Si encendemos la televisión o entramos en las redes sociales durante un debate parlamentario, la imagen del liderazgo político actual es evidente: gritos, reproches, polarización extrema y una competición por ver quién lanza el ataque más hiriente. En el imaginario colectivo, el líder político ideal es un "tiburón", alguien con la piel extremadamente gruesa, capaz de pisar sin inmutarse y de sobrevivir en el barro.
Bajo esta premisa, la idea de colocar a una Persona Altamente Sensible (PAS) al frente de un gobierno o de una comunidad autónoma podría parecer, a simple vista, una temeridad. Se suele confundir la sensibilidad con la fragilidad. Sin embargo, si analizamos la realidad de nuestras instituciones y el agotamiento de la ciudadanía frente a la política tradicional, un presidente o presidenta PAS no sería una debilidad; sería exactamente el antídoto que nuestro sistema democrático necesita.
Gobernar desde la alta sensibilidad supondría un cambio de paradigma radical en cuatro dimensiones fundamentales de la gestión pública:
El fin de la política del ruido y la polarización
El cerebro de una persona PAS huye por naturaleza del conflicto destructivo, no por cobardía, sino porque el ruido y la agresividad le resultan ineficientes y sobreestimulantes. Un líder altamente sensible al frente de una comunidad autónoma no entraría al trapo de las provocaciones de la oposición. En lugar de gobernar a golpe de tuit o de exabrupto, impondría una cultura institucional basada en la calma, la asertividad y la búsqueda real de consensos. Bajarían los decibelios del debate público para centrarse en los datos y las soluciones.
Decisiones basadas en el procesamiento profundo (Adiós al cortoplacismo)
Uno de los grandes males de la política actual es el cortoplacismo electoral: se aprueban leyes pensando en los votos del mes que viene, no en el país de la próxima década. La principal característica neurológica de una PAS es el procesamiento profundo de la información. Un líder con este rasgo no tomaría decisiones impulsivas ni firmaría decretos para salir del paso. Analizaría los escenarios, prevería las consecuencias a largo plazo, escucharía a los expertos y diseñaría "Planes B" estratégicos y milimétricos. Su visión no sería reactiva, sino preventiva.
La empatía como verdadera política de Estado
Gobernar es, en esencia, decidir cómo se distribuyen los recursos para cuidar a los ciudadanos. Un gobernante PAS no ve los presupuestos de Sanidad, Educación o Servicios Sociales como simples filas de Excel. Su alta empatía le permite conectar genuinamente con el impacto humano de esas políticas. Entendería que detrás de una lista de espera médica o de la falta de ayudas a la dependencia hay sufrimiento real. Esta sensibilidad garantizaría que las políticas públicas priorizaran el bienestar emocional, la salud mental y la cohesión comunitaria por encima de las obras faraónicas de cara a la galería.
La detección temprana de las grietas sociales
Las PAS tienen una capacidad innata para percibir sutilezas en su entorno que pasan desapercibidas para el 80% restante de la población. En el ámbito de un gobierno regional o nacional, esta intuición se traduce en una capacidad política invaluable: detectar el malestar social antes de que estalle. Un líder sensible sabría leer el cansancio de los barrios, la frustración de los jóvenes o el abandono del medio rural mucho antes de que se conviertan en manifestaciones o crisis estructurales.
El reto: Proteger el ecosistema del líder
Naturalmente, no sería un camino de rosas. La política es un ecosistema tóxico. El mayor desafío para un presidente PAS sería proteger su propio sistema nervioso del burnout. Para sobrevivir y brillar, necesitaría rodearse de un equipo "filtro" excelente: personas leales que frenen la toxicidad diaria, gestionen los ataques viscerales y le permitan mantener su energía enfocada en la toma de decisiones estratégicas.
Ha llegado el momento de desterrar el mito de que para gobernar hay que ser implacable y frío. La dureza sin empatía nos ha llevado a sociedades fracturadas y ciudadanos desencantados. La sensibilidad no es debilidad; es precisión, humanidad y visión a largo plazo. Y quizás, poner a una mente que siente profundamente al mando del timón sea la única forma de volver a humanizar la política.
El discurso que nos gustaria oir en una investidura, podria sonar asi:
"Señorías, ciudadanos. Quienes me conocen saben que no he venido hoy a esta tribuna a gritar más fuerte que el candidato anterior, ni a participar en el concurso de reproches en el que, tristemente, se ha convertido la política de nuestra tierra. Si esperan de mí un discurso lleno de ataques viscerales o golpes en la mesa, les ruego que ajusten sus expectativas. Mi compromiso hoy no es con el ruido, es con la precisión. Asumo esta presidencia con una profunda sensibilidad hacia los problemas reales de nuestra comunidad, y quiero dejar claro desde el primer minuto que esa sensibilidad no es mi debilidad, es mi brújula y será el escudo de este gobierno."
La política del espectáculo y la polarización nos agota, nos divide y, lo que es más grave, es profundamente ineficaz. Por ello, anunció hoy mi primera medida transversal: este gobierno no legislará desde la reactividad ni gobernará a golpe de provocación. A la oposición le tiendo la mano para debatir datos, presupuestos y soluciones a largo plazo. Pero les adelanto algo: no encontrarán en mí a un rival para el fango. Cuando el debate se convierta en insulto, encontrarán silencio institucional. Cuando se busque la confrontación por la confrontación, nosotros responderemos con expedientes, análisis y trabajo. No vamos a malgastar un solo voltio de energía de esta administración en alimentar egos; toda nuestra capacidad estará centrada en resolver los problemas de la gente."
Nos enfrentamos a retos históricos: el desmantelamiento de nuestros servicios públicos, la despoblación de nuestro medio rural y una crisis de salud mental que ya no podemos esconder bajo la alfombra. Para resolver esto, no sirven los parches de última hora para ganar unas elecciones. Gobernaremos basándonos en el análisis profundo y la prevención. No voy a firmar decretos impulsivos. Cada medida que salga de mi consejo de gobierno habrá sido evaluada no por su impacto mediático mañana, sino por el impacto que tendrá en la próxima generación. Prefiero la lentitud de una ley bien hecha que garantice derechos blindados, a la rapidez de un titular vacío."
"Señorías, un presupuesto no es una hoja de cálculo; es una declaración de intenciones sobre a quién decidimos cuidar y a quién decidimos abandonar. Detrás de una lista de espera quirúrgica de seis meses, hay miedo. Detrás de un consultorio rural cerrado, hay soledad. Detrás de un joven que no puede acceder a una vivienda o a atención psicológica, hay desesperanza. Mi gobierno no va a mirar hacia otro lado cuando las cifras duelan. La empatía será una política de Estado obligatoria en cada una de nuestras consejerías. Vamos a gestionar con rigor absoluto cada céntimo público, sí, pero siempre recordando que la eficiencia económica carece de sentido si pierde su humanidad."
"Habrá resistencias, lo sé. Habrá quienes confundan nuestra voluntad de diálogo y nuestra empatía con debilidad. Se equivocarán profundamente. Este gobierno tiene la sensibilidad necesaria para escuchar a todos, pero también posee la determinación y la firmeza de acero para tomar las decisiones más difíciles cuando los intereses de unos pocos amenacen el bienestar de la mayoría. Venimos a cuidar de nuestra tierra. Venimos a devolverle la dignidad a las instituciones. Y les aseguro que lo vamos a conseguir. Muchas gracias."