El escenario del cuento puede ser cualquier pueblo mediano de toda la geografía española, pero lo vamos a residenciar en este caso en Almería, por ejemplo. Fátima es una jovencita de 13 años cuyos padres se han trasladado a dicho pueblo. El padre llegó, pongamos en agosto del 2008, con su familia, a trabajar con su hermano que había instalado allí hace años.
Buscó un colegio par su hija, pero allí solamente había uno adecuado para ella y los estudios que debía desarrollar. Cuando llegó a matricularla, después de haber hablado él con la dirección, reencontró con una negativa tan amable como contundente a que su hija estudiara allí si mantenía el velo que cubría su cabeza.. Porque Fátima es musulmana. Su familia no se lo imponía, pero la joven quería llevarlo.
Le dijeron que no, que el Gobierno les permitía prohibir o no y que la dirección había decidido impedirlo para no dejar que símbolos religiosos perturbasen la “buena marcha” del centro. Claro que quien esto decía, la directora, llevaba colgado del cuello un crucifijo enrome y lucía en su cabeza un velo almidonado que allí le llamaban toca o teja, otras veces. El padre no entendía nada y Fátima, menos.
Lo peor fue cuando otra jovencita, de apellido impronunciable de esos con muchas consonantes que se dan por el norte de Europa exclamó algo así como “¡Mira la mora esta!”. Lo curioso es que esta otra jovencita de apellido impronunciable es española. Sus padres se afincaron en ese pueblo almeriense y ella tenía la nacionalidad.
Lo que nadie sabía por allí es que Fátima también es española y no de una generación, sino de varias generaciones, porque Melilla, su lugar de nacimiento, es una ciudad española desde hace siglos. La joven seguía sin entender nada. En su ciudad natal, ambas culturas y religiones llevan conviviendo siglos. En los últimos años hay miembros de la Asamblea que son musulmanes y nada sucede en las calles. La multiculturalidad es tan habitual y tan antigua que nadie habla de ella, pero, claro, otra cosa es al cruzar el estrecho.
Cuando se quieren provocar problemas donde no existen, pasan estas cosas. Aquí, en Almería, se sabe mucho de esto. Se han ido superando poco a poco los problemas de la inmigración, aunque queda mucho camino por recorrer.
En eso de Ceuta y Melilla, los gabinetes de la campaña electoral, de los partidos, a veces, no andan muy finos, porque anunciar la propuesta del velito Rajoy días antes de acudir a la ciudades africanas a hacer campaña “tiene delito”. Bueno lo que “tiene delito” es la propuesta disparatada y artificial, pero aumenta el tal “delito” cuando se analiza como se han hecho las cosas.
En todo caso, la decisión de apostar por la multiculturalidad, criterio sajón, o la integración, criterio francés, es una asignatura pendiente en España y que, con todos los matices del mundo, habida cuenta de las peculiaridades de este país, debía resolverse cuanto antes. Y de eso, como se ha dicho, algo se sabe por las tierras de Almería, por ejemplo.