Cuando el ciclismo parecía levantar cabeza de pasados y repetidos escándalos, nuevos y consecutivos dopajes lo han vuelto a sumir en el descrédito. Han sido pillados con restos de drogas en la sangre no sólo corredores en declive, como el veterano Manolo Beltrán, sino también ídolos emergentes, como el joven Riccardo Riccó. Un tercero, Moisés Dueñas, se arriesga incluso a severas penas de cárcel por masiva posesión de sustancias dopantes.
¿Tan apremiante es el consumo de drogas para estos deportistas que lo hacen incluso con el aliento en su cogote de los médicos que los controlan a diario?
Parece ser que sí. Muchos, sin estimulantes, son incapaces de conseguir las prestaciones que se esperan de ellos. Y no sólo hablamos de ciclistas del montón, menos expuestos a controles antidopaje, sino de recientes maillots amarillos, como Floyd Landis o Rasmussen y de otros, como Bjarne Riis, que incluso se dedican hoy día a dirigir a sus colegas más jóvenes.
¿Qué queda de aquel ciclismo heroico de antaño, de gestas imposibles, compensadas luego con increíbles pájaras?: pues, para muchos, la duda sobre la honradez de aquellos logros, dada la ausencia entonces de los rigurosos controles de hoy día. El ciclismo entero está ya bajo sospecha y el imaginario colectivo corre el riesgo de acabar viendo a los mejores ciclistas sólo como hábiles maestros de la superchería.
Pero no es, éste, el único deporte lleno de trampas. Desde la halterofilia al piragüismo, pasando por el atletismo, cantidad de campeones han dado positivo en el uso de sustancias prohibidas: el último y espectacular caso de la archifamosa medallista Marion Jones es bien significativo. ¿Cuántos casos más veremos a partir del próximo 8 de agosto en los Juegos de Pekín? Probablemente, menos de los que de verdad ocurran, pero muchísimos más de los que deberían suceder, que sería ninguno.
Es que, todavía, ese fraude deportivo que es el dopaje no tiene la sanción social ni penal que merece. La atleta griega Ekaterini Thanou, sancionada sólo con dos años de suspensión tras haber dado positivo en un control, ahora volverá a vestir el uniforme de su país en Pekín. ¿Cómo no se le cae la cara de vergüenza al Comité Olímpico griego de verse representado por alguien convicta y confesa de engaño, antideportividad y fraude?
Sólo el día en que los tramposos en el deporte sean alejados de su práctica a perpetuidad valdrá la pena volver a confiar en él. Mientras tanto, la tentación de mejorar las prestaciones con el dopaje es tan grande, y el riesgo que conlleva resulta tan poco proporcionado, que lo que sí mejorará en un futuro serán las técnicas fraudulentas para escapar de los controles merced a nuevas sustancias aún no detectables.