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Sin sorpresas en las urnas

lunes 14 de diciembre de 2015, 09:44h
Hasta el día en que se han podido publicar encuestas y hasta después de los debates pretenciosamente “decisivos”, los artistas del pronóstico han jugado con las ilusiones de los candidatos y con las dudas de los electores. Aquella encuesta del CIS, realizada con entrevistas directas, semanas antes de la fase de los debates en la “tele”, adelantaba, poco más o menos, lo mismo que las realizadas, con menores medios, después: que no se produciría un tsunami que barriese el bipartidismo ni un huracán que barriese la Transición para embarcarnos en una loca carrera de revisión constitucional. El nuevo bipartidismo que se expresa en estas elecciones consiste en elegir entre dejar al PP en la Moncloa, con alguna ayuda o acuerdo con otro ingrediente o sustituirlo por un plato combinado de ingredientes contradictorios. Esas son las dos opciones: o las tomas o las dejas. Lo demás es espuma volátil.

Hay algunas oportunidades para estas nuevas agrupaciones personalistas con vocación de recogepelotas, dedicadas a recoger las pelotas fallidas de las malas partidas de los partidos clásicos. Basta una mirada a los gráficos de colores para ver como las minorías testimoniales siguen ocupando sus pequeños espacios en la cola de siempre y “Ciudadanos” y “Podemos” ocupan los espacios perdidos en la estimación pública por PP y PSOE. Ni nuevos votantes, ni nueva era, ni cambio en las estructuras políticas. Los electores saben que se elige un gobierno y que esto no es un concurso de partidos. A los “chicos” emergentes se les vota para negociar y no para gobernar ni para tomar “por asalto” las instituciones. Los “chicos” lo han detectado y se han acoplado a ese papel, suavizando sus asperezas y disimulando sus excesos infantiles. Los nuevos votantes jóvenes son, como siempre fueron las generaciones entrantes, dados a las novedades por el hecho de ser distintas, más críticos con los mayores, más irreverentes con el pasado y más aventureros cara al futuro. La gente madura es más cauta y apegada al refrán de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. Por razones de un declive biológico nada deseable, son menos los inmaduros y más los maduros a la hora del escrutinio de las urnas. Así que los gurús de la nueva era no deben de hacerse demasiadas ilusiones basadas en el mito del cambio generacional.

Lo que es un hecho constatable es la grave pérdida de protagonismo del PSOE actual como bandera de una izquierda posibilista para sus tradicionales votantes. Tanto “Ciudadanos” como “Podemos” han soñado con devorar al PSOE, bien desde un centro-izquierda moderada o desde una izquierda desastrada y tragicómica. Ninguno de ambos pretende sustituir al PP en su propio terreno, ni nadie con presencia mínima ha surgido a la derecha del PP. Esta fortaleza está reducida, pero firme. Es cierto que en el armario de las intenciones de voto hay mucha gente cansada del PP y supercansada de su líder. Son los que dicen que votarán a “Ciudadanos”, confiando en un acuerdo postelectoral que les permita un castigo sin riesgo a las culpas, incumplimientos y corrupciones detectadas en sus propias filas. Pero el núcleo de fidelidad electoral a toda costa es suficiente, en cualquier caso, para que ningún sondeo, amigo o enemigo, presente dudas sobre que el PP sea el partido mayoritario en estos comicios. Se vota al partido, no al líder. ¡Que ya tiene mérito!.

Electoralmente pesan muy poco los programas de los partidos. No solo por la poca fe que merece su cumplimiento sino porque, sin dudar de la sinceridad de sus redactores, los votantes son lo suficientemente listos para saber que es perder el tiempo estudiar las propuestas de partidos que no tienen la menor perspectiva de gobernar y que, aun tratándose de aquellos con alguna esperanza de gobierno, se sabe que no hay expectativas de mayoría absoluta en esta convocatoria y, en consecuencia, los programas tendrán que ser negociados y modificados con los de otros partidos para llegar a acuerdos de gobierno.

Con este paisaje, caben pocas variaciones en los pronósticos, salvo impactos de finales de campaña y repercusiones de sucesos imprevisibles capaces de alterar la sensibilidad popular. Hay que tener en cuenta, más allá de la palabrería partidaria, la sabiduría del pueblo, demostrada en todas las encrucijadas importantes. El pueblo ha contemplado lo que han dado de sí los equipos populistas apoyados por el PSOE en algunas instituciones europeas y destacados Ayuntamientos y sus alardes de sectarismo e incompetencia. Cría cuervos y te sacarán los votos. También hay que tener en cuenta algo que escapa a las valoraciones de opinión de los analistas de laboratorio: saber cómo se ganan los votos a pie de calle y a puerta de casa. Los votos de quienes no saben opinar pero saben votar. Hay que reservar una corrección de los cálculos demoscópicos basados en expresiones de opinión en beneficio de la labor de los expertos orientadores de votantes aparentemente pasivos. De esos intermediarios, abundantes en PP y PSOE, carecen las agrupaciones emergentes, que son nidos de teóricos sin estructuras de partido y sin esos laboriosos y disciplinados trabajadores del voto, conocedores del mapa humano en relieve y de los lazos de confianza que vinculan a los electores con las candidaturas, más allá de las monsergas doctrinales y más cerca de los intercambios amistosos.

Al final queda la incógnita de los indecisos. Ese sector poco politizado que nunca se sabe si acabarán como abstencionistas o se contagiaran del ambiente pasional de los últimos días. Quienes piensan votar a un partido de clara definición, a favor o contracorriente, no son nunca indecisos. Los indecisos salen de la duda para reforzar a alguno de los probables ganadores. En esta ocasión no son dos sino tres quienes podrían atraer el voto aún indeciso: PP, PSOE y Ciudadanos. “Podemos” se ha quedado entre Grecia y Venezuela, fracaso y derrota. Los tres pueden mejorar algo sus pronósticos con indecisos dispuestos a abandonar su indecisión, pero la oferta de Pedro Sánchez de aliarse con cualquiera con tal de desplazar al PP es una bandera negativa y confusa en sus resultados que no atrae a los indecisos para enterrarse juntos en un panteón de perdedores. “Ciudadanos”, por otra parte, da la impresión de que ya ha metido en su saco a todos los indecisos posibles en las zonas oscilantes del voto. El último debate entre Rajoy y Sánchez no se sabe si fue un escenario para visualizar la lucha entre dos alternativas reales o si fue un salvavidas o un gesto condescendiente para mantener a nivel de flotación la mediáticamente desahuciada alternativa de Pedro Sánchez, intentando salvar con sentido del Estado a un partido histórico de ser desmenuzado por las pirañas advenedizas. Los indecisos nadan en el estanque del PP, en torno a los cebos de la experiencia y la seguridad que manejan Rajoy y Soraya. A la prudencia de los indecisos solo los puede mover el temor a los peligros de una legislatura inestable, que es lo menos conveniente para sus intereses y para España. Hechas estas reflexiones, se puede sacar una consecuencia sin necesidad de recurrir a las artes mágicas de los adivinos: la única sorpresa es que no va a haber sorpresas en las urnas. Las sorpresas pueden llegar más tarde, en el hemiciclo.

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