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El arte de lo posible

El arte de lo posible

Tras el episodio de la implantación en la capital chilena de una radical reforma al sistema de transporte urbano de pasajeros- el Transantiago- que derivó en una crisis de envergadura, el Gobierno encara otros dos serios desafíos sociales y políticos.

Y es a este propósito que recordamos la famosa frase de Cánovas del Castillo (1828-1897) de que "la política es el arte de aplicar en cada época aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible".

Es cierto que la frase surge de una experiencia y una circunstancia específica de España, pero no es menos cierto que encierra una verdad que bien debiera ser entendida, con su correspondiente adecuación, en otras circunstancias políticas.

En el caso del Transantiago el problema fue de improvisación en el diseño y aplicación de la reforma, de la falta de consulta y participación ciudadana y de la autoridad y organizaciones comunales, que obviamente fue aprovechada estridentemente por la oposición y el anarquismo local.

Pero en el segundo se trata de algo mucho más serio. Los proyectos de reforma al Sistema Electoral Binominal -una necesidad de democratización del sistema electoral, para dar representación parlamentaria a minorías hasta ahora excluídas- y la reforma al sistema educacional recibieron un inmediato, contundente y masivo rechazo.

La oposición a la reforma educacional no sólo surgió, como era previsible, de la derecha política, que vio amenazados puntos claves de su influencia política sino que, además, la influyente Iglesia Católica vino a engrosar el conjunto de la oposición al proyecto, sumándose a los dueños de establecimientos educacionales, a diversos especialistas, a los directores de establecimientos de selección y a las principales organizaciones empresariales del país.

Incluso quienes son beneficiarios de la reforma (profesores, estudiantes de izquierda), o los propios partidos oficialistas y hasta ex ministros de gobiernos de la gubernamental Concertación de Partidos por la Democracia, generaron críticas, dudas, incertidumbres, distanciamientos.

Así, las reformas aparecen como huérfanas de apoyo popular.

Resulta impensable que los equipos de analistas de La Moneda no hubiesen previsto las consecuencias de los pasos, sin duda históricos, que iba a dar el Gobierno de Bachelet, o que sus asesores de imagen y publicistas no cuidaran más el lenguaje, el discurso, la línea argumental que debía acompañar las iniciativas.

Centrar el mensaje, como hizo la propia Mandataria al presentar la reforma educacional, en la crítica al "lucro" de los empresarios de la educación, y no en la modernización y necesidad de la reforma para democratizar el acceso y preparar futuras generaciones, aparece como un craso error.

No bastó que la Presidenta recordara el "origen autoritario" de la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza, promulgada por Pinochet el 10 de marzo de 1990, un día antes de que entregara la Presidencia) y su distancia con las necesidades y demandas de amplios sectores de la educación. El hecho es que se trataba de "un compromiso con nuestras profundas convicciones republicanas".

La respuesta de los detractores del gobierno -no importa si se trata de estas reformas, o de la reforma previsional, el Transantiago, o el proyecto de bautizar una calle, o dar mejor atención de salud a la población- no podía ser otro: el lucro es parte del modelo económico que la propia Concertación defiende.
 
Es más, atacando el lucro, en general, dramatizaron los críticos, se pone en riesgo la esencia del modelo imperante, la estabilidad política, la subsistencia del acuerdo democrático que hizo posible salir de la dictadura e iniciar la transición.

En fin, lo que vendría después sería el desastre, y ésta era sólo la advertencia ominosa, lo que en el lenguaje político local era tanto una amenaza como un virtual
chantaje.

La pregunta es si no se previó el vendaval que venía y, lo que sería francamente deplorable, si no importó, y se buscó imponer la voluntad reformadora, situando a la oposición ante "hechos consumados".

La otra interrogante es por qué las propuestas de reforma se hicieron en frío, sin preparar política y propagandísticamente el ambiente, o estimular legítimamente, a través de los partidos de la Concertación o a través de mecanismos de participación popular, una base de masas para dar un apoyo ciudadano a las iniciativas.

Las respuestas, por cierto, están el círculo íntimo de la Presidenta, en La Moneda, en sus asesores políticos, que hoy se ven forzados  a buscar respuestas a la situación, parchando las reformas o negociando acuerdos y compromisos con la derecha, que busca imponer sus condiciones.

Las reformas deben ser aprobadas en Chile por el Congreso Nacional y tratándose de leyes de rango constitucional, es decir Leyes Orgánicas, para ser aprobados sus artículos fundamentales necesitan un quórum calificado de cuatro séptimos, es decir 69 diputados y 22 senadores.

De acuerdo a la estadística, la gobernante Concertación de Partidos por la Democracia solo tiene 65 diputados y 20 senadores, los que no siempre votan de acuerdo a las orientaciones que bajan de La Moneda.
 
Por su parte, la opositora Alianza por Chile tiene  55 diputados y 18 senadores (contando al independiente Carlos Bianchi), y ha demostrado en relación a estos temas una férrea disciplina.

Entender la política como "el arte de lo posible", a diferencia del "sé realista, pide lo imposible",  que es romántico pero inefectivo, exige a los políticos actuar con la mayor responsabilidad para no producir decepciones y frustraciones, y aún un mayor descrédito de la actividad política.

En el caso que comentamos, aprendiendo de la lección de sus errores pasados, así parecen haberlo entendido los comunistas chilenos, que aunque el proyecto de reforma electoral no les satisface completamente, aceptan y promueven la leve modificación al sistema propuesta por el gobierno, y que les abre una posibilidad de acceder a la Cámara de Diputados.

París bien vale una misa.
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