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Nada está arreglado

Nada está arreglado

El presidente Rodríguez Zapatero llevó la esperanza a Cataluña, Euskadi y Galicia, las autonomías españolas con mayor arraigo de un nacionalismo que se había visto acosado por el Aznar de la mayoría absoluta. Por eso muchos creyeron que España iba camino de tener una Constitución reformada, capaz de dar personalidad al Senado como cámara territorial y de ensanchar el campo de juego de las autonomías, algunas de las cuales pedían elevar sus niveles de autogobierno. Aparcada la reforma constitucional, se intentó arreglar el problema por partes, sin que los resultados causen mucho entusiasmo. Ni entre los autonomistas, ni entre los centralistas, ni entre los indiferentes.

Esa segunda transición de la que se habló parecía encaminada a encauzar la situación de Euskadi, partiendo de que Cataluña estuviese a gusto, con Galicia más o menos a la par. Pero si bien la situación de Cataluña terminó encontrando un cierto encaje, fue tal el lío que se montó que -de verdad, de verdad- nada está arreglado. Mientras, en Euskadi se ha pasado de la esperanza a una situación en la que todo parece posible pero nada es seguro.

No deja de ser curioso que sea Manuel Fraga, un hombre tan conservador, quien mejor analiza estas cosas con perspectiva. Y es que, como dice el fundador del PP, de cuatro problemas gordos que tenía España hace un siglo, queda uno. Tres de esos problemas están resueltos: uno es la forma de Estado, ya que la monarquía no está en discusión; otro es la religión, que fue un problema tremendo, como se vio en las guerras carlistas y también en la Guerra Civil del 36, y el tercero es el modelo económico y social, ahora compartido, con matices, por casi todos. Queda el cuarto problema: el territorial, que ni con bonanza económica consigue superarse. Fraga lo tiene claro. Otros del PP pretenden ignorarlo.


 

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