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Malos modos

Malos modos

Fabricio de Potestad.-  Secretario de Estudios y Programas de la Ejecutiva del PSN-PSOE

 

  Los hallazgos de Darwin, resumidos, vienen a decir que, después de cinco mil millones y pico de años de evolución, y dejando atrás al mono por un pelo, el ser humano ha venido a dar en animal político. Le parece a uno demasiado tiempo para obtener políticos como Cristóbal Montoro o Esperanza Aguirre, con quienes se nos obliga a caminar con esos marcapasos que andan siempre con retraso. Hubo un momento en que la especie pudo optar por la otra rama de la familia, o sea el mono, que se nos asemeja genéticamente muchísimo. Pero nos equivocamos, y gracias a ese error estamos ahora trabajando en ese gran circo que es la civilización. El circo está bien para la gente que es un poco payasa, pero para el chimpancé de Kafka, mucho más intelectual, sería humillante.


        Cualquiera que observe cómo los monos han logrado vivir en paz durante milenios, comprenderá que los humanos nos equivocamos de estirpe, como cuando Julio Iglesias se casó con Isabel Preysler, que, al parecer, le salió demasiado pegada a su propio cuerpo. En fin, la noticia más atroz de este nuevo siglo, provinciano y paradójicamente globalizado, es esa de que la evolución humana está ya cerrada y nos vamos a quedar para siempre así, cargados de culpas míticas, como el Caín de José Saramago. Y es que son demasiados años de mitos mal curados, demasiado tiempo renunciando a la micropolítica del deseo ideado por Deleuze y Guattari, pues uno piensa que hay que buscarse la vida en dirección prohibida, con pasión y con un gramo de locura, pues la malas compañías, qué duda cabe, son las mejores, y la más prohibida de las frutas, la manzana, es la más sabrosa. Si no es por Eva, nos hubieramos quedados estancados darwinianamente en el struthio camelus, o sea, el avestruz. 

   Darwin lo dejó todo dicho y bien dicho. A mí me parece más interesante que la teoría cuántica de Max Planck, porque éste se ocupa de insignificantes partículas que acaban con el poco sentido que tiene esta vida. Darwin, en cambio, se ocupa del animal humano, más conocido como persona, que es lo que ralmente nos importa, aunque el PP pretenda descalificarlo, sobre todo si es socialista, con turbadores improperios. Y es que el mal gusto, el mal estilo, la falta de clase, la violencia lingüística, los egos inflados de términos agresivos y de tacos usados sin gracia −seguramente Esperanza Aguirre no ha leído a Camilo José Cela− y el desprecio de barrio por todo lo que apunta sensibilidad, matiz, finura, gracia o delicadeza se ha instalado de forma inquietante en la sede de Génova. El siglo XXI ha traído a la vida política del país, sin necesidad, una torpeza como de posguerra, un estilo ominoso y oneroso, un uso procaz de la palabra y una nueva manera de dañar al adversario. En fin, el PP estaría mejor en un colegio, aprendiendo gramática, urbanidad y algo de ética, porque algunos tienen confundidos los límites de la moralidad y la inmoralidad, y creen que todo ello forma un continuum estratégico cuyo fin es el poder.     

   De momento, el mal gusto está reducido a unos límites más o menos precisos, que son las intervenciones de la derecha ante las cámaras de televisión o ante sus correligionarios en esos multitudinarios mítines sobre fondo azul y con la gaviota blanca volando hacia la ultraderecha. Lo cierto es que el PP parece tener la exclusiva de la forzosidad espesa e innoble de insultar a Zapatero, pues el rersto del arco parlamentario se dedica a hacer política, a favor o en contra, pero política.

   César Vallejo, poeta tísico con una tuberculosis posterior a la tisis romántica, aportó su indigenismo y vanguardia al lenguaje. Delicado, febril, tosedor y triste nunca recopiló obviedades ni descargó tremendismo mal hablado sobre el papel. Pese a su espíritu naïf jamás hubiera utilizado términos inexistentes ni maltratado cultismo alguno y, menos aún, arrojado improperios sobre la cabeza de Pablo Neruda. En fin, el PP debía seguir su ejemplo −y no hacer como el marqués de Sade, autor de las disertaciones más aberrantes en las que, mediante sofismas, pretendía justificar cínicamente sus actos− pues zaherir al adversario con insultos no conduce sino a esa desabrida estética tan deformante como los espejos del callejón de Gato en Madrid.

  La democracia nos ha hecho más presentables a los ciudadanos, gente de mejor estilo, pero algunos políticos del PP, ajenos a esta novedosa realidad, viven en una eterna posguerra en la que Miguel Hernández no sería más que un estraperlista y García Lorca un vendedor de ropa usada en un mercadillo. Lo inicuo del mal estilo es que se contagia, hasta el punto de que los políticos negligentes con el lenguaje han conseguido contaminar su personalidad a mucha gente, dentro y fuera de la política. El buen estilo también se pega, claro, y Francisco Ayala consiguió hacer elegante con el ejemplo al gentío. Pero en la derecha política no tenemos a un Ayala, sino una verdadera factoría de improperios.

   Y al final, las buenas formas de unos han sido ultrajadas por el mal proceder de otros. Del buen estilo de Tierno Galván se mofó toda la derechona y de las elegantes maneras de Ruiz-Gallardón se burlan hasta en su propio partido. Y en este plan. Pues eso, la evolución de la especie humana se ha cerrado definitivamente. Vamos, que ya no nos  quedan más milenios para hacer otra carrera. Pudimos haber sido chimpancés, pero ya es tarde.

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