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El ciudadano desconcertado

El ciudadano desconcertado

sábado 10 de diciembre de 2011, 08:09h
Grandes y complicadas "cumbres", económicas y políticas, que se hacen y deshacen. Organismos internacionales impotentes, gobiernos que caen o cambian de color, comisiones de expertos que se entretienen haciendo informes, agencias de valoración que barren para casa, bancos descapitalizados, cajas que se bancarizan, funden o confunden, bolsas que bailan la yenka, capitales que huyen en busca de refugio, empresas que cambian de país en pos de menores costos, empresarios que se pasan a la economía sumergida para sobrevivir, trabajadores que quedan en paro, familias que sufren. Este es el panorama.

Y el ciudadano, desconcertado e indefenso. Un día le dicen que gastar es contribuir al desarrollo, otro día que debe ahorrar por patriotismo, después que compre para evitar que cierren industrias y comercios. Y todo esto se incentiva o se ha incentivado. Y cuando están incentivadas una cosa y la contraria, resulta que la culpa es de la deuda de todos: estado, autonomías, diputaciones, ayuntamientos, empresas públicas, organismos de servicios públicos y privados, gente que vive por sobre de sus posibilidades...Un galimatías de endeudamiento y de endeudados.

La culpa es de la economía del despilfarro en que todos nos hemos instalado. Del estado que construye aeropuertos, ferrocarriles y autopistas donde no hay gente. De las autonomías que se han creído y montado como miniestados. De ayuntamientos y diputaciones que levantan polideportivos y auditorios a mansalva o para ganar votos. De los nuevos ricos que lucen mansiones y coches para colmar su vanidades o competir con el vecino. La economía del derroche...

Pero, más allá de esta feria de despropósitos y vanidades, el peor despilfarro no está tanto en los servicios públicos prestados a los ciudadanos, que también por sus abusos, como en sus grandes y caras estructuras, materiales y administrativas, engrosadas artificialmente, por razones políticas y de amiguismo, y no por gestiones de rentabilidad. Es aquí donde las tijeras deben recortar con criterios de racionalidad. Hacer más y mejor, con menor coste.

Esto no se resuelve en las espectaculares "cumbres", políticas y económicas, cuya frecuente grandilocuencia e ineficacia, tienen desconcertados a los ciudadanos, sino en la aplicación diaria de criterios de rigor y productividad en las inversiones y en la gestión de los asuntos internos de cada país. Los grandes milagros, con frecuencia, están en las pequeñas cosas. Que son las que entiende el ciudadano. Lo otro le suena de divertimento
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