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Las bolsas tiemblan. Y de esto, ¿qué piensan los partidos?

Aparecen en los informativos noticias sueltas que, en un primer momento,  te llaman la atención y, más tarde, cuando piensas en serio sobre su contenido, te preocupas. No sabes mucho sobre esa materia, pero el sentido común te indica que el anuncio de subidas cercanas al 20% en el pan, la leche y los huevos debe ser motivo de preocupación para el ciudadano de a píe y para los partidos políticos de uno u otro signo. Por mucho que expliquen que estos fortísimos incrementos se deben a que los cereales o la caña de azúcar dan de comer, además de a los humanos,  a los automóviles movidos por bioetanol, no terminas de entender cómo vas a llegar a fin de mes si todo crece menos el salario. Dentro de poco, costará igual un litro de gasóleo que otro de leche y nosotros con estos pelos.

La bolsa de la compra se tambalea porque su centro de gravedad ha variado como consecuencia lógica del mantenimiento del presupuesto de compra y del subidón de algunos productos de primera necesidad que suelen llenar la cesta. El mes de julio, con la bajada del IPC gracias al período de rebajas, nos ofrece un respiro. Si esta bolsa está mal, qué decir de las caídas de la otras bolsas, las de Madrid, Milán, Londres, París, Nueva York. Reconociendo de nuevo ser un analfabeto  en cuestiones bursátiles, el hecho de leer las causas del batacazo y enterarme de que todo tiene que ver con la quiebra de empresas que daban dinero para la compra de vivienda por parte de ciudadanos de riesgo, es decir, aquellos que, por no tener, no disponen ni de un contrato precario y se encuentran en el limbo de los que se buscan la vida día  a día. Es decir, a los del negocio hipotecario de riesgo les ha saltado la burbuja inmobiliaria, pero en la cara de los demás. 

Cuando el precio del dinero estaba por los suelos y el de los pisos, acariciando el cielo —mientras los chicos y chicas del bipartidismo PP-PSOE se echaban en cara todos los males del sector de la vivienda y se apuntaban, cada uno por su lado, los logros—,  los bancos y demás entidades crediticias se ponían las botas firmando hipotecas. En su  momento, después de echar sus cuentas y dejar un apartado del salario para cada una de las necesidades, todo estaba ajustado a sus ingresos. Ahora que las cosas no van tan bien para aquellos que sufren porque la paga ya no da para más, los que dieron créditos a intereses descomunales temen que los impagados se incrementen día a día y que su liquidez financiera alcance la altura del betún. Por eso, los bancos centrales de la UE y de EEUU han inyectado dinero fresco, y a buen precio, en sus sistemas bancarios.

Si siguen subiendo los precios, aunque sea lentamente, y los salarios se mantienen como están, los ciudadanos tendrán pocas posibilidades de hacer frente a sus compromisos. Su única obsesión tendrá nombre de barco de aristócrata: Mibor. Y su única esperanza no estará en la bolsa que se derrumba cuando el negocio ya no da más de sí sino en sus gobernantes, que, aunque hasta la fecha no han hablado de este tema, quizá porque es período inhábil, seguro que lo harán sin demorarse mucho porque, si no podemos parar las subidas, sí es posible, desde la política, inyectar, como hacen los bancos con los suyos, fondos en el Salario Mínimo Interprofesional y atar más en corto, a través de otra fiscalidad más sensible con los débiles y menos laxa con los fuertes, a los empresarios que se forran en dos días sin dar tiempo a nada más que al enriquecimiento al precio que sea.

Si la leche costará igual que el combustible para el coche y los bancos enloquecen porque las deudas de sus clientes les afectan, no quedará más remedio que quejarse y exigir a nuestros representantes en las instituciones que, además de discutir hasta pelearse por el sexo de los ángeles,  podrían ofrecer su visión de estas cuestiones y sus propuestas de futuro. Los demás, los espectadores —más o menos pasivos— podríamos aprender y tomar nota de cara  a los comicios de 2008. Comprobaremos si tienen visión de futuro o sólo soluciones-parche para cada uno de los asuntos ciudadanos.
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