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Chat con el ex dirigente comunista

Santiago Carrillo: 'En ningún país democrático los fascistas se atreverían a hacer una denuncia como la de Garzón... es una vergüenza'

Santiago Carrillo: "En ningún país democrático los fascistas se atreverían a hacer una denuncia como la de Garzón... es una vergüenza"

"¿Rajoy en La Moncloa?.. Hago votos por no llegar a verle allí" "¿Yo zapaterista?... con una derecha tan reaccionaria, a veces hay que echarle una mano"

martes 06 de abril de 2010, 14:52h
Actualizado: 09 de abril de 2010, 20:42h
El ex secretario del PCE y figura clave de la legalización del partido comunista en la Transición Española, Santiago Carrillo Solares, presenta a sus 95 años el libro 'Los viejos camaradas' que echa la vista atrás para centrarse en algunos nombres como Líster, Modesto, Tagüeña, Julián Grimau, Fernández Inguanzo, Sánchez Montero, López Raimundo, Domingo Malagón... que tendrían una consideración histórica y un reconocimiento social mucho mayores de los que han tenido si se hubiera escrito la Historia de otro modo.


- Vea los dos vídeo-entrevistas en DCTV:













Los viejos camaradas
Sinopsis

Si la Historia de España hubiera sido otra, algunos de los nombres que aparecen en este libro estarían en el callejero de las ciudades españolas; y, en todo caso, la mayoría de ellos sería infinitamente mejor conocida del lector medio de lo que es en realidad. Que la Historia de España hubiera sido distinta no implica en este caso que hubieran ganado la guerra quienes la perdieron. Bastaría con que, dentro del bando vencedor, no se hubiera impuesto la versión más cruel y dictatorial, sino otra más propensa a la reconciliación (como ocurrió en Estados Unidos tras su guerra civil). O que el régimen que realmente se impuso hubiera sido depuesto por los aliados al final de la segunda guerra mundial. O que la transición a la democracia hubiera sido distinta. En cualquiera de esos casos, bastantes nombres de los que llenan este libro (gente como Líster, Modesto, Tagüeña, Julián Grimau, Fernández Inguanzo, Sánchez Montero, López Raimundo, Domingo Malagón…) tendrían una consideración histórica y un reconocimiento social mucho mayores de los que han tenido.

Pero las cosas fueron como fueron, y eso hace que éste sea un libro necesario, en el que muchos lectores podrán encontrar un importante capítulo de la Historia de España que desconocen. Porque, al hilo del recuerdo y el homenaje, eso es lo que está en las páginas de Los viejos camaradas, un capítulo muy poco conocido –por razones obvias: ésta es, en buena parte, una historia de la clandestinidad- de la España del siglo XX; un período que empieza en vísperas de la guerra civil y acaba en la España democrática.

Sus protagonistas fueron jóvenes en los años 30 y pertenecieron al Partido Comunista. Eso quiere decir que, al principio, durante muy pocos años, lucharon por un ideal concreto y partidista. Pero, pronto, las circunstancias hicieron que su lucha fuera por la democracia y la libertad de todos. Primero, peleando con las armas en la mano contra el fascismo; luego, combatiendo, en la clandestinidad y pacíficamente, contra una dictadura. En ambos casos, la lucha de los comunistas fue –forzosa, inevitablemente, de un modo fatal, diríamos- a favor de la democracia, incluso por encima de sus convicciones o de que su modelo de referencia fuese el totalitarismo soviético.

Una generación en una encrucijada histórica

Un libro como éste no sólo tiene un protagonista colectivo, sino que ofrece un retrato generacional; el de aquéllos que, apenas cumplidos los veinte años, fueron engullidos por el enfrentamiento entre fascistas y antifascistas que caracterizó al mundo de entonces y que, en el caso de España, tomó la forma de una cruel y feroz guerra civil. El autor es muy explícito acerca del papel jugado por aquella generación, que es la suya: “Al defender la República y darlo todo por contener al fascismo, aquella generación cumplió un deber que le imponía la historia y se convirtió en un ejemplo para la juventud del mundo. Un símbolo de esa generación fueron las trece rosas… Permítanme reivindicar mi orgullo por ser uno más de esa generación que pudo incurrir en errores parciales, pero que en lo fundamental demostró tener una profunda comprensión del sentido de la historia y se sacrificó para mantener el rumbo hacia el progreso. Hubiéramos preferido una vida pacífica y tranquila, éramos personas normales, con una voluntad de contribuir a un mundo de paz, libertad e igualdad. Pero nos vimos obligados a hacer la guerra y tuvimos que resistir durante cerca de cuarenta años”.

Dentro de esa generación, el libro se centra, naturalmente, en el Partido Comunista, al que el autor –naturalmente, también- dedica párrafos significativos: “¡Aquel PCE era un partido unido, disciplinado, heroico, joven, animado por altos ideales y por lo que en aquellos tiempos denominábamos romanticismo revolucionario...! Aquel partido había crecido sobre todo en los años de la guerra, con militantes que acudían a él no con la intención de hacer una carrera política, sino con la disposición a sacrificarse, ocupando un puesto de vanguardia en el frente. Un partido formado en esas circunstancias suponía una auténtica selección natural de las gentes más abnegadas y desinteresadas”.

Tras el primer capítulo de presentación, el libro se divide en cinco más, dedicados a otros tantos grupos de militantes comunistas: los de la Juventud Socialista Unificada, los del equipo dirigente de José Díaz y Dolores Ibárruri, los jefes militares de la guerra, los de la clandestinidad durante la dictadura, y los del aparato y Radio España Independiente. Es una división forzada por la cronología y la claridad expositiva, ya que bastantes de los protagonistas, lógicamente, encajarían en más de un apartado.

Entre los primeros, Carrillo recuerda a Serrano Poncela, con el que tuvo divergencias cuando Serrano fue delegado de Orden Público durante la guerra; a Alfredo Cabello, procedente de una familia aristocrática; a José Cazorla, a Federico Melchor, que llegaría a dirigir el periódico Mundo Obrero en la democracia; a José Laín Entralgo, hermano del famoso intelectual; a Ignacio Gallego, Francisco Romero Marín, Fernando Claudín…

Al hilo de sus retratos, el libro ofrece una importante, y a veces sorprendente, información sobre aquel período. Por ejemplo, que en aquel PCE no escaseaban los intelectuales, incluso alguna persona de origen aristocrático, como el citado Alfredo Cabello o Ignacio Hidalgo de Cisneros. O anécdotas como la de dos hermanos (los Laín Entralgo), pertenecientes a bandos enfrentados, que se encuentran en los primeros días de la guerra y se abrazan antes de separarse, sabiendo que uno de ellos va a cruzar la frontera para unirse a las filas enemigas. Como escribe el autor, “en nuestro corazón todavía no había odio… No estábamos armados moralmente para una guerra civil”.

Muchos de aquellos viejos camaradas, que entonces eran tan jóvenes, fueron fusilados al acabar la guerra, cuando la mayoría andaba en la veintena: Alfredo Cabello, José Cazorla, Eugenio Mesón, Domingo Girón, Guillermo Ascanio, Isidoro Diéguez, García Rozas, Cristóbal Valenzuela, Gómez Gayoso, Antonio Seoane, Agustín Zoroa, Lucas Nuño. Algunos, como Eduardo Sánchez Biedma, no llegaron a ser fusilados; murieron a causa de las torturas.
Nombres hoy desconocidos para demasiada gente, que a algunos les sonarán de haberlos leído citados en algún poema de Alberti. Sobrecoge pensar en lo que supuso la represión para las organizaciones de izquierda una vez acabada la guerra.

El autor se detiene en la persona de quien fuera secretario general del PCE, José Díaz, al que define como “una de las figuras políticas más modestas pero más clarividentes” del momento; alguien que supo ver la necesidad de crear un ejército regular, bien organizado y disciplinado, bajo un mando único, para ganar la guerra. José Díaz defendió también el monopolio de la justicia por parte del gobierno, frente a los grupos incontrolados que encarcelaban o asesinaban a los sospechosos de ser simpatizantes de los sublevados.

Habla también Santiago Carrillo de quienes, sin vocación ni formación militar previa, se convirtieron en ejemplares jefes militares. Obreros en muchos casos –el más destacado fue Juan Modesto- o estudiantes universitarios, como Manuel Tagüeña. Del posiblemente más famoso, Enrique Líster, Carrillo cuenta que “tenía un ego muy fuerte; se había acostumbrado a los homenajes y los honores y no sabía vivir sin ellos” después de la guerra. Líster gozaba con las condecoraciones, pero “fue uno de los grandes caudillos militares surgidos del pueblo”.

Entre los militares de carrera, destaca el caso de Hidalgo de Cisneros, personaje de tintes románticos, cuyo acercamiento inicial a los militares republicanos se debió más a la amistad que a la convicción política. En todo caso, su compromiso se fue afianzando y acabó ingresando en el PCE por su convencimiento de que ésta era la organización más eficaz durante la guerra.

“Los clandestinos, viajeros en la entraña de las ciudades”


Los que sobrevivieron continuaron la lucha en la clandestinidad. Julián Grimau lo pagó con su vida en fecha tan tardía como 1963. Jorge Semprún hizo honor a su apodo de “el pajarito” y siempre se escapó de la policía; luego se escapó del propio Partido Comunista. Simón Sánchez Montero, entre salidas y entradas en la cárcel, llegó a poner en pie una organización comunista en Madrid que, como él mismo vaticinó, sobrevivió a Franco y a la Brigada Social. Del asturiano Horacio Fernández Inguanzo, el Paisano, cantó Víctor Manuel que “hasta las piedras, si hablaran, hablarían bien de Horacio”. Francisco Romero Marín, el Tanque, aguantó largos años en la clandestinidad; sólo cayó en el 74. A Gregorio López Raimundo (“els cabells blancs, la bondat a la cara”) se lo cruzó una vez Raimon en la calle; no le saludó, ni siquiera se giró, pero escribió luego una bellísima canción que refleja como pocas la clandestinidad (T’he conegut sempre igual).

Quienes vivieron en el exilio, sufrieron una clandestinidad menos dura, pero su sacrificio personal y familiar no fue menor, ni menos valiosa su contribución a la lucha contra la dictadura. Un caso especial es el de Domingo Malagón, egregio falsificador de documentos, que proveyó de carnés y pasaportes a innumerables miembros del partido.

“Era un grupo de camaradas heroicos, que arriesgaban su vida y su libertad y habían aprendido a mantener las reglas de la conspiración, sacrificando incluso su vida familiar”, escribe Santiago Carrillo. “Poseían cualidades extraordinarias de talento, espíritu de sacrificio y heroísmo”.

“En la memoria histórica deben pervivir figuras con ese temple y ese bagaje, a las que debemos en buena parte todo lo logrado”.

“Este libro quiere ser un recordatorio para las generaciones de hoy, que han heredado un país mejor, de que los cimientos de este país se construyeron con sangre y con el dolor de seres que aspiraban a una vida mejor para todos. Que no venimos de la nada ni del azar, ni del milagro de algún demiurgo. Que detrás nuestro hay una estela de generaciones sacrificadas por lograr lo que hoy somos y tenemos”.
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