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Nada nuevo bajo el sol

Nada nuevo bajo el sol

Uno de los más poderosos impulsos que alentaron la elección del Primer Mandatario fue la necesidad del cambio, se daba por sentado que Evo Morales sepultaba todas las viejas prácticas políticas y abría así un siglo hacia el porvenir. No pasó de ser una esperanza infundada, pues a poco de asumido el mando una gigantografía señalaba el estilo y contenido del régimen: “Evo soy yo”, rezaba el enorme diseño gráfico, en el que figuraban algunas de las razas que constituyen la diversidad nacional. Obviamente no figuraban los kharas. La frase sin duda recordaba la fundación del absolutismo por Luis XIV de Francia (1643–1715). Su declaración “L"Etat, c"est moi” (“El Estado soy yo”) evoca la infeliz iniciativa. A poco el canal estatal de televisión, cuya imparcialidad se había convertido en los últimos 20 años en un símbolo del respeto ético del Estado frente a los ciudadanos, dejó ver en calidad de icono el manejo discrecional que el nuevo Gobierno hacía de él en beneficio exclusivo del partido de Gobierno. Para quienes sufrimos las dictaduras, esto nos recordaba aquellos días aciagos en que nuestros impuestos servían para financiar la egolatría de los dictadores de aquellas épocas...

Si de algo podía jactarse la sociedad boliviana era de haber superado la vieja visión provinciana de la democracia y de la libertad. A despecho de ello, el nuevo régimen se dio a la tarea de descubrir un sistema social, económico y político inédito donde las leyes de la economía se sustituyen con principios de solidaridad, el mercado con la reciprocidad, la demanda con la equidad y una serie de artilugios que nadie sabe explicar.

En su momento de mayor euforia se propuso suspender la provisión de leche en el desayuno escolar y remplazarla con hojas de coca. A semejantes postulados le servía de soporte ideológico una visión milenarista en la que todos los bolivianos, independientemente de la extracción cultural, debíamos aceptar como válido e indiscutible el retorno al Tawantinsuyo. Se imponía así una visión ingenua de la historia en la que el modelo de hombre ideal era el andino como un ser inmaculado. Con semejante propuesta, lo nuevo se mostró como era: más viejo que sus propios mitos.

Avanzar suponía en la conciencia ciudadana un acto de cualificación de los mecanismos democráticos en el horizonte de la inclusión y la participación de los sectores más empobrecidos y más excluidos. Empero, la noción de inclusión ha sido sustituida por una vieja y desprestigiada argucia política: la utilización maniquea de los sectores. Desde sus góticas tumbas, los más fervientes liberales del siglo XIX deben mirar con asombro el retorno de sus viejas ideas de la mano del más nuevo gobierno. El Gobierno del MAS.

Cuando los liberales conjugaban sus intereses con la oligarquía chilena sobre los cadáveres de una guerra perdida, inventaron el artificio de los “grupos de choque”. Las famosas y vergonzosas “ovejas de Achacachi” no sólo sembraban el terror ciudadano, sino, además, instalaban la noción del abuso, la transgresión y el irrespeto de la dignidad humana. Hoy vivimos una edición más moderna bajo el rótulo de “movimientos sociales” y seguramente un inventario detenido del “estilo” de gobierno del régimen actual dejaría la certeza del retroceso.

* Sociólogo y catedrático

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