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El terrible silencio de este verano

El terrible silencio de este verano

miércoles 15 de agosto de 2012, 12:34h
Los periodistas nos conformamos ya con poca cosa: sale Rajoy de su despacho con el Rey en Marivent y nos maravillamos por el hecho de que va a hacer declaraciones y conceder ¡cuatro preguntas, cuatro! a los periodistas que le esperan en la puerta. Es tan denso el silencio político de este verano, en el que parece que solamente hablan los de Bildu, el alcalde de Marinaleda o el crepitar de las llamas, que se agradece cualquier migaja ante los micrófonos, aunque sea para decir casi nada o bastante poco. Casi ya no importa: lo esencial es saber, que alguien nos ilumine en este país nuestro en el que el debate político es siempre de sal gorda, coyuntural y no de fondo, cuando hay tanto que reformar en profundidad.

Espero que el inteligente lector no piense que el párrafo anterior es simplemente una crítica a la escasa disposición verbal de Rajoy, que este martes en Marivent incluso -mirabile dictu- se detuvo en corrillo informal con los informadores. Breve, pero algo es algo; quizá es que sus asesores estén convenciendo al presidente de que su habitual hermetismo le resulta gravemente perjudicial. Pero no; mi crítica se extiende a toda una clase política, la actual y la pasada, encerrada en un mutismo pertinaz, cauto --¿cobarde?--, precisamente con la que nos está cayendo encima. Y es ahora cuando la experiencia acumulada por ex presidentes del Ejecutivo, ex ministros, ex presidentes de instituciones, miembros actuales del Gobierno, etc., nos resultaría de enorme utilidad.

He dicho alguna vez que todos los talentos convendrían ahora para potenciar, aunados, la 'marca España'. Sin partidismos, sin egoísmos --¿será eso posible?--. Digo lo mismo en lo que sería un debate enriquecedor sobre cuestiones de fondo que conviene reformar, repensar y, luego, retocar. Hablo, claro está, de la Constitución, que necesita cambios ya sugeridos hace años por el Consejo de Estado, en un dictamen al que nadie, ni quien lo encargó, le hizo el menor caso. Hablo de la normativa electoral, del adelgazamiento del Estado -sin tocar, ojo, más que en lo realmente imprescindible el estado de bienestar--, hablo del papel de los sindicatos y de la patronal, hablo de cómo potenciar la presencia de la sociedad civil, de cómo plantearnos Europa...¿Dónde están todos aquellos responsables de la economía, de las carteras de Trabajo, de Interior, de Exteriores (por cierto, Moratinos, rara avis, es la excepción que confirma la regla, con un interesante artículo publicado hace dos días reclamando más política y menos disquisiciones sobre ortodoxia económica)?.

Ya sé que la autocrítica es dura y que en nuestra España sigue vigente el cazurro lema de que somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios, pero a mí al menos me resulta preocupante que el alto cargo que deja de serlo actúe como si jamás hubiese desempeñado, bien o mal, una responsabilidad. Necesitamos saber qué tienen que aportar Solbes, Elena Salgado, Solchaga, Rato, por muchos errores que hayan cometido en el pasado -de los errores se aprende--, a este caminar a ciegas en el que nos encontramos. Y no digamos ya Felipe González, Aznar o Zapatero, cuya única incursión en un debate tras su paso por La Moncloa fue un inexplicable cara a cara con un obispo en Avila. ¿Es que los anteriores responsables de la marcha de las autonomías nada tienen que decir sobre lo que está pasando?¿Acaso otros que fueron presidentes del Consejo del Poder Judicial y del Supremo estaban obligados a guardar silencio sobre el 'caso Dívar', por poner apenas otro ejemplo?

Creo que un país políticamente sano es aquel en el que la opinión pública, la ciudadanía, recibe cada día reflexiones -digo reflexiones-complementarias, o contrapuestas, de todos aquellos que tienen algo que decir, porque en su día tuvieron -o tienen-- algo que hacer en la cosa pública. Y, claro está, en sentido contrario, algo anda políticamente enfermo cuando toda una clase política, en diferentes estamentos, capas y épocas, se encierra en un silencio huraño, temeroso de las consecuencias de airear palabras, esas palabras, ya digo, más allá de la constante invectiva puntual, que el contribuyente/elector espera. Que algunos ni siquiera se tomen la molestia de justificar una gestión que posteriormente se ha revelado negativa, o polémica, indica el grado de desdén de estos personajes hacia aquellos a quienes antes representaron, hacia quienes antes les pagaron y, en su caso, les eligieron, es decir, el conjunto de los españoles 'de la calle'.

Como si el servicio público no fuese algo que dura toda una vida. Estamos huérfanos de palabras. De unas palabras -reflexiones, repito--  a las que el ciudadano tiene derecho, aunque el alto cargo ya no lo sea y se esconda tras eso tan socorrido que se llama 'vida privada', que es algo que priva a nuestras vidas de unas experiencias que habíamos comprado y hemos contribuido a ampliar.
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>> Lea el blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'>>    
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