Políticos: ni Pokemones ni Pelolais
viernes 11 de abril de 2008, 16:43h
Hay lapsos en que los medios de comunicación parecieran retomar su interés sobre las exterioridades e inquietudes de la juventud. Hace pocos días se efectuó en Ciudad de México una marcha por la tolerancia y contra la discriminación de que son objeto y que congregó a una infinidad de tribus urbanas: emos, darks, punks, hardcore, metaleros, eskatos, regatoneros. Exigieron que cesen las agresiones dirigidas, especialmente, contra los emos. Se los califica de emocionales, emotivos, deprimidos, con tendencias suicidas.
En general, todas las definiciones con que los medios califican a esa y otras tribus, son maniqueas, sesgadas o simplemente mentirosas, según serios psicólogos sociales. Pero coinciden en que esta diversidad de tribus descendientes de los viejos beatniks e hippies, son adolescentes conscientes que incomodan con sus certezas sobre modas, morales estandarizadas y que pisan desafiantes con sus bototos al consagrado sentido común. “Es cierto que contaminan, alarman, pero también denuncian y previenen”, advierte un científico social de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Pantalones entubados, derroche de gel para mantener el cabello en crestas, maquillaje exagerado, collares y anillos aparatosos, camisetas pintarrajeadas, las perforaciones en labios, narices y partes pudendas, el negro predominante de las casacas, son parte del paisaje urbano. En Santiago o en el DF azteca. Nos incomoden o no, son expresión de sociedades globalizadamente enfermas. Pero estos jóvenes, al menos, son honrados. No esconden lo que piensan. Y actúan de acuerdo a sus percepciones.
La socióloga Doris Cooper tuvo a bien, hace pocos meses, ordenarnos desde Santiago nuestros magros conocimientos sobre lo que son y representan las actuales patotas de adolescentes citadinos chilenos. Nos referimos a su libro Ideología y Tribus Urbanas, LOM Ediciones. Por razones de edad y lejanía, me había quedado anclado en la década de los años sesenta cuando nos correspondió escribir acerca de los hippies. Eran los años del Che, Vietnam, las insuficiencias de la revolución en libertad, de los mensajes de Silo y de las imitaciones santiaguinas del legendario festival de Woodstock -500 mil jóvenes, rock, y los también legendarios Joan Baez, Bob Dylan, Jimmi Hendrix y Janis Joplin-, con sus incitaciones a hacer el amor y no a la guerra.
Pero, a propósito de jóvenes e insatisfacciones, en verdad, a lo que aspiraba era a reflexionar acerca de esa fauna clasificada taxonómicamente como “clase política”. Sobre su travestismo y oportunismo ideológicos. No sólo de la chilena. Porque la peste que la corroe es global. En especial, a sus Partidos de la Decencia. Los que hoy se mesan los cabellos como defensores del “derecho a la vida” pero prohíben la píldora. Y recién ayer fueron cómplices del genocidio de chilenas y chilenos. Son los que le van a poner coronas a Allende y que, como legisladores, “mejoraron” la ley minera de Pinochet-Piñera, convirtiendo a Codelco en el pariente pobre de la gran minería. Así, la desnacionalización del cobre consagró el saqueo a Chile permitiendo que las transnacionales cupríferas se lleven anualmente 16 mil millones de dólares. Son los que se mueven entre sombras para sacar del proceso al ministro Carlos Cerda que investiga las platas mal habidas del dictador. Pienso en la derecha disfrazada de centro y en la ex izquierda que gestiona su poder como neoliberal. Hablo de un ex ministro preso en Dawson, pero que se posmodernizó como senador. De un Larraín que legisló para los intereses pesqueros de Angelini y que ahora no dice pío a favor de los pescadores de caleta Mehuín.
De los políticos que quisieran un periodo presidencial de sólo dos años para tener posibilidades. Pienso en un modesto exiliado que ayer hablaba por Radio Moscú y hoy es millonario gestor (perdón, hay que corregir a los nostálgicos del pasado: ahora se dice lobista) al servicio de intereses privados. Y están los más preocupados por los tibetanos que de los mapuches, los subcontratados del cobre, los temporeros de la fruta, los salmoneros a los cuales no les inquieta un pucho que la educación en Chile siga siendo un lucro, ni valoran el trabajo ni a los trabajadores.
En nuestros tiempos neoliberales, el concepto de nacionalismo también se mide en dólares. El Estado chileno percibió en 2006 ingresos por 9 mil 215 millones de dólares de parte de Codelco. Las transnacionales privadas sólo tributaron 3 mil millones de dólares, pero se embolsicaron 16 mil millones de dólares. Algo parecido crispa en estos días a México. A la empresa estatal PEMEX le cuesta 5 dólares producir un barril de petróleo. Su actual precio de venta supera los 100 dólares. La diferencia entre costo-venta es la renta del petróleo. La mayor parte de esos ingresos financia el presupuesto fiscal. Bajo la figura “modernizar PEMEX” se aspira a reformar leyes secundarias para que la iniciativa privada construya refinerías, redes de oleoductos, prospecte y extraiga petróleo. La oposición denuncia que eso es simplemente desnacionalizar, pues con tal modelo, parte de esos 95 dólares de diferencia de la renta petrolera irá a las transnacionales. A quienes plantean que el Estado tiene medios para esa necesaria modernización y luchan porque el petróleo siga siendo mexicano, se los tacha de “iracundos”, “izquierdistas nostálgicos”, incluso de “fachos” y “terroristas” porque han llamado a movilizaciones populares.
Por el camino que transita actualmente la clase política chilena se está reeditando la tragicomedia de la centro-izquierda italiana, su agonizante reformismo. Para competir con el multimillonario y multiderechista Silvio Berlusconi decidió mudar de disfraz, estrenar nuevo membrete para el ofertón electoral. Los ex demócrata cristianos y los ex comunistas ahora son el Partido Democrático. Toda la ultraderecha, Forza Italia, Alianza Nacional y Liga Norte se cobijó bajo la billetera de Berlusconi en el Partido de las Libertades. Dos bloques y un solo modo de hacer política electoral. Recién Francia y antes Gran Bretaña se sumaron al modelo binominal, donde ambos sectores están gobernando juntos sin que se note la diferencia. Lo dramático es que al olvidar sus principios programáticos esa centro izquierda elevó a Berlusconi al rol de único tenor de la política peninsular. Él pone los temas y todos bailan a su alrededor.
Este no es un ejercicio de política ficción. Pero –con perdón de los jóvenes- creo que si disfrazáramos a nuestra clase política de pokemones o pelolais, ni aún así ella recuperaría su acendrada pérdida de identidad.
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Guillermo Ravest
Periodista