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El efecto de Fidel Castro en la cultura política latinoamericana

domingo 27 de noviembre de 2016, 14:44h

Escribo esta nota desde Costa Rica, el lugar de América Latina que más importunaba a Fidel Castro. La causa es simple: el líder nacionalista costarricense, Pepe Figueres, también victorioso de su propia revolución en 1948, apoyó a Fidel en la montaña cuando éste aseguraba que su revolución era también nacionalista; pero cuando dos años después se refugió en los soviéticos y proclamó su conversión al marxismo-leninismo, Figueres no sólo le retiró su apoyo sino que le hizo una apuesta insolente: lograría en Costa Rica niveles de bienestar semejantes a los de Cuba, pero sin aplastar la democracia. Y este nacionalista socialdemócrata demostró que era capaz de hacerlo. Durante 60 años, Cuba y Costa Rica han competido por los primeros puestos regionales en cuanto a los indicadores de educación y salud, pero la democracia costarricense –precisamente por eso- es una de las más consolidadas de América Latina.

La causa de la divergencia entre Figueres y Castro fue diversa pero también directamente ideológica y tuvo efectos en la cultura política de la región. Ambos coincidían en la necesidad de la liberación nacional (de hecho ese es el nombre del partido fundado por Figueres), pero diferían en cuanto el fondo de la necesaria transformación social. Para Figueres, el cambio social era una moneda de dos caras: desarrollo socioeconómico y libertad política. Mientras que para Castro la lucha contra la pobreza era lo único que importaba, el asunto de la libertad política era poco más que una nota bene, que podía subordinarse a las necesidades geoestratégicas.

Pues bien, esa opción de Castro se impuso en Cuba por seis décadas, manteniendo un régimen cerrado a cal y canto, condenado por las organizaciones de derechos humanos de todo el mundo. Es cierto que ello le ha costado que un elevado número de intelectuales latinoamericanos que apoyaron al principio la revolución cubana, luego hayan tomado distancia e incluso condenaran el régimen con acritud. Pero no es menos cierto que el desprecio de Castro hacia la democracia política ha calado profundamente en la cultura política de la izquierda en América Latina.

Desde luego, la revolución cubana fue motivo de debate por décadas en la izquierda regional, pero en el plano restringido de la estrategia política. Durante mucho tiempo los cubanos fueron celosos de sus opciones continentales, incluso frente a la Unión Soviética y los partidos comunistas en la región. La tesis del foco guerrillero se mantuvo firme, al menos hasta la derrota del Che Guevara en Bolivia, donde el PC también le dio la espalda. Pero este debate se consideraba un asunto doméstico, que no ponía en cuestión la defensa formal de la revolución cubana.

Cuando posteriormente, tras la caída de la Unión Soviética, llegaron a Cuba las graves dificultades económicas, aumentando exponencialmente la corrupción interna y externa (apareciendo de nuevo una masiva prostitución callejera), el argumento del bloqueo se constituyó en el pilar principal de la exculpación del régimen. Por eso, existió tanta coincidencia entre las fuerzas progresistas en América y Europa acerca de la necesidad de levantar el prolongado bloqueo a la isla, completamente contraproducente.

En realidad, los defensores del castrismo en la región tienen dos ideas-fuerza fundamentales: una se refiere al nacionalismo antimperialista, que se enorgullece de cómo una pequeña isla ha sido capaz de resistir las presiones de Estados Unidos, situada a menos de 150 kilómetros de distancia. La otra idea refiere a la elección correcta que hizo Fidel entre desarrollo socioeconómico y libertades políticas, ya que el peso del primero es supuestamente mucho mayor que el segundo. Esa es la razón por la que quienes reivindican la figura de Castro nunca se refieren a su papel de puntal de la represión interna. Ni una palabra al respecto entre sus defensores en Venezuela, Ecuador o Bolivia.

Pero, a fin de cuentas, la realidad es tozuda. Hoy, pese a los esfuerzos de su hermano Raúl Castro de volver la vista hacia el modelo chino (liberalidad salvaje en el plano económico sin dar pasos hacia la apertura política), Cuba ha perdido la carrera con Costa Rica en lo que a bienestar social se refiere. Desde luego que la patria de Figueres enfrenta sus propios problemas, pero su matriz estratégica (que ha incluido fuertes instituciones de desarrollo social) ha ganado la apuesta, sin olvidarse jamás de las libertades políticas, tal como lo predijera aquel nacionalista socialdemócrata, quizás menos recordado que Castro pero a quien la historia ha absuelto hace tiempo. Y no es seguro que el dirigente cubano tenga la misma suerte.

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