excesiva deforestación. El experto, un tal Hansen, dijo que “se trató de un colapso”, y que en la región “hubo un abandono a largo plazo y la destrucción del sistema social y económico que mantiene al Estado”. ¿Le suena? Si en lugar de “Estado” ponemos “comunidad”, ya tenemos una elucubración futurista para algunas regiones de España. ¿Qué dirán de nosotros dentro de mil años? ¡Qué vergüenza! Una ruina. Les dejamos a los jóvenes un mundo de escombros, y ellos guardan un silencio piadoso a la espera de que la biología haga su trabajo. Moriremos en la cama, como el gran dictador, porque no merecemos librarnos de la agonía, con fotos y todo, como las que hacía el marqués de Villaverde.
Lástima que no podamos traducir el silencio de los jóvenes. Nunca ha habido tanto silencio como ahora, ni tanto desconcierto, como si fueran valores sociales pertenecientes a la épica de la subsistencia u Odisea moderna. Véase que la politeia y la paideia llegaron de la mano a la categoría de teorías. Allá cuando los griegos, ambas principiaron el devenir de la política y la pedagogía, respectivamente, como fuerzas sinérgicas para el desarrollo de los pueblos en el modelo democrático. Pasados los milenios, la política ha llegado a ser la administración del desconcierto, y la pedagogía una educación para el silencio. El colmo es que la Atlántida platónica está en Doñana, allí donde España es incapaz de salvar al lince, ergo incapaz de salvarse a sí misma.
Si de repente en una casa se apaga el televisor, no perdura el sonido del habla de un filandón, sino el más helado de los silencios que es el silencio en casa. Los dramaturgos se percataron del oxímoron, y más acá de la caja tonta desentrañaron el silencio atronador. En 1975, se estrenó en Buenos Aires “El gran deschave”, con Federico Luppi, obra señera acerca de la incomunicación familiar o el silencio de todos los silencios, que es el silencio en compañía. A Bergman lo dejamos aparte.
Los griegos ignoraban el destino de sus teorías, mientras que los dirigentes actuales son sencillamente ignorantes. La posibilidad de que la filosofía se reconcilie con la sociedad es escasa. ¿En qué degenerarán el desconcierto y el silencio? ¿Asumiremos que la pobreza no es natural, sino una invención humana? ¿Investigaremos la estupidez, que es infinita, como el cosmos, según Einstein? Nadie tiene claro cómo será la comunidad que nazca del desconcierto y el silencio, ni de los crímenes iniciáticos que el reino de la política llevará a cabo para situarse de nuevo. ¿Será una comunidad de sepultureros, de guías turísticos, de arqueólogos? Quizá se realicen ritos de purificación, una higiene de la esfera pública, un recambio de felpudos o un desplazamiento de alfombras, tal vez algún atributo nuevo para lo falso, pero que no llegarán, en fin, lamentablemente, a incluir el suicidio de los dirigentes que han llevado el mundo a la ruina. Morirán en la cama.
Eduardo Keudell. Periodista y escritor.