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Iglesias, un semiculto que nos ofende

jueves 21 de enero de 2021, 16:55h

Tengo que reconocer que jamás hubiese imaginado que un miembro de un gobierno que se considera de izquierdas pudiera comparar un fugado de la justicia como Puigdemont con el exilio español tras la guerra civil y durante el franquismo. He de admitir que me ha dejado boquiabierto, perplejo, paralizado, y que me ha costado varios días adquirir la capacidad de responder. Pero la ventaja de no haber reaccionado de inmediato ha consistido en que me ha permitido observar las respuestas que tal esperpento ha provocado. Y comprobar que la mayor parte considera, equivocadamente, que se trata de un accidente, un exabrupto, que tiene poco que ver con la lógica política del funesto personaje. Craso error. Su delirante comparación no lo es tanto si se contempla desde su punto de vista, como mostraré a continuación.

No obstante, es cierto que la afirmación de Iglesias constituye en sí misma un hecho pavoroso, que ha provocado la indignación de la mayoría de las asociaciones de memoria histórica y de un montón de historiadores, así como las críticas de la totalidad de las fuerzas políticas (a excepción de Podemos, que ha tratado esforzadamente de matizar a Iglesias). Pero para las familias que hemos tenido represaliados y exilados en aquellos tristes años, este insulto adquiere la dimensión de una ofensa personal. Pensando en la parte de mi familia que todavía vive en Francia se me ha revuelto el estómago.

El argumento utilizado por Iglesias es que Puigdemont tuvo que abandonar España por el miedo a ser juzgado por sus ideas políticas, aunque inmediatamente deslice una frase sibilina: “aunque lo hecho por Puigdemont tenga relación con el derecho”. Es decir, que quizás Puigdemont habría cometido algún delito y temiera ser encartado por esa causa. O sea, que también podría ser un fugado de la justicia de un Estado de Derecho. Lo cual tiene poco que ver con un exilio provocado por una represalia militar y un régimen de dictadura. Pero entonces ¿cómo es posible argumentar ambas cosas? La explicación se encuentra en el resto de la entrevista realizada por el programa Salvados de la Sexta.

Cuando el periodista Gonzalo Díaz le muestra sus deslealtades con el socio de gobierno o sus diferentes varas de medir ante el acoso de las familias de los políticos, Iglesias siempre utiliza el subterfugio y la necesidad de referentes más elevados. En breve, las reglas del juego son moldeables según sus elevados principios. En el fondo, subyace su verdadera máxima: el fin justifica los medios. Y como el fin lo determina a su modo, se cree con el permiso de jugar con los márgenes.

En realidad, todo responde a un esquema ideológico que no es más sofisticado que el que muestra el nicaragüense Ortega: la democracia corre peligro sólo cuando se avanza hacia la extrema derecha, porque cuando se hace lo mismo por el otro extremo, sólo se obtiene un estadio de mayor pureza en la izquierda. Es simple: al totalitarismo solo se llega por la derecha del espectro político, nunca por el otro extremo. No importa que la Unión Soviética, Cuba o Venezuela recorran un rosario histórico de destrucción de la democracia y violación de los derechos fundamentales. Como buen semiculto, que actualiza su pobre cultura democrática con series televisivas poco edificantes (Juego de Tronos), Iglesias quiere que fijemos nuestra mirada únicamente en Trump para evitar que nos detengamos en observar a Maduro. Y encima se considera la izquierda más pura; no ha aprendido la lección más elemental del siglo XX: que la izquierda autoritaria, populista o violenta hace tiempo que dejó de representar a la izquierda. Es decir, no sabe que, si estábamos contando los días para que Trump dejara la Casa Blanca, también hacemos esa cuenta con los populismos de izquierda, incluyendo al propio Iglesias.

En la entrevista mencionada, el dirigente de Podemos trata de mostrase como alguien coherente que no se ha movido un ápice de sus correctas posiciones, y que, por tanto, todos los incumplimientos del gobierno son responsabilidad de su socio de gobierno, el PSOE, el cual aparece subordinado a todos los poderes fácticos imaginables. La penosa imagen que da Iglesias del partido socialista refleja fielmente la seguridad que le otorga el conocimiento de la trampa en que se ha metido ese partido, bajo la dirección de Pedro Sánchez. Como señaló Iglesias varias veces, sin los 35 diputados de Podemos, Sánchez no sería hoy presidente de Gobierno.

Es decir, la responsabilidad última de incorporar al gobierno de España un visión populista, semiculta y convencida de estar por encima de las reglas del juego, capaz de emitir tales ofensas a la inteligencia y a la sensibilidad de muchas familias españolas, no es sino de Pedro Sánchez. Puede que así consiga gobernar en coalición durante una legislatura, pero, por el camino elegido, después de cuatro años la calidad de la democracia española habrá disminuido sensiblemente y la cultura política del país será mucho más pobre… a menos que, como dicen muchos, quede claro que Iglesias ya sólo consigue engañar a los más tontos de los tontos.

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