Llegadas estas fechas se hace rara la mesa que en las cenas más destacadas del año no luce una fuente de marisco y, en especial, gambas o langostinos, que desde la relajación de la norma religiosa, allá por los años 1960, dejaron de ser un producto “pobre” comparado con la carne -prohibida por la Iglesia las vísperas de festividad- para convertirse en un símbolo de opulencia.
Comer gambas es de pobres que sueñan con dejar de serlo. Por eso, cuando el establishment critica a los representantes de la clase obrera, los acusa de darse mariscadas. Nadie señala a los ricos por comer marisco, el pecado es siempre que lo coman los pobres. Chupar las cabezas (ahora ya, poco recomendable por el envenenamiento de los mares) era de mala educación, no tanto porque molestara a nadie, sino por lo que tenía de identificación de clase, de no poderlas comer cuando uno quisiera, sólo en ocasiones especiales, de querer exprimir hasta la última brizna de su sabor.
Mi abuela paterna, viuda, que venía de haberse quitado en la juventud de cenar muchas noches para que cenara su hijo -mi padre- estaba deseando cobrar su exigua pensión para el primer fin de semana de cada mes comprar un cuarto de langostinos (más caros entonces que las gambas, pues tenían más carne) o, si la cosa había ido justa por haber tenido algún roto que tapar, cien gramos de gambas, y comérselos con nosotros en el aperitivo del domingo, con una copita de vino de Quina, o dos dedos de Martini Rosso servidos con hielo en un vaso de duralex. Eran los tiempos de juntar los botellines vacíos en casa para retornarlos a la bodega y que te los descontaran del precio de los botellines nuevos.
Hoy, un kilo de langostinos, dependiendo de si son frescos o congelados, no difiere mucho en precio de un kilo de bacalao, dependiendo también de si es fresco o congelado. El bacalao era el pescado de los pobres, servido con arroz y patatas para que cundiera más, por eso nadie te acusa de querer ser algo que no eres por comer bacalao, porque el bacalao, comida de pobres, por mucho que cueste, entra en la lógica del clasismo social. El pecado es siempre aspirar a algo de una clase social en la que no naciste, o peor, no aspirar, sino hacerlo, como si no hubiera separación entre clases. Debe ser por eso que, en Madrid, por poner ejemplo, se desmantelan las universidades públicas y se privatizan los hospitales mientras se venden pisos de lujo, comprados al contado, se traen chiringuitos disfrazados de universidades privadas (carísimas), o se demolió el interior de la antigua sede de Banesto para montar un centro comercial del lujo -el centro Canalejas- para decirnos que, aunque los langostinos cuesten parecido al bacalao y podamos comerlos con más frecuencia, las clases sociales existen, y señalarnos la nuestra.