Anarquía internacional – 2: Israel y Palestina como Apocalipsis auto-impuesto
lunes 07 de junio de 2010, 23:56h
Última actualización: miércoles 13 de octubre de 2010, 06:44h
El ataque israelí a una flotilla humanitaria el 31 de mayo de 2010 en aguas internacionales, lamentablemente mostró que el conflicto con Palestina es irresoluble, desde el punto de vista de la negociación diplomática y el establecimiento de previsiones en el ámbito de los regímenes internacionales. Ambos actores carecen de incentivos para generar confianza y superar cualquier bloqueo a los acercamientos de paz porque están atrapados en estrategias de suma cero, lo cual prolonga la esencia militar del conflicto y reduce las zonas de posibles acuerdos. Palestina exige la autonomía y soberanía territorial en la Franja de Gaza y Cisjordania, el control sobre Jerusalén, derechos de ciudadanía dentro de un Estado soberano, reconocido ante la comunidad mundial, acceso a fuentes de financiamiento para el desarrollo, incorporando en sus estructuras políticas a fuerzas militares insurgentes que son consideradas altamente peligrosas por Israel; dichas fuerzas poseen representación parlamentaria, generando un enfoque simultáneamente autoritario y democrático en el sistema político de la Autoridad Nacional Palestina nacida en 1994.
En la perspectiva de Israel predomina una orientación sumamente beligerante que enfatiza los intereses de seguridad militar y territorial para el Estado judío, rechazando las resoluciones de Naciones Unidas y fortaleciendo una política de expansión territorial en las áreas palestinas. Estas acciones van acompañadas de un espíritu de segregación que ha ido aumentando las inclinaciones hacia “políticas anti-étnicas” para limitar las demandas palestinas que se rebelan con atentados terroristas.
Entretanto, las Naciones Unidas se ven imposibilitadas de implementar diferentes políticas de asistencia humanitaria para proteger a los refugiados palestinos o a las víctimas del terrorismo en territorio israelí. El efecto inmediato son un conjunto de acciones y reacciones cargadas de condicionalidades, dando lugar a soluciones parciales mediante el uso de la violencia y las amenazas de daños altamente destructivos, tanto para intimidarse mutuamente como para afectar las capacidades de “imposición de hecho”, que es lo específico en las relaciones políticas entre Israel y Palestina.
Desde luego, los principales actores son Israel y Palestina; sin embargo, varias otras naciones árabes se declararon en contra de los intereses y las políticas israelíes en la región, como ser: Egipto, Túnez, Marruecos, Mauritania, Libia, Líbano, Somalia, Siria, Irán, Irak, Omán, Yemen, y en menor medida, los Emiratos Árabes Unidos, el Reino de Jordania, Arabia Saudita, Kuwait y Bahrain.
Al mismo tiempo, en cada país árabe, especialmente en aquellos de fuerte raigambre musulmana, no existe una homogeneidad completa, sino enfoques diferentes sobre el conflicto y cómo escalarlo en medio de pugnas entre facciones étnico-religiosas que buscan involucrar a más países, sobre todo como consecuencia de la guerra global contra el terrorismo que tuvo lugar luego del ataque a las torres del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001.
Varios grupos terroristas están involucrados en distintas campañas militares – desde Somalia, pasando por Irak hasta llegar a Afganistán – lo cual han complicado demasiado la situación política y diplomática porque Israel se convierte en un país estratégicamente aliado de los Estados Unidos para enfrentar la expansión de redes de comunicación terrorista, venta de armas y amenazas de tráfico de materiales nucleares. Diferentes grupos político-religiosos reivindican la necesidad de una solución para el conflicto Israel-Palestina, reproduciendo lógicas fuertemente instrumentales, ambiguas y destructivas.
Israel y Palestina poseen una visión geopolítica de integridad territorial diametralmente opuesta, en razón de la cual toda tensión tiende a definirse como política del poder; es decir, en términos de imposición de decisiones, ya sea gracias a la superioridad militar, estrategias de contención para el combate de núcleos terroristas, o debido a la utilización de aliados internacionales que, en gran medida, apoyan también dicha política internacional de poder. En el caso de Israel, Estados Unidos constituye su aliado más importante, mientras que Palestina ha estado siempre cerca de Irán y agrupaciones consideradas como “actores no estatales” o identificados como parte del terrorismo fundamentalista. La polarización constante representa el epítome de este juego de suma cero.
La dinámica política como factor de bloqueo
Probablemente, el aspecto más espinoso que bloquea cualquier negociación es aquella angustiante tensión entre la dinámica interna del sistema político en la Autoridad Nacional Palestina y las estrategias para encarar las relaciones con Israel. Este sistema se desarrolla con la participación de organizaciones como los grupos armados denominados Hamás, Yihad Islámica Palestina, Frente Democrático para la Liberación de Palestina, Frente para la Liberación de Palestina, Frente Popular para la Liberación de Palestina y Septiembre Negro; además de mantener relaciones con organizaciones militares como Hezbolá, consideradas terroristas por los Estados Unidos y la Unión Europea, aunque dentro del mundo árabe se autodefinen como organizaciones nacionalistas, revolucionarias e islámicas, con un fuerte activismo en el Líbano e Irán.
Una vez fallecido el histórico líder palestino, Yasser Arafat, el 10 de noviembre de 2004, se organizaron elecciones para el 5 de enero de 2005, siendo elegido presidente Mahmud Abbas del Movimiento Nacional de Liberación de Palestina (Al-Fatah). Posteriormente, el 25 de enero de 2006, las elecciones parlamentarias dieron la victoria al grupo islámico Hamás que obtuvo 74 de los 132 puestos legislativos. El 20 de febrero del mismo año, Ismail Haniyeh fue elegido Primer Ministro del gobierno palestino promovido por el grupo Hamás. Israel reaccionó de manera inmediata afirmando que será imposible negociar nada con una “autoridad terrorista”.
El 12 de septiembre de 2006, Hamás y Al-Fatah llegaron a un acuerdo para lograr un gobierno de unidad, aunque la política interna evita reducir la movilización extremista, especialmente referida a los atentados suicidas perpetrados por jóvenes palestinos en territorio israelí.
Paralelamente, en las elecciones de junio de 2005, la coalición de los partidos Amal-Hezbolá se convirtió en el referente musulmán más importante del Líbano con 35 de los 128 escaños del parlamento libanés en el cual se reservan 64 asientos para cada comunidad (musulmana y cristiana). Las victorias electorales de Hamás y Hezbolá, generaron un claro proceso de radicalización islámica que atraviesa todo el Medio Oriente, cuyo sentido final es la instauración de regímenes teocráticos y antioccidentales donde impere la Sharia o ley inspirada en el Corán, declarándose abiertamente a favor de la destrucción total del Estado israelí. Hamás desconoció los acuerdos de Oslo de 1994 logrados por el extinto Yasser Arafat y hasta hoy día promueve ataques terroristas selectivos en los asentamientos impulsados por Israel en Cisjordania, o lo que los judíos llaman siguiendo el lenguaje bíblico, Judea y Samaria.
La dinámica democrática palestina de un sistema parlamentario, hizo que los grupos armados hagan un uso instrumental de los mecanismos electorales para legitimar acciones de fuerza, reforzando la idea de destruir cualquier ocupación israelí como la única solución para el conflicto étnico-territorial. El apoyo electoral hizo que una parte de la población civil sea arrastrada e involucrada en las campañas paramilitares palestinas, opacando toda alternativa viable tendiente a un acuerdo negociado.
El Estado israelí, por contrapartida, ha demostrado similar comportamiento bélico difundiendo visiones extremistas que colindan con la limpieza étnica en contra de la población palestina, promovidas sobre todo por el ex Ministro de Defensa y Primer Ministro, Ariel Sharon, seguido también por el actual Primer Ministro, Benjamín Netanyahu, cuyas perspectivas rechazaron seguir negociando pacíficamente con las autoridades palestinas en diciembre de 2008. Asimismo, prevalecen las ideologías sionistas que son bastante resistentes a viabilizar opciones negociadas por medio de propuestas no militares.
Asimismo, los principales partidos en Israel tienen una dinámica que tampoco fomenta los acercamientos más flexibles, matizados o con menos confrontación. En general, el multipartidismo estimula la conformación de coaliciones gubernamentales, donde el conflicto internacional con Palestina siempre plantea la continuidad en las políticas de asentamiento, o la negativa respecto a alguna posibilidad de ceder una parte de Jerusalén.
Toda nueva coalición se ve transportada hacia un continuum que recorre entre la seguridad territorial, el rechazo a las negociaciones con Hamás y el control de los espacios aéreos, marítimos y terrestres en la Franja de Gaza y Cisjordania. Cualquier gobierno siempre tendrá que incorporar estas temáticas en la agenda doméstica, junto a la necesidad de compartir el poder con las tendencias de derecha que son bastante preponderantes en Israel, como los partidos Kadima de Ariel Sharon, Likud de Netanyahu, y Shas (Asociación Internacional de los Sefardíes) que obtuvo una importante votación en febrero de 2009. Las demás organizaciones como el Partido Laborista, Israel Beytenu, Unión Nacional, Partido Nacional Religioso, Yahadut Ah-Tora, los socialdemócratas Meretz, la izquierda de Jadash, y los partidos árabe-israelíes Lista Árabe Unida y Marad, tienen posiciones aparentemente menos radicales aunque nadie se arriesgará a cambiar trascendentalmente las prioridades de integridad territorial y superioridad militar, que es la tendencia desde 1967.
El desenvolvimiento interno de los sistemas políticos palestinos e israelíes cuenta con una estructura que se sostiene sobre cinco ejes problemáticos:
a) Redes sociales que reproducen información, nacional e internacionalmente, destinada a los enfrentamientos.
b) Utilización del poder como infraestructuras y recursos materiales a partir de maquinarias militares y la generación sistemática de amenazas.
c) Brazos armados como la primera opción táctica para imponer posiciones.
d) Un sector político que participa activamente dentro de las dinámicas democráticas en sus respectivos territorios para movilizar a la opinión pública, polarizándola.
e) La existencia de una dimensión dicotómica donde las ideologías religiosas y de agresión mutua predominan hasta el exceso, fomentando una lamentable actitud de limpieza étnica y segregación territorial.
El modelo de negociación que se ha impuesto como estrategia en el conflicto Israel-Palestina es aquel basado en las visiones de Carlo von Clausewitz y su Tratado Sobre la Guerra. Predomina el desarme del enemigo que es el propósito de las acciones militares. Esta negociación ha sido y es sumamente riesgosa, ya que conduce a una escalada de posiciones cada vez más polarizadas y de máxima conflictividad. La guerra se convierte en la continuación de la dinámica política, sin el más leve interés para aislar o proteger a las poblaciones civiles inocentes. Las tácticas siempre intentarán doblegar al enemigo para forzar una negociación inclinada hacia la capitulación.
Conclusiones: la posible mediación integrativa de valores humanistas
El papel de las mediaciones internacionales resulta importante en estos procesos, sobre todo para la protección de los intereses humanitarios, en la medida en que la comunidad internacional espera reducir los altos costos en vidas humanas, especialmente para los refugiados palestinos en la Franja de Gaza y Cisjordania. Es casi imposible restablecer el diálogo en torno a la autodeterminación territorial y la soberanía del Estado palestino.
La mediación pro-refugiados podría llevar adelante una negociación integrativa de carácter humanizador con el objetivo de bajar la tensión entre ambas partes y redefinir el problema a través de un intercambio de intereses para ampliar los resultados positivos, sobre la base de los siguientes elementos:
a) No se puede seguir negociando en términos amigo-enemigo, sobre todo para mejorar las condiciones de ciudadanía con derechos mínimos para los refugiados y desplazados de los enfrentamientos militares.
b) El propósito de la mediación integrativa es tomar en cuenta los intereses humanistas para resolver un problema común: evitar el sufrimiento de los refugiados y de las víctimas de atentados terroristas.
c) Asumir que la integración de valores humanitarios para enfrentar el problema de los refugiados, no significa ganar al otro a cualquier precio, sino simplemente cumplir íntegramente los términos de la Convención de Viena y las provisiones humanitarias previstas por las Naciones Unidas.
d) Pensar a largo plazo para integrar los valores humanistas de respeto a los derechos mínimos de los refugiados, tanto desde el punto de vista de los sistemas democráticos de Israel y Palestina, como del involucramiento de las futuras generaciones que deberán tratar de integrar aspectos de reconciliación, progresivamente.
e) Impulsar campañas internacionales para realizar propuestas humanistas, teniendo presente los principios democráticos para proteger los derechos a la supervivencia digna de los refugiados, y el derecho a la paz libre de atentados.
f) Determinar claramente cuáles son los puntos totalmente incompatibles con la integración de aspectos humanistas en el tratamiento práctico de soluciones para mejorar las condiciones de vida de los refugiados en la Franja de Gaza y Cisjordania.
g) Ampliar la participación de organizaciones juveniles humanistas israelíes en el tratamiento de la reconciliación, procurando enriquecer el resultado de campañas democráticas, utilizando criterios objetivos para facilitar la implementación de planes urbanos y suministros a cargo de las Naciones Unidas, e identificando los principales bloqueos durante las negociaciones.
h) Valorar las alternativas que se disponen por fuera de la negociación, fijando prioridades y determinando el valor ético-humanitario en las diferentes formas para optimizar materialmente la situación de los refugiados, así como el mejoramiento de la protección de civiles en riesgo en territorio israelí.
i) Establecer las diferencias de valores ético-humanitarios entre Israel y Palestina que puedan existir para destrabar los obstáculos prácticos en la protección de los refugiados.
Se trata de una orientación en la cual la mediación integrativa de carácter humanitario manifieste deseos de ganancias mutuas y cooperación de alcance medio. Esta orientación hacia el respeto de las aspiraciones humanistas tiene también el propósito de dar importancia a la calidad de la relación entre las partes, conduciendo eventualmente a una modificación de los objetivos particulares y de las respectivas prioridades, para viabilizar el respeto a la vida de ciudadanos inocentes que buscan su integración más democrática en un sistema de derechos fundamentales.
Las razones para un enfoque integrativo de valores humanistas podrían, eventualmente, rescatar una negociación menos polarizada donde se apoyen relaciones de reciprocidad y credibilidad mutua, siempre y cuando haya mejoras efectivas para los refugiados y civiles inocentes. Al disminuir los riesgos de la población civil en Israel y Palestina, se recuperaría mayor estabilidad para restablecer las negociaciones políticas hacia el futuro.
El sociólogo y filósofo alemán Theodor W. Adorno se preguntó alguna vez si el mundo, sobre todo occidental, era capaz de seguir viviendo después de Auschwitz. Sus respuestas fueron una mezcla de incertidumbre, escepticismo y sutil lamento, tanto por medio de su producción teórica en la Escuela de Frankfurt, como a través de sus memorias personales. El Apocalipsis auto-impuesto por la naturaleza humana siempre acechará como un sueño agotador que disuelve los sentidos y las voluntades más firmes, puesto que las amenazas del totalitarismo nunca desaparecen por completo, ni en la política, ni en el pensamiento o en las formas de generar conocimiento.
El conflicto entre Israel y Palestina es un vivo ejemplo de la imposibilidad de vivir juntos después de Auschwitz, aunque lo curioso es que las víctimas judías del Holocausto quedarían impávidas al observar los fuertes paralelismos entre el odio étnico del nazismo y los desastrosos resultados a lo largo de múltiples conflictos árabe-israelíes contemporáneos. La política del poder en las arenas internacionales reactualizan constantemente los temores de Adorno. Si es que se puede vivir después de Auschwitz, es porque todos los esfuerzos se enmarcan solamente dentro de una vida ya deteriorada, o al menos así parece sugerir el Apocalipsis auto-impuesto por Israel y Palestina
Franco Gamboa Rocabado, sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program, fanco.gamboa@aya.yale.edu