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Mª. Pilar Queralt del Hierro, historiadora y escritora

“A veces el mito es aún peor que el olvido”

“A veces el mito es aún peor que el olvido”

Colapso de emociones e intenciones en pos de un destino que dirime, entre otros aspectos, voluntad y deber. Bajo este precepto, Las damas del Rey (Roca Editorial) supone una travesía desde finales del siglo XV a la segunda década del XVI, etapa clave en esa edificación de la Europa moderna, tránsito entre lo medieval y lo renacentista, desde la íntima perspectiva de las hijas de los Reyes Católicos y de su nieta Leonor. Su autora, la historiadora María Pilar Queralt del Hierro, viene preocupándose desde hace algunos años por el papel de la mujer en nuestra historia.   La historiografía tradicional no ha sido demasiado considerada con la figura femenina… No, desde luego. Salvo contadas excepciones, la mujer es la gran olvidada de la historia. Lo más lamentable es pensar que eso es consecuencia del escaso protagonismo que tuvo en tiempos pretéritos…   Mujeres veladas tras los mitos, como Catalina de Aragón o Juana la Loca…  Eso es lo malo. A veces el mito es aún peor que el olvido porque da una visión totalmente distorsionada de la realidad. Por ejemplo, Juana la Loca ha pasado a la historia como la víctima de la ambición y el desamor de su marido. Nadie duda que haya algo de verdad en eso, pero lo cierto es que ya de niña dio muestras de una cierta fragilidad psíquica, por lo que su locura —pese a lo que contara CIFESA— no fue “de amor”. Además, ¿se imagina lo que debió pasar Felipe el Hermoso al convivir con una mujer víctima de una celotipia absolutamente enfermiza?   O mujeres como Isabel y María, hijas también de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, ensombrecidas por Manuel I el Afortunado, rey de Portugal y esposo de ambas… El caso de Isabel y María es muy diferente del de sus hermanas Juana o Catalina. Ésas sí que son dos absolutas desconocidas pese a ser hijas también de los Reyes Católicos y haber ocupado sucesivamente el trono de Portugal. La verdad es que durante el período de documentación de la novela me sorprendió comprobar la escasez de testimonios históricos sobre ambas. Precisamente fue esta cuestión la que me llevó a dar un giro totalmente distinto a mi proyecto. A raíz de mi “trilogía portuguesa” –Inés de Castro, Leonor y La rosa de Coimbra—, y para continuar buceando en la fascinante historia lusa, decidí escribir sobre el personaje de Manuel I el Afortunado. Sin embargo, no pude resistirme al ver el interesante plantel femenino de que se rodeó y, fiel a mi costumbre, opté por seguir haciendo de las mujeres las protagonistas de mis obras.   ¿Cómo se novela casi un siglo de historia en poco más de 250 páginas? ¡Complicándose terriblemente la vida! Hace falta llevar a cabo una enorme labor de síntesis. Las cartas, en este sentido, son un vehículo idóneo. Las cuatro hermanas intercambian opiniones, intereses, preocupaciones o puntos de vista sobre el mundo que las rodea. Así, poco a poco, va desfilando ante el lector la Europa del Renacimiento. Pero lo hacen de forma coloquial, un poco como usted y yo podríamos comentar ahora el pacto por el euro o la presencia de Obama en la Casa Blanca. Fue difícil, no se lo niego, pero era cuestión de meterse en la piel de las protagonistas e imaginar cómo vivieron tanto sus circunstancias personales y familiares como el cambio político y de mentalidad que supuso la Era de los Descubrimientos.   Las damas del Rey considera situaciones personales aunque con repercusiones colectivas… A menudo olvidamos que la historia la escribimos los seres humanos. Cualquier acción, cualquier determinación personal, máxime en personajes que se movieron en las élites del poder, tenía que tener a la fuerza una enorme repercusión social. Fíjese, por ejemplo, cómo planificaron los Reyes Católicos los matrimonios de sus hijas: anteponiendo su condición de gobernantes a su preocupación de padres.   Las cartas, eje narrativo de la novela, aportan una caracterización inmediata de los personajes. ¿Cómo se documentó para configurar las distintas voces epistolares? Leí todo lo que pude sobre cada una de mis protagonistas, buceé en archivos e incluso conseguí leer alguna carta manuscrita de María y de Catalina. Luego entró en juego la literatura y, a la hora de escribir, intenté “vestir” la piel de cada una de ellas para vivir el relato desde su perspectiva.   ¿Cómo manipuló ese binomio realidad-ficción, tan criticado en muchas novelas históricas actuales? En el caso de Las damas del rey fue muy sencillo. Me serví de una serie de personajes secundarios totalmente ficticios y dejé el protagonismo para quienes ya lo ostentaron en la sociedad de su tiempo… De todas formas ese binomio historia-ficción que tanto se cuestiona viene dado fundamentalmente porque se etiquetan como “novela histórica” narraciones que muchas veces son thrillers ambientados en otras épocas o simples elucubraciones  esotéricas. La novela histórica debe venir precedida por una rigurosa documentación y no traicionar nunca la verdad historiográfica, pero ante todo es una novela, por tanto el prurito del historiador no debe nunca convertirse en un corsé tan rígido que impida al relato respirar con comodidad. Es, pues, una cuestión de equilibro, de saber mezclar los ingredientes para que el lector disfrute y, al mismo tiempo, aprenda.
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