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Muy pocos, salvo los fanáticos y quienes se benefician directamente del estado de cosas actual, podrían sostener que el Movimiento al Socialismo no está debilitado, arrinconado y prácticamente a punto de perder el control de una buena parte del país.

El referéndum del 4 de Junio en Santa Cruz, más allá de los resultados y de las disquisiciones sobre su “legalidad” – mas no su legitimidad – ha permitido confirmar varias características del partido de gobierno y de su máximo líder, Evo Morales.

En primer lugar, que no se trata de un movimiento democrático. Solo ha utilizado a la democracia para capturar el Estado, en una coyuntura socialmente favorable hace dos años y medio. Los arranques autoritarios de sus huestes son ya moneda común, desde los tristemente célebres ponchos rojos que muestran toda la estulticia a la que podría aspirar una entidad política primitiva, hasta los grupos de choque organizados para amedrentar cualquier tipo de oposición o, últimamente, robar y quemar ánforas y papeletas de votación.

Y es que “movimiento social”, como muchas veces mencioné en el pasado, es un vulgar y silvestre eufemismo en Bolivia para referirse a grupos de dirigentes que inescrupulosamente (porque le han encontrado negocio al asunto) secuestran la voz del pueblo, en espacios de supuesta deliberación democrática – como las asambleas, reuniones de juntas de vecinos, ampliados sindicales, etc. – ya que pueden disponer de “aparatos” que deciden por el resto e incluso, contra el interés colectivo.

En segundo lugar, no puede negarse que Evo tiene todavía gran apoyo entre las bases campesinas, indígenas y cocaleras que, sin embargo, son tratadas como “recuas”. Las movilizaciones pretendidamente “espontáneas” de estos sectores en La Paz, El Alto y Cochabamba el domingo último contaron con dos factores que desvirtúan totalmente el sentido de la democracia: “obligar” a la gente – bajo la amenaza de sanciones – a concurrir a dichas manifestaciones de apoyo al régimen; y en segundo término, “pagar” a esas personas – probablemente con  recursos del erario nacional o tal vez provenientes de la generosa “cooperación venezolana” – su comida y transporte, como ha sido ampliamente denunciado. ¿Se puede entonces continuar sosteniendo que el gobierno posee un amplio respaldo popular “voluntario”, que no pase necesariamente por la coacción y la prebenda?

En tercer lugar y esto posiblemente sea el hecho más importante, el Presidente es en realidad un dirigente sindical, con todos los defectos que son característicos entre los miles de dirigentes que sobre el popular discurso del “cambio” pretenden lleva a nuestro país por el camino de la intolerancia y el verticalismo, demostrando con creces su enorme incapacidad para comprender las cosas desde un punto democrático. Finalmente provienen del mundo de los gritos, la imposición y los chicotazos.

Es decir, nos gobierna una persona que no asume todavía su papel presidencial e intenta replicar, desde la presidencia, su rol dirigencial, que por cierto fue y es todavía mezquino y mediocre.

La pregunta, por lo tanto, es: ¿hasta cuándo no se dará cuenta el MAS que ha perdido el control del escenario político, social y económico del país por sus propios “errores”? o ¿cuánto todavía puede durar el apoyo social con que cuenta el régimen (localizado básicamente en el occidente), si se maltrata la economía de la gente, se le miente, se le condena a continuar viviendo en medio de la pobreza y la desigualdad? Hoy día el MAS e cada vez menos.

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