Con motivo de un reciente manifiesto público de tres ex presidentes, a través de su portal de internet, la Presidencia de la República publicó un curioso documento de réplica. Dice, en primer lugar, que indigna al Gobierno que los tres “sigan defendiendo a cierto sector de la banca, esta vez, bajo el pretexto de salvaguardar la libertad de expresión”, y se explaya en el diferendo con los medios de comunicación.
Añade que “el viejo poder derrocado se atrincheró en algunas empresas de comunicación privadas para, desde la ilegitimidad de los poderes fácticos, tratar de hacer daño a un Gobierno de verdadera representación popular”. Y que han abusado “del falso paradigma de una libertad de expresión que pretende también amparar la mentira, la desinformación y la acción política”.
Conviene hacer memoria, y recordar que los medios de comunicación, en tiempos de la campaña aliancista por acceder al poder, abrieron sus páginas y espacios televisivos y radiales a sus líderes para que expresaran sus aspiraciones, promesas electorales y ventilaran sus polémicas.
Y que no fueron los primeros en dar vida al ambiente tan enrarecido que hoy existe entre los medios y el poder.
Una revisión minuciosa de lo publicado y transmitido en los últimos tres años podría develar quién fue su autor y continuador. En Carondelet tal vez alguien tiene como divisa aquella frase de: “Miente, miente, miente que algo quedará, mientras más grande sea una mentira más gente la creerá”. Se la debemos a Joseph Goebbels, el célebre ministro de propaganda de Hitler.