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La economía estadounidense cierra un "annus horribilis"

El 2008 será recordado como el año en el que una crisis limitada al sector inmobiliario estadounidense hundió al sistema financiero y arrastró consigo al resto de su economía y la del planeta. Ha sido un año de récords. Pero negativos. Se han registrado caídas sin precedentes de los precios de la vivienda en el país, de la confianza de sus consumidores y de la morosidad de los pagarés de empresas a nivel internacional.

Al mismo tiempo, la gran demanda por los bonos del Tesoro de Estados Unidos a 30 años ha reducido su interés al 3,44 por ciento, otro nivel récord, que refleja el miedo de los inversores a poner el dinero en cualquier activo con un atisbo de riesgo. Nadie lo habría dicho hace un año. Entonces los problemas estaban limitados a las hipotecas de riesgo estadounidenses ("subprime"), otorgadas a personas con mal historial de crédito, y se hablaba de una ralentización de la economía, pero no de caída libre.

"El subprime es un segmento pequeño del mercado hipotecario de Estados Unidos, pero mira la crisis mundial a la que ha llevado", dijo a Efe Yusuke Horiguchi, economista jefe del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, en inglés), la mayor asociación de banca del mundo. "La crisis nos tomó a todos por sorpresa", añadió. El salto de la morosidad en esas hipotecas fue el resultado de la explosión de una clásica burbuja de precios, en este caso de las viviendas. Lo que es diferente esta vez es que los bancos empaquetaron y reempaquetaron esas hipotecas en títulos complejos, de forma que al final ni siquiera los directivos de las entidades que invirtieron en ellos sabían lo que habían comprado.

Esa falta de transparencia en las cuentas dio lugar a una crisis de confianza en los mercados y a un deseo por parte de los bancos de acumular dinero en efectivo en lugar de extender préstamos a otra entidad financiera que quizá oculte barriles de títulos "tóxicos" en sus sótanos. La gota que colmó el vaso fue la quiebra en septiembre del banco de inversión Lehman Brothers, que sacudió a los inversores de todo el mundo que poseían pagarés de la empresa y dio rienda suelta al miedo en los parqués.
Entonces también se rompió el mito de que los países en desarrollo podrían sobrevivir indemnes a la debacle en el mundo rico.

"Los fondos de riesgo y los bancos necesitan liquidez, así que han vendido posiciones en los mercados emergentes. El contagio ha sido generalizado", dijo Desmond Lachman, un economista del American Enterprise Institute (AEI, en inglés), un centro de estudios. Por su parte, la Administración del presidente George W. Bush, un republicano para el que el libre mercado es el paradigma de la eficiencia, hizo de tripas corazón y cedió a la presión para actuar. Básicamente abrazó las ideas de Maynard Keynes, el economista británico que es el héroe de los partidarios del papel público en la economía.

"Keynes dice que el Gobierno tiene que intervenir y combatir la deflación", dijo Richard Sylla, un historiador económico de la Universidad de Nueva York. La deflación es la caída generalizada de precios, que ha sustituido a la inflación provocada por la escalada del petróleo como la principal preocupación de los banqueros centrales de los países desarrollados. Desde principios de año, la Reserva Federal de Estados Unidos ha bajado la tasa de interés de referencia del 4,25 por ciento al 1 por ciento, y la mayoría de los analistas espera otro recorte de 0,5 puntos porcentuales en diciembre.

Pese al bajo coste del dinero, el crédito hipotecario, al consumo y a las empresas es escaso, porque los bancos temen prestar. La "Fed" ha adoptado una larga lista de medidas heterodoxas para inyectar liquidez, desde la compra directa de pagarés de empresas hasta la adquisición de títulos hipotecarios. Para su último programa usará como máximo 800.000 millones de dólares, que se añaden a los casi 900.000 millones en préstamos de todo tipo que ha extendido hasta ahora.

Por su parte, el Gobierno logró que el Congreso aprobara rebajas tributarias de más de 150.000 millones de dólares en la primera mitad del año y de un fondo de 700.000 millones para intervenir en los mercados en la segunda mitad. Con ello, los analistas prevén que el déficit público supere un billón de dólares este año fiscal, que comenzó en octubre, lo que sería otro récord para olvidar.
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