lunes 24 de marzo de 2008, 22:32h
Actualizado: 12 de mayo de 2008, 17:02h
Hay ciertas cosas que todavía no se las ha comido la parte de la globalización que actúa diluyendo las características propias de los grupos donde ella llega.
Una de ellas es el “como en casa” dicho abarcativo que todavía funciona en Argentina y se refiere a la jerarquización que de manera personal y única se aplica a algunas cosas. Así entran juntos: las pastas o los postres que algún progenitor hacía los fines de semana y el funcionamiento de las relaciones familiares, entre otras muchas cosas.
Algo parecido al “cuando yo era joven...” pero más teñido de afecto y nostalgia porque nos retrotrae a las sensaciones primarias de cobijo, tranquilidad y porque no: felicidad que vivimos en alguna época.
Esta Semana Santa a la que se sumó el feriado por el día la Memoria , en conmemoración del aniversario del Golpe de Estado de 1976 , nos ha permitido a muchos tener tiempo libre que debiera haber servido para reflexionar un poco y no solo gozar del ocio y el descanso.
El país siguió andando, el campo con sus quejas mostró que todavía en algunos lugares la solidaridad se da de manera espontánea y sin la intervención de sindicalistas de peso o habitués de las altas esferas.
A los que permanecimos en nuestras casas nos siguieron tocando el timbre para pedir alimentos, ropa o cartones, las mismas familias trashumantes que vemos en las calles todos los días.
La desinformación, la falta de diálogo, los desencuentros en que vivimos los argentinos, fueron temas de las homilías de varios obispos en el fin de semana y bastante hablaron sobre la pérdida de los valores morales (que no son patrimonio exclusivo de ninguna religión) y que dan trascendencia al ser humano.
Las rutas siguieron teniendo su cuota de muerte. La inseguridad se vivió de manera más angustiante en la soledad en que quedaron muchos barrios dentro y fuera de las grandes ciudades.
Y las ambivalencias de siempre nos mostraron otra vez evacuados por las inclemencias climáticas y las terminales llenas de felices turistas partiendo hacia diferentes destinos.
Estas son pinceladas de una realidad de cinco días donde lamentablemente lo religioso y lo histórico parecieran haber tenido un protagonismo pequeño en la vida de los argentinos.
Un pueblo que reclama a la Iglesia ser más participativa pero que se excluye mayoritariamente a la hora de asumir su responsabilidad como parte de ella. Un pueblo que proclama también mayoritariamente su horror por la violencia, pero que cada año pareciera anestesiar la memoria de lo que nos pasó y porqué nos pasó.
Somos un grupo humano nostálgico del pasado, a veces, pero incoherente en nuestros actos. Sería bueno que pensáramos que hicimos en estos cinco días y reconociéramos cuánto tiempo le dedicamos los que nos decimos católicos a la muerte y resurrección de Jesús y cuánto hemos hablado, todos, con las nuevas generaciones de lo que sucedió hace 32 años en nuestro país.
Todo por qué y … porque sería bueno que nuestros hijos y nietos algún día les digan a sus hijos y nietos “ustedes tienen que hablar y actuar como lo hacíamos en casa”