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Mauricio Erramuspe

Un niño, un desafío

Un niño, un desafío

Según los anuncios del gobierno, en 2009 todos los escolares uruguayos tendrán una computadora portátil. Así, el país se integrará al plan “un niño, una computadora” elaborado por el MIT para reducir la brecha digital que se abre entre quienes tienen acceso a la informática y quienes no. ¿La forma? Darle acceso a una computadora a los niños pobres mediante programas estatales.

Nicholas Negroponte, una autoridad en el mundo tecnológico, es la cabeza de este programa apoyado por la ONU y al que Uruguay se anotó entre los primeros países que lo aplicarán. La inversión del gobierno nacional será de 50 millones de dólares y se promete que en tres años se alcanzará a los 400.000 alumnos de las escuelas públicas uruguayas. 

Una buena noticia, sin duda.

Para algunos sectores uruguayos parece que no lo es tanto. Desde que el presidente Tabaré Vázquez anunció el plan aparecieron los cuestionamientos.

En primer lugar los distintos medios de comunicación recibían mensajes de sus audiencias advirtiendo sobre los peligros de robos a los que se expondrían los niños traslandando las computadoras.

Luego, la Asamblea Técnico Docente –un grupo integrado por maestros y profesores que tiene carácter de asesor de las autoridades educativas- señaló que el sistema educativo tiene otras necesidades. Primero mencionan la falta de maestros y llaman a crear más cargos docentes. Además, recuerdan que muchas escuelas tienen problemas graves en sus instalaciones ya sea en baños o aulas. Por último, recuerdan la superpoblación que padecen muchos centros educativos.

Pero detrás de esos problemas, reales y que sin duda reclaman solución, muchos intuimos una resistencia al cambio que aparece cada vez que se plantea una idea que, como la de Negroponte, podría tener un impacto revolucionario en Uruguay.  Peor aún, adivinamos el temor que en muchos docentes despierta el desafío de incluir en los métodos de enseñanza una herramienta que sólo han visto en la televisión. Ni más ni menos que el desafío de incorporar conocimiento para luego ayudar a que los niños creen el propio.

Lamentablemente en Uruguay –como en muchos países del tercer mundo- hay que invertir en baños, aulas y vigilancia para aumentar los niveles de seguridad urbana. También, claro, es imperioso aumentar los cargos docentes y mejorar los históricamente paupérrimos salarios de los maestros. Pero también, y fundamentalmente, hay que popularizar tecnologías que ya están extendidas en el primer mundo. Ese mundo para el que se espera que los escolares uruguayos se preparen.

Con urgencia, baños decentes y computadores de última generación deben llegar a las escuelas. La vorágine actual no da tiempo. Hay que hacerlo rápido. Resistirse a la teconología es, en el mejor de los casos, un atrevimiento.

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