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Oscar González

“La ficción de una sociedad sin conflictos”

“La ficción de una sociedad sin conflictos”

Oscar González

 

“La ficción de una sociedad sin conflictos”

 

Hay una vocablo que aparece cada tanto habitando el limitado acervo discursivo de la oposición política y mediática de derecha: `consenso`.

 

La palabra es citada habitualmente como contrapartida frente a un presunto espíritu de confrontación permanente, atribuido al gobierno y a sus partidarios, y se asienta en la simplista afirmación de que los asuntos públicos pueden sustraerse a la obvia tensión de intereses que, en cualquier época, atraviesa toda sociedad.

 

Según este razonamiento, los grandes problemas del país podrían resolverse mediante el simple expediente de llegar a un acuerdo o pacto de cúpulas políticas y económicas para estipular una agenda común y luego sostenerla.

 

Lo rudimentario de este precepto salta a la vista si, como es sabido, la aplicación de un programa avanzado de gobierno, e incluso cualquier medida aislada que pretenda reformular con sentido progresista la distribución del ingreso nacional, requiere de una poderosa acumulación de fuerza política que enfrente las resistencias inevitables, más poderosas y enconadas cuanto más privilegios protejan.

 

Yrigoyen, Perón, Frondizi, Illia, Alfonsín, la actual administración y, por supuesto, casi todos los gobiernos de Suramérica son -o han sido- víctimas de la voracidad de sus respectivas elites conservadoras.

 

No es casual que la derecha agite la idea del consenso precisamente cuando se aplican políticas públicas destinadas a un disfrute más equitativo de la riqueza y del poder signado por modificaciones legislativas que implican reformas sustanciales que sostienen la producción, preservan el empleo y propician la autodeterminación nacional y la integración regional.

 

Es entonces cuando la expresión `consenso` sufre una torsión maliciosa y se la invoca para esconder lo que en realidad se pretende lograr: la abolición de las medidas transformadoras en curso y las que, se descuenta, sobrevendrán.

 

Para dotar de cierta pátina a ésta propuesta, la oposición suele cada tanto argumentar la necesidad de celebrar un pacto similar al de La Moncloa, firmado en España en 1977 entre el gobierno liberal de Adolfo Suárez, los partidos políticos, las cámaras patronales y los sindicatos.

 

Aunque pasó a la historia como un instrumento que favoreció una salida ordenada del franquismo tras 40 años de dictadura, ese pacto tuvo también otros efectos: desmovilizar a la sociedad, imponer topes salariales, proteger el plan de ajuste fiscal y apertura financiera aplicada por el entonces jefe de gobierno español.

 

 De ahí que no hay inocencia en este modelo de consenso que busca la derecha: no pretende una instancia para la concordancia cívica sino un instrumento para frenar la movilización popular.

 

Es la ilusión de abolir el conflicto social ignorando que su evolución y desenlace superador es precisamente la condición indispensable para el avance social.

 

De hecho, la quimera de que pueden derogarse los antagonismos sociales presupone la existencia de una sociedad derrotada en sus aspiraciones de igualdad y justicia e ignora algo elemental: el consenso no es algo que se alcanza de una vez y para siempre sino una construcción política ardua y contínua que expresa las tensiones sociales de cada coyuntura histórica y encuentra, cuando es exitosa, un punto de precario equilibrio.

 

Un momento siempre efímero porque, lo decía Juan B. Justo, "lento o impetuoso, el progreso humano es constante”.

 

Oscar González

Ex diputado nacional del Partido Socialista. Secretario de Relaciones Parlamentarias del gobierno de Argentina.

 

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