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Ay, Paco, lo que te pierdes...

Ay, Paco, lo que te pierdes...

Las noticias, aunque las esperes, te golpean cuando llegan. Como la muerte de Paco Umbral. No puedo presumir de estar entre sus amigos, pero sí entre sus lectores y entre quienes degustaban sus crónicas coloristas –que la crónica, con coña y algo de mala uva, es patrimonio de los elegidos, y Paco era, no exagero, el Larra de nuestros tiempos, aunque un pelo más egocéntrico, con mirada unos gramos menos desesperada--. Los periodistas sabemos dónde residen los escasos tesoros que puedes encontrar en el negro sobre blanco que enriquece el papel que manchan las rotativas: Paco Umbral era uno de esos tesoros.

 Siempre me ha parecido que hay que divorciar al autor de su obra, un centenar de libros y qué se yo, ¿un millón? de crónicas. Aunque quienes rozan la genialidad suelen poner también, lo digo invirtiendo los términos de Oscar Wilde, talento en su vida. Desde la distancia, me permito decir que Paco Umbral no era un tipo fácil y, desde luego, ni era un cualquiera ni era vulgar. Te entraba por el ojo derecho o no te entraba. Pero, te gustase o no, representó, durante bastante tiempo, la conciencia intelectual en un mundo yermo de intelectuales, romo de pensamiento crítico. Bueno, allá estaba Paco, cubriendo ese hueco dignamente, desde su atalaya altanera y con bufanda.

 Y lo que te pierdes, Paco. Estamos en un país en cambio, o sea. Joder, las crónicas que te quedarían por escribir, acá, donde pacemos aún los mortales, aunque algunos se crean, qué bobada verdad, inmortales. 
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