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El peligro de los ídolos de barro

lunes 07 de septiembre de 2015, 08:26h
El mal endémico que padece la mayoría de la clase política es que creen estar en posesión de la verdad más absoluta. Como si la razón, la certeza y la responsabilidad en las cosas fuese patrimonio de ellos. Considero, por tanto, que para ser político hay que tener esa desfachatez y engreimiento propio que te hace suponer que estás por encima del bien y del mal, que la razón te asiste en virtud de tu cargo, y no por una lógica aplastante. Y lo hago desde la premisa que aborda la actualidad, con opiniones que pretender sentar cátedra y respuestas tan absurdas que quieren pasar por buenas.

La política debe o debería entenderse, siempre, desde una perspectiva de servicio a la comunidad. Pero sucede con harta frecuencia, que la política se convierte en una herramienta para ejercer poder frente a nuestros semejantes, sin importar la resolución de los conflictos o el bienestar que debemos garantizar a los miembros de esa comunidad.

Los individuos que forman parte de la política, bien como líderes de un grupo o como representantes directos de los ciudadanos, tienen la responsabilidad de gestionar, en nombre de estos, los recursos comunitarios de una forma adecuada, sostenible y responsable. Pero sucede muy a menudo, que los responsables políticos se olvidan de que son ídolos de barro, tan efímeros y vulnerables como las hojas de los árboles, que resplandecen y brillan el tiempo justo que dura el estío.

La convivencia pacífica entre las distintas regiones de España es algo que data de antiguo, casi tanto como la propia historia que nos acoge a todos como Nación. Pero la convivencia, a veces, puede tornarse conflictiva, si quien ejerce el poder la usa para agitar las masas y crear malestar entre unos y otros. Son esos políticos engreídos e irresponsables los que hacen bandera y causa de una verdad tan relativa como su propia existencia. Los ídolos de barro que utilizan la mediocridad intelectual de las masas, para usarlos como lanzadera de su esperpento. Tras leer y releer muchas de las proclamas y artículos de Artur Mas, llego a la conclusión de que no se trata de un líder nacionalista, sino de un ídolo de barro modelado por unos desaprensivos por cuyas manos circula el odio. Un ídolo que conoce su propia condición de vulnerabilidad y no la acepta. Y que enarbola pensamientos ajenos para llevar al caos a sus propios paisanos, sin detenerse a pensar o a sopesar las consecuencias que sus decisiones puedan tener.

Artur Mas no es nacionalista porque no gobierna para todos los catalanes, no tiene sentimiento de nación en su ideario, si es que alguna vez lo tuvo, y pretender erigirse en paladín de causas perdidas que nadie le ha pedido acometer. Antes, durante y después de Artur Mas seguirá existiendo Cataluña. Y lo hará como lo ha hecho siempre, como lo hacen todas las regiones de España, sea cual sea su identidad o reconocimiento constitucional. Y será así, porque por encima, y no debajo, de Artur Mas, están los catalanes. Pero no los catalanes identitarios, de nuevo cuño, que se auto excluyen de los demás, si no lo ciudadanos de cualquier raza, credo y condición que habitan en Cataluña, ya sean de Extremadura, Galicia o la Conchinchina.

Artur Mas se ha sacado de la manga un conflicto que no existe, unas reivindicaciones que no son tales, una crisis que no es ajena al resto del estado, y un sentimiento patriótico trasnochado y fuera de lugar en el contexto de la Unión Europea. Y lo ha hecho para tener a la opinión pública ocupada en asuntos mayores mientras la corrupción llama a su puerta, mientras la justicia le pisa los talones y el cerco a su locura se hace más patente. Artur Mas quiere servir en bandeja a los intereses de unos pocos, una Cataluña que no le pertenece. Quiere destruir la convivencia pacífica entre ciudadanos y llevar a una guerra civil unilateral, si es que eso es posible, a todos los que ha logrado remover en sus conciencias, a todos aquellos a los que ha prometido una quimera, ha sabiendas de que es algo imposible. Y lo quiere hacer desde el odio, desde el enfrentamiento entre los que piensan a favor y en contra, levantando unos idearios tan falsos como su pretendido nacionalismo. Ese nacionalismo que tienen los que esconden sus dineros en paraísos fiscales, ese nacionalismo de papel mojado que tiene los poderosos.

Un nacionalismo que exhibirá en cualquier lugar paradisiaco, a partir del día 27, mientras los que han enarbolado su quimera comprobarán el efecto y el peligro de sostener ídolos de barro.

Ismael Álvarez de Toledo
periodista y escritor
http://www.ismaelalvarezdetoledo.com
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