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Tiempo de los ciudadanos

Tiempo de los ciudadanos

  ¿Cuáles fueron las fuerzas que desataron la impactante rebelión tunecina, que terminó con los veintidós años  de duro gobierno dictatorial de Ben Alí, despertando la atención –y la sorpresa- de todo el mundo, tanto en el arco musulmán como en Occidente?

¿Quiénes fueron los grupos que condujeron la contundente rebelión en Egipto, que a pesar de ofrendar cientos de muertos no cesó hasta conseguir la renuncia de Hosni Mubarak, jefe indiscutido del país durante treinta años y cuya fortuna, vale recordarlo, es valuada en más de cuarenta mil millones de dólares?

¿Quiénes son los líderes de la persistente lucha en Libia, que ha ofrendado ya más de seiscientos muertos y que se consolida en el reclamo de la renuncia de Muhamar el Kadafi, que lleva ya cuarenta y dos años de ejercicio de un poder absoluto?

 ¿Quiénes son los que impulsan la movilización masiva en Yemen, reclamando la inmediata renuncia de Alí Abdalah Saleh que ha gobernado el país por treinta y dos  años y que, en un intento por controlar la situación, ya ha debido prometer que no sólo no intentará su reelección, sino que renunciará a su intento de promover a su hijo como sucesor?

Desde esta columna solemos diferenciar la dinámica de lo que denominamos “el escenario”, donde actúan quienes figuran en los diarios, mueven los hilos del poder, dirigen las empresas, conducen fuerzas políticas, dirigen gremios u organizaciones marginales, de la conducta de lo que denominamos “la platea”, conformada por millones de personas comunes, alejadas de los marcos corporativos pero que son las que sostienen con su trabajo, esfuerzo, ilusiones, empuje y sueños el funcionamiento del escenario.

En todos los casos mencionados, los actores de los dramas no participaban del minué de la escena. Por el contrario, ciudadanos comunes, cuyos mensajes hemos podido ver a través de los medios que han logrado filtrar la censura, se mostraban tal cuál son: alejados de los fundamentalismos integristas, de las obsesiones ideológicas, de los planteos maximalistas, reclamaban, sencillamente lo que denominaban genéricamente “sus derechos”.

La gran mayoría de estos ciudadanos no tenían la cara tapada, ni elegían la autoinmolación como método de protesta, de connotaciones oscurantistas. Eran –son- principalmente estudiantes, profesionales, desocupados, comerciantes, de ambos sexos, sin discurso religioso, cansados de ser burlados en elecciones fraguadas, en una corrupción sin límites, en una sociedad cerrada que les veda todo horizonte de mejoramiento e integración a la sociedad global, de la que se sienten miembros de pleno derecho.

En repetidas oportunidades hemos insistido en que la característica más importante de la llegada de la sociedad global, en la todos estamos inmersos, es el creciente protagonismo de los ciudadanos comunes pasando por encima de las mediaciones del escenario, políticas, gremiales, religiosas o ideológicas.

 Ellos son los que conmueven los cimientos de las estructuras arcaicas o dictatoriales de esos países. No tiene una relación directa con la situación económica. De hecho, algunos países de los nombrados han protagonizado en los últimos años procesos económicos de crecimiento y de aceptable inclusión social –como Túnez -. Sin embargo, estallan de la misma manera y con la misma contundencia que otros en los que la polarización social y la corrupción ha sido la norma, como Egipto.

Los ciudadanos comunes sienten que ha llegado su hora, y expresan sus reclamos, notificando a las estructuras y a los protagonistas de la escena que ya no internalizan pasivamente las construcciones semánticas, religiosas o ideológicas que les llegan “desde arriba”, sino que han tomado las riendas de sus vidas.

Si el siglo XX fue el “siglo de las masas”, el XXI está presentándose como “el tiempo de los ciudadanos”, favorecidos por la interactividad de las redes sociales, la revolución de las comunicaciones, la democratización de la información, y –por qué no decirlo- por el creciente hiato entre la agenda de las dirigencias y la agenda diaria de las personas comunes.

¿Quién los condujo? Pues... sus conciencias. Por encima del intento siempre preparado de su instrumentación por las corporaciones del escenario, expresan el espíritu de la época, que se identifica con la reivindicación de su derecho a planificar y ejecutar sus vidas sin interferencias del poder, ni económico, ni político, ni religioso.

Las contundentes rebeliones ciudadanas, además, han dejado callados a los profetas del terrorismo y la intolerancia. Cualquiera sea el derrotero que tomen los próximos gobiernos de la región, sin dudas tendrán como característica menos corrupción, menos autoritarismo, menos manipulación seudoideológica o religiosa, menos fanatismo nacionalista.

Y eso será a la postre positivo para el mundo, incluso para quienes vivimos geográficamente alejados pero también tenemos nuestros aspirantes a la reelección eterna, al poder sin límites, a la burla de los derechos de las personas, a la corrupción ramplona, y a la práctica constante de fundamentar las medidas del poder en relatos “ad-hoc”, cuya falsedad es conocida por quienes los recitan con hipocresía, pero –y esa es la novedad- también es percibida en tiempo real por los ciudadanos que los escuchan.

Entre nosotros hemos tenido anticipos de estos tiempos. Por diferentes situaciones, lo vimos en el 2001 y lo vimos en el 2008. En ambos casos, miles de ciudadanos no se sintieron representados por los actores políticos y corporativos, y actuaron en forma espontánea contra lo que consideraron una agresión a sus derechos.

Pero también lo vemos insinuarse en estos días, cuando en pleno año de definiciones, la mayoría de las “conducciones” giran alrededor de su ombligo en lugar de hacerse cargo de los dramáticos problemas de inseguridad, inflación, deterioro educativo, falta de horizontes individuales y deterioro creciente de la infraestructura pública que provoca decenas de muertos por mes por crímenes atroces o accidentes evitables, deficiencia en la atención de salud, remedios falsificados, corrupción apabullante, en síntesis, por desinterés de los gestores públicos en la agenda de los ciudadanos.

 Los acontecimientos del mundo musulmán son para los argentinos un alerta. La “escena” debe representar los problemas de la “platea”, que paga la entrada y espera verse reflejada en la obra, a través de cada protagonista, de su relato, de su emoción y sus vivencias. Caso contrario, crecerá el abismo entre la platea y el escenario, poniéndonos nuevamente en riesgo de conmociones que sabemos cuando empiezan, pero no cómo o cuándo terminan.

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