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Cerdeña, paraíso en peligro

Cerdeña, paraíso en peligro

Es tres veces y media el País Vasco, pero con bastantes menos habitantes y menor renta per capita. Hablo de Cerdeña, la isla llena de calas envidiables y aún con poca infraestructura turística. Claro que en este mundo de contrastes, una noche en la suite más exclusiva de la Costa Esmeralda puede costar 30.000 euros.
Han leído bien: una sola noche. Es en esa zona de yates lujosos del noreste insular donde veranea el inevitable Silvio Berlusconi y donde acaban de pasar unos días estrellas de Hollywood, como Tom Cruise o Denzel Washington.

Poco tiene que ver esa Cerdeña exquisita con el Nuoro montañoso interior, donde nació y escribió la premio Nobel de 1926 Grazia Deledda. Y es que todavía hoy, beneficiada por la participación de Italia en la UE, Cerdeña tiene mejores yates que carreteras, en las que los sardos conducen con la misma peligrosa ferocidad que les hizo famosos en la Primera Guerra Mundial, en aquellos cuerpo a cuerpo, faca en ristre, donde murieron en mayor proporción que el resto de italianos.

Turismo masificado sólo se produce en Alguer, donde su dialecto catalán, escasísimamente estudiado en la escuela, es defendido con denodados esfuerzos por el Omnium Cultural de la Generalitat. Y es que, otra paradoja más, Cerdeña ha sido más tiempo parte de los reinos de Aragón y de España que lo que ha vivido bajo la casa de Saboya, primero, y del Estado italiano después de su creación por Garibaldi. Aun así, y de la pervivencia de una lengua sarda ya unificada, las veleidades secesionistas son todo lo más un recuerdo romántico de ya hace un siglo.

El problema, hoy, es hacia dónde orientar el desarrollo insular. Preservar el entorno y defender la belleza privilegiada de sus costas no beneficia a los nativos que, todo lo más, ocupan puestos subalternos en el sector terciario mientras el dinero se lo llevan las multinacionales hoteleras.

Por eso hay quien quiere emular el modelo turístico español, de carácter extensivo, que ha convertido a muchos agricultores en ricos propietarios de solares en la costa y creado una burguesía que envidian muchos sardos. Si no, puede suceder como en Carbonia, la ciudad creada en 1937 por Mussolini para albergar a los trabajadores de las decenas de minas hoy espectralmente abandonadas, magníficos escenarios para películas de misterio, intriga o terror. “Son los primeros españoles que veo”, nos dijo la empleada de la oficina de turismo local.
En esa duda entre preservar un pasado apacible o hipotecarlo a un desarrollo galopante, se debate la bella Cerdeña de hoy. 
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