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El voto radical

El voto radical

lunes 07 de junio de 2010, 22:41h
El domino 6 se realizaron elecciones internas en el radicalismo de la provincia de Buenos Aires y el acontecimiento fue seguido con atención por el “país político”, ya que se trató de la primera consulta electoral desde el comicio general del 28 de junio del año pasado. Y aún cuando la trascencendencia de ambos episodios fue cualitativa y cuantitativamente diferente, conlleva la circunstancia de tratarse del primer test de sufragio en el proceso de retirada del oficialismo, al menos del kirchnerismo tal como lo conocíamos hasta antes de perder su mayoría popular y parlamentaria.

La elección deja algunos saldos más positivos y otros menos. Entre los primeros, el más importante es que comienza a avizorarse una normalización del sistema político, en un cauce que está siendo abierto justamente por el partido radical, cuya irrupción en la escena argentina –hace ciento veinte años- tuvo como nota diferencial la de abrirle el camino a la participación en la política a los hombres comunes, aquellos que no podían apoyarse ni en el prestigio de su prosapia o de su fortuna. El radicalismo, en esta elección, está haciendo honor a su historia fundacional. No compitieron apellidos patricios o empresarios de nota, sino auténticos militantes políticos surgidos de lo profundo del pueblo que, en ambas listas, pudieron ofrecer testimonio de vida, de honestidad y de compromiso.

La otra nota positiva la dio la autonomía ciudadana. Una vez más, quienes podían presumir de contar con una organización más “aceitada”, lo que comunmente es denominado con algo de injusto desdén como “el aparato”, no fueron premiados con el voto mayoritario. Este hecho demostró que en su acción política, los argentinos cuando participan no aceptan ser “girados en blanco” sino que ejercen un auténtico derecho a elección. Así le ocurrió a Néstor Kirchner y a los intendentes del conurbano en junio de 2009, y así ocurrió en la mayoría de los distritos del país, en los que las ofertas electorales de los oficialismos y los “aparatos” fueron, en general, derrotadas.

La tercer nota positiva es que el radicalismo comienza nuevamente a ser vehículo generador de liderazgos para ofrecer al debate nacional. Hasta ahora, era la figura de Julio Cobos la única que se había instalado como una posible opción electoral a impulsar por el viejo partido, y debe reconocerse que no por la acción partidaria sino por una circunstancia muy puntual. Ahora hay ya dos figuras –por lo menos- y alguna más que puede surgir al prestigiarse la colectividad política partidaria en su conjunto. Esto es saludable y fortalece el sistema político, golpeado en forma inmisericorde por la eficaz acción destructora del kirchnerismo pero que afortunadamente está resurgiendo.

En el “debe” es necesario apuntar, frente a estos tres aspectos positivos, una preocupación que no puede disimularse: el atraso en el debate y en el contenido de la propuestas. Tomando distancia, y muy a trazo grueso, podría afirmarse que las opciones en pugna se caracterizaron, una por recordar la mística de la recuperación democrática –ocurrida hace más de un cuarto de siglo- bajo el liderazgo de Raúl Alfonsín (padre); y la otra, por levantar la bandera de la renovación dirigencial, reclamo de difuso y contradictorio significado político. Ambas se consideraron contenidas por la “socialdemocracia”, concepto de moda a mediados del siglo XX para expresar por un lado el aggiornamiento de la democracia clásica hacia valores sociales y por el otro, la adopción por parte de la izquierda de las formas del estado liberal, también desarrollada por Raúl Alfonsín en sus discursos. Este plexo contextual tiene valiosos contenidos, emotivos y sustanciales. Sn embargo, no levanta su mirada hacia la agenda del siglo XXI.

Y sin embargo, esa es la agenda que los argentinos están necesitando de sus dirigencias. Cómo enfrentar los graves problemas del mundo y del país propios de esta segunda modernidad: la crisis de los sistemas de jubilaciones, la articulación virtuosa con la economía global, el cambio de la matriz energética, la instalación de la violencia cotidiana en forma ya estructural, el cambio climático, la prevención de los riesgos del fundamentalismo terrorista, la vinculación del país con el desarrollo científico técnico, los contenidos del urgente cambio en el sistema de educación para darle a los jóvenes adiestramiento en el funcionamiento del mundo de hoy, la construcción democrática del piso de ciudadanía para erradicar el clientelismo e incrementar la libertad personal de las personas de menores recursos, la calidad institucional y la mayor vigencia democrática al sistema político y judicial, la descentralización de la gestión y a la vez, la participación argentina en forma colaborativa con el diseño de la política global.

Estas aproximaciones a la agenda que viene atraviesan los viejos alineamientos del siglo XX y tienen en el mundo también respuestas que no coinciden exactamente con ellos. No formaron parte del debate del domingo –y quizás por eso la elección sólo motivó a 120.000 votantes, de los 800.000 habilitados para hacerlo-, lo que no quiere decir que no puedan serlo en el futuro, o que los 120.000 electores no merezcan el más encomiable aplauso, por no bajar los brazos. En todo caso, es lo que los argentinos están esperando del debate mayor, el que deberán dar los radicales con los otros actores de la sociedad política, demandados de la misma indagación, entre ellos el propio kirchnerismo, el Pro, el peronismo federal, la izquierda y fuerzas de menor dimensión cuantitativa, pero no menos capacidad propositiva.

Los radicales, entonces, han comenzado a hablar, abriendo el camino y demostrando que la recuperación de la política es posible. Pero también que esa política no se agota en la compulsa por posiciones orgánicas, sino que éstas son sólo un paso, importante pero insuficiente, en la recuperación grande del sistema institucional deteriorado, el que a doscientos años del nacimiento de la patria es nuestra obligación reconstruir.

Ricardo Lafferriere
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