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El fanático beligerante

lunes 24 de agosto de 2015, 19:17h
Frente a la racionalidad de las instituciones políticas, el romanticismo decimonónico quiso potenciar el sentimentalismo de las tradiciones locales como basamento de unas hipotéticas naciones que nunca existieron históricamente. Así nacieron los llamados nacionalismos etno-culturales, aceptados con simpatía como tendencias conservadoras de lenguas sin posibilidades de expansión, folklores diferenciales, singularidades jurídicas y aportaciones literarias de estética propia. Sobre esta variedad de factores nunca se pudo construir una comunidad política nacional porque una nación cívica es, precisamente, el sistema que permite la libre coexistencia de estos ingredientes dentro de un marco legal que garantiza el pluralismo.

En este contexto, algunos políticos con síntomas de megalomanía o avidez de poder directo, ensayaron, sin éxito durante más de un siglo, nacionalizar a las poblaciones de determinados territorios por procedimientos propagandísticos y contactos de cercanía que, en ningún caso, lograron provocar movimientos insurreccionales y violentos que acompañan a las revoluciones sociales o a las auténticas guerras de independencia. Pero lograron el perfil de partidos políticos singulares, establecidos sobre las tensiones centro-periferia o las controversias entre los “de aquí” y los “de allá”, suficientes para dar un cierto protagonismo local a un subtipo de políticos precarios y carentes de sentido del Estado que, en algunos casos, gestionaron con eficacia labores de autogobierno, dentro de las competencias que, en ellos, delegó el poder soberano propiamente dicho.

El sentido de la historia no ayudó a los delirios nacionalistas porque el mundo, universalmente, se hizo cada vez más cosmopolita, más supranacional y más mestizo. Ninguna presión lingüística consiguió que las poblaciones dejasen de entenderse como bilingües, ningún racismo pudo evitar los movimientos migratorios y los enlaces sentimentales del personal establecido en un territorio y ninguna peculiaridad dejó de ser diluida por el influjo de los medios de comunicación y la internacionalización de las costumbres y las ideas. Hoy, el carácter etnocultural carece de fuerza suficiente para inspirar subversiones radicales y solo sirve para hacer humor a la manera de “Ocho apellidos vascos”. Los partidos nacionalistas pasaron de ser unas formaciones potentes en las elecciones locales a complementos colaterales en las elecciones generales. Después de cuarenta años de coacciones y propaganda, los nacionalismos a presión han fracasado en Cataluña como en todas partes. No se hacen naciones con recetas de laboratorio.

Los nacionalismos habían convertido en metraas mitológicas sus aspiraciones de totalidad y pasaron a utilizar sus recursos sentimentales en sus zonas de influencia para sobrevivir como enlaces entre la administración local y la administración general, actuando como un puente típico del territorio. Solamente la demencia de algunos políticos sin extremismo épico llevó a algunos a inventar pronunciarse teóricamente en favor del independentismo tratando de aprovechar momentos de crisis o debilidad del Estado del que forman parte más que apoyados en una marea popular, siguiendo el camino delictivo de la sedición o la traición alevosa y utilizando las facultades delegadas del Estado para atacarlo desde dentro. Aun así, estos procedimientos torticeros no dieron resultado y los episodios de proclamaciones segregacionistas en momentos de crisis sociales, guerras civiles o cambios políticos fueron episodios de comedia más que dramas históricos.

El último personaje de la saga de independentistas con despacho oficial resultó ser el aún presidente Artur Mas que, según parece, creyó que el desapego o malestar con la política general provocado por la recesión y consecuente crisis socioeconómica le permitía abusar impunemente de sus funciones de representación del Estado para romper dicho Estado, con el que se había comprometido a colaborar desde sus competencias de autogobierno. La disminución de sus votantes, la ruptura de su coalición de gobierno y el descrédito de su ambigüedad le ha llevado a situarse, cual lo vemos hoy, como dependiente de un colectivo de lista única de confusos y contradictorios componentes, encabezados por el comunista Raül Romeva y emparejado con un Oriol Junqueras más alejado de la corrupción y de las cortesías convencionales del cargo oficial. El número cuatro de la oferta Romeva es un Artur Mas presidenciable “sub conditione” si está dispuesto a prometer traicioneramente las formalidades de su cargo –si la famosa lista Romeva triunfase- para después promover la independencia unilateral sin otra base legal que la otorgada por sus relativamente amigos o colegas del “Junts pel sí”. Pero el personaje más significativo de esta locura es el arbitral Raül Romeva, cuya reputación parece emanar del patio de recreo de un psiquiátrico antes que de la política práctica. Un cabeza de lista sin cabeza.

Los antecedentes de la reputación de Romeva son elevar a nivel europeo las faltas contra el futbolista argentino Messi como agresiones contra Cataluña y el control a ojo de sobrevuelos aéreos rutinarios como amenazas estratégicas. Este biotipo parapolítico lidera el revoltijo del todos “Junts pel sí”, pero separados para todo lo demás. Lleva en la lista acompañantes, como la actriz Montserrat Carulla que, víctima del desfase y la incultura contemporánea que caracteriza a los localismos nacionalistas, siguen creyendo que los recursos humanos no se movilizan por condiciones laborales, de seguridad o de nivel de vida sino por tendencias etnoculturales exclusivas como en unos “jocs florals”. El tal Raül Romeva ha expresado la más extravagante profecía que cabe imaginar: “una respuesta beligerante de España si gana el no a la independencia” no cabe mayor muestra de fanatismo. Resulta que “si gana el no a la independencia”, lo que solo mentarlo como hipótesis de trabajo supone la inseguridad de su posición, la “beligerante” sería España y no los votantes de Cataluña, de otros partidos más realistas o de los que se abstengan de seguir las consignas del amasijo de “Junts pel sí”.

“Junts pel si” no pone límite mínimo a su delirio, ni con un voto más del cincuenta por cien del censo de Cataluña. Tampoco con la mitad más uno de una asamblea parlamentaria de la que solo formarían parte legal, si acatan la Constitución y el Estatuto, en virtud de los cuales han sido elegidos. Basta con que sean una minoría de compadres para que se crean con derecho a decidir en nombre de un pueblo al que dicen representar muy parcialmente y sin delegación expresa. Ellos serían los únicos beligerantes contra todos. Contra el parlamento de España y la Asamblea de Cataluña, contra los otros partidos catalanes, contra todo lo que se oponga a su delirio en Europa o en el mundo. Nadie les habrá declarado la guerra. El “beligerante” lo es desde sí mismo, desde el todo o la nada de su obsesión. Un fanático encabezando un comité donde los nombres son “irrelevantes” y que se ajustarán, en su día, a lo que resulte de un plan interpretado a su antojo, con sus “comarcas anexionables” y demás sueños fuera de todo control legal. Esta es la propuesta de uno “que voló sobre el nido del cuco”. Un fanático fuera de cálculo y el cuco Artur Mas agazapado como número cuatro bajo sus alas. La “respuesta beligerante” son todos los demás seres humanos que no comulgan con Raúl Romeva, sea por el motivo que sea. Una oferta contradictoria con el sentido común de los catalanes: votar al fanático y ya veremos lo que pasa después.
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