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Regenerar el cambio

Ha transcurrido el primer año de la presente legislatura y se tiene la sensación de haber recorrido mucho más tiempo, hasta el punto de presentarse la victoria socialista como un acontecimiento casi remoto y, en su conjunto, como irreal. Y es que, si se hace memoria no solo de las promesas electorales sino también de los planteamientos que Rodríguez Zapatero hizo en el debate de investidura, hay que concluir que la profecía no es su fuerte porque el curso de los acontecimientos ha  desmoronado gran parte de su programa de gobierno, quizá con la única excepción del mantenimiento de las políticas sociales que acertadamente se preservan e incluso aumentan

Algo semejante a aquello ha ocurrido con las sucesivas medidas adoptadas por el gobierno para paliar los efectos de la crisis económica, mucha más profunda y duradera de lo que era previsible incluso para los máximos expertos en economía, aunque ahora se aproveche desde la oposición para tachar al presidente del gobierno y a su ministro de Economía de ingenuos y falaces: ni más ni menos que otros mandatarios políticos de nuestro entorno, que tampoco previeron la gravedad de la crisis. Pero en cambio cabe hacer el reproche de haber instrumentado soluciones tímidas y dispersas que no solo no han devuelto la confianza de los ciudadanos en el sistema económico, sino que han profundizado su desconfianza en la capacidad del gobierno para reconducir la situación.

Aprobados los presupuestos generales del Estado cuando ya era previsible la recesión económica y la regresión de ingresos fiscales, se ha tratado de disfrazar la imposibilidad de mantener las previsiones de inversiones públicas con algunas providencias acertadas como el Fondo de Inversión Local, que debería ser ampliado, o las adoptadas para atenuar los efectos de la crisis sobre las familias con responsabilidades hipotecarias. Pero los propósitos de aumentar las inversiones en construcción civil, han naufragado ante la realidad de una contracción de los ingresos que no pueden compensarse por el recurso a la emisión de deuda, que tiene unos límites para garantizar la estabilidad presupuestaria y para conseguir los recursos en condiciones de interés aceptables. Basta con asomarse al BOE para apreciar una clamorosa escasez de licitaciones de obras y servicios. Esto es lo que hay, y es razonable  aceptar que no puede ser de otro modo. También ha sido necesario recortar la oferta de empleo público, y ha sido una medida prudente y en línea con un objetivo de austeridad que tendría que hacerse más patente.

Pero donde tiene que ponerse el acento es en recuperar el temple y los arrestos para devolver la confianza a una sociedad que creyó en una alta proporción en el liderazgo del actual presidente para regir durante cuatro años más la gobernación de España. Es evidente que una buena parte del equipo de gobierno está desgastado y desanimado, o lo parece, y así  se ha constatado en las últimas encuestas del CIS. Y es de libro  que el mantenimiento a ultranza de responsables ministeriales que no cuentan con la aceptación del electorado, acaba pasando factura.

En una etapa que va a ser necesariamente complicada por el éxito electoral del PSE en el País Vasco y su repercusión en la política española, es un mandato de la prudencia más elemental rearmar el gobierno para que no presente flancos debilitados, llevando a él personas que acrediten su valía y contribuyan a devolver la confianza en el proyecto político  de cambio que respaldaron con sus votos. No es una cuestión que haya que abordar con criterio partidista, sino en aras de la estabilidad política y del interés general.
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