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Arancha

martes 10 de marzo de 2020, 14:53h

Arancha González, ministra de Asuntos Exteriores, circula modosamente por las vías diplomáticas con el aire de despiste de quien no sabe para qué la han extraído de su tranquila plaza en Naciones Unidas para incrustarla en un Gobierno mal cosido con piezas incompatibles y actores contrapuestos. Su ministerio parecía muy importante, la cancillería de España, el departamento más antiguo que ocupaba el puesto protocolario más eminente al lado del presidente y el más visible en la esfera internacional. Así era hasta que Pedro Sánchez decidió colocarle en medio a cuatro vicepresidentes con ínfulas y reservarse para él las fotografías con políticos extranjeros como escaparate preferido, situando a la presunta cancillera en el cuadro oscuro de ministra de cuota de género y escasas competencias.

Episodios tan esperpénticos como ver humillarse a un Gobierno de España, en una vulgar jugada de supervivencia, paseando por los senderos de la Moncloa con una selección de separatistas, algunos inhabilitados o procesados y todos postulantes de amnistías o autodeterminación, nos hace olvidar la actividad del ministerio que no disfrutó del sarao. El primer “conflicto diplomático de la temporada le fue encomendado a José Luis Ábalos ministro de Transportes, quizá porque los aviones son medios de transporte aunque lleven a la vicepresidenta de Venezuela o maletas misteriosas. La ministra explicó en sede parlamentaria que en todo momento estuvo al tanto del caso pero solo conoció con cuatro horas de antelación que Delcy Rodríguez viajaba en el famoso avión. Es difícil entender que quiere decir para Arancha González estar al tanto del caso, si quiere decir que conocía el vuelo de un avión inofensivo o disponía de solo cuatro horas para intervenir en “el conflicto”. Cuatro horas parece tiempo suficiente para desviar un vuelo hacia el aeropuerto de Casablanca, por ejemplo, que no está concernido por acuerdos de la Unión Europea o, en el peor de los casos, para presentarse en Barajas y advertir a la audaz vicepresidenta venezolana que no podía circular por el espacio aéreo ni por las instalaciones de un aeropuerto para el que no había sido autorizada. Pero Arancha no pudo alterar su sueño y tuvo que acudir al benefactor Ábalos en misión diplomática. Días más tarde, el vicepresidente segundo Pablo Iglesias paseaba por Madrid al exvicepresidente del depuesto presidente de Bolivia Evo Morales, acusado de intentar violentar la Constitución de su país para prolongar ilegalmente su mandato. El tal Álvaro García Linera, cerebro del sueño cesarista de Evo morales era la persona más incómoda para las relaciones con la nueva Bolivia que tenía en su agenda de prioridades Arancha González, tan interesada en cicatrizar ante el nuevo ejecutivo boliviano de Jeanine Áñez la herida provocada de los funcionarios españoles ante la embajada de Méjico en La Paz.

Tampoco parece que haya destacado su actividad en no perder comba en el distanciamiento del eje franco-alemán ni que su proclamado otanismo sea suficiente para compensar el frío que sopla desde los Estados Unidos. Sus contactos con el Magreb sufren aplazamientos en Argel y enfados en Marruecos por inoportunas visitas a Madrid del frente Polisario. Tanto Argel como Marruecos están permitiéndose plantear delimitaciones de aguas sin contar con España ni con las normas del Derecho Internacional Marítimo. Da la impresión de que España como potencia europea emergente se está convirtiendo en un barquito de papel al que cualquiera se atreve a soplar para moverlo de su sitio.

La cumbre del desconcierto está en Gibraltar, esa pústula en la punta de Europa a la que nadie, desde los tiempos del ministro Castiella, ha puesto ante el espejo de sus limitaciones en cuanto territorio colonial clasificado como tal por esas Naciones Unidas tan queridas por Arancha. Sucesivos ministros de Asuntos Exteriores han caído en la trampa de neutralizar ese paraíso fiscal e incordio estratégico con amabilidades y fórmulas ceremoniales compartidas a largo plazo. Resignados los españoles a soportar indefinidamente esta llaga se produjo la inesperada retirada del Reino Unido de la Unión Europea y sin malicia alguna por parte de España la frontera de Gibraltar pasó a ser lo que era benévolamente admitido: una frontera internacional entre países civilizados y no un peñón sin jurisdicción territorial alguna o “sine jurisdictione quariam territoriali” según la tercera lengua en que fue solemnemente redactado el tratado de Utrecht. Pues bien, habiendo iniciado su gestión Arancha González tras el portazo dado por el Brexit a la Unión Europea y siendo, por tanto, inevitable revocar el espacio Schengen que convertía aquella frontera en la simbólica puerta abierta del paraíso fiscal del sur de Europa y su diminuta instalación militar ya irrelevante en la estrategia Otan y fuera de juego para la cooperación militar intraeuropea, a Arancha González no se le ha ocurrido otra cosa que ver cómo arreglar el futuro comercial de la zona. Sin otra obligación que estar en su papel como ministra española se ha permitido interesarse en el “Financial Times” por los lazos comerciales que España “necesita reforzar” con aquel territorio. O sea, que es la España de cuarenta y siete millones de habitantes la que necesita el refuerzo de Gibraltar. Por ello, la ministra tan poco lucida en el exterior, se preocupa de relacionarse con los intereses municipales de la zona que bien saben cuidar las autoridades locales, arriando la reivindicación de derechos y aspiraciones históricas del país que representa. No es la misión del ministro o ministra de Asuntos Exteriores de España interesarse por la expansión comercial de una colonia sino por el desarrollo industrial de su país, incluida la provincia de Cádiz.

Con esta estrategia variable en el sur, quizá Arancha González preferiría ocuparse del norte, donde el inefable Puigdemont agitaba el separatismo catalán en “Catalunya nord” o sea Perpignan, no se sabe si por un descuido intencionado del ministerio del Interior de la República Francesa o por una perspectiva de la Consejería de Asuntos Diplomáticos de la república catalana cuyas “embajadas” funcionan más eficazmente que nunca en la actual eclipse de la diplomacia española. Por este camino nos esperan pocos éxitos diplomáticos en ese campo de la actividad política que normalmente es el más propicio a la colaboración entre el Gobierno y la oposición siempre y cuando esté claro que se actúa en beneficio del interés común de todos los españoles.

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