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Conmemorar La Nueve

viernes 21 de abril de 2017, 17:37h

En una calle madrileña que rememora cinco hermanos falangistas (Hermanos García Noblejas) las alcaldesas de Madrid y Paris, Manuela Carmena y Anne Hidalgo, acaban de inaugurar el Parque de la Nueve, para conmemorar la entrada en Paris el 24 de agosto de 1944 de la novena compañía del ejército blindado del general Leclerc que consolidó la liberación de la capital de Francia. Aquella tarde muchos parisinos esperaban oír el inglés nasal de los norteamericanos que habían desembarcado en Normandía, conduciendo las tanquetas que penetraban hasta la plaza del Ayuntamiento. Pero, para su sorpresa, solo escuchaban hablar español. Incluso las propias tanquetas llevaban nombres hispanos (Teruel, Brunete, Madrid, Ebro, Don Quijote).

Sin embargo, tuvieron que pasar sesenta años para que Francia reconociera oficialmente que la novena era una compañía de vanguardia formada por españoles republicanos, bajo el mando del capitán Raymond Dronne. Exactamente en 2004, cuando la hoy alcaldesa de París, de ascendencia española, Anne Hidalgo, impulsó ese reconocimiento oficial, colocando 16 placas en la ciudad, siguiendo el recorrido de la Nueve al entrar en la capital y estableciendo después un Jardín en su memoria en el parque del Ayuntamiento.

Con algún retraso, ese reconocimiento llegó a Madrid este 20 de abril, con la presencia del único superviviente de la memorable compañía, Rafael Gómez (96 años) y la participación de cientos de personas, entre las que se encontraban, además de las dos alcaldesas, el embajador francés Ives Saint-Geours, miembros del Ayuntamiento, la comisionada para la Memoria Histórica, Paquita Sauquiillo, y representantes de la cultura y la política.

En las intervenciones realizadas en el acto surgió repetidamente la cuestión acerca de cuáles han sido las razones de este silencio histórico. En el caso de Francia, la postergación guarda relación con la historia oficial que inició el general De Gaulle cerca de la liberación del país. Según ese discurso, París y toda Francia fue liberada por los propios franceses, algo que permitió extender un tupido velo sobre la dimensión del colaboracionismo con los nazis en ese país, un asunto lacerante que apenas está siendo sacado a la luz por la nueva historiografía (sobre todo británica y norteamericana). Por eso, mencionar la importancia del desembarco aliado y la participación de miles de extranjeros en la resistencia francesa no era conveniente. Más aun cuando esa participación fue de dimensiones considerables, como en el caso español. Jorge Semprun, estimó que más de diez mil peninsulares participaron en las fuerzas que liberaron Francia.

En realidad, esa participación española tiene un trasfondo mucho más grave. Porque no cuenta el drama de los otros refugiados que llegaron a los campos que la policía francesa les hicieron levantar en las playas mediterráneas. Al poco tiempo de llegar, el gobierno francés, tratando de evitar tensiones con la amenazante Alemania, les dio a elegir entre tres opciones: regresar a España, ingresar a la Legión Extranjera francesa o integrarse a las brigadas de trabajo francesas, que trataban desesperadamente de levantar defensas ante la inminente invasión alemana. Una minoría optó por regresar, sobre todo catalanes, por proximidad geográfica, y fueron capturados al llegar para enfrentar juicios sumarísimos, que concluían en largas condenas de cárcel o directamente en el paredón. Otra minoría decidió integrar grupos de guerrilleros que prepararían la caída del régimen franquista aliado del eje fascista. Quienes se alistaron en la Legión Extranjera francesa fueron pronto carne de cañón en el choque contra el ejército de Rommel en el norte de África. De los supervivientes de ese choque se conformó la famosa Nueve, que luego se unió al desembarco aliado de 1944 y llegó en avanzada hasta París. Pero una apreciable cantidad de refugiados españoles “eligió” la otra opción: integrar los campos de trabajo franceses. El trabajo era duro y el trato poco digno, pero lo peor llegó rápidamente, con la subordinación del gobierno francés al eje y el consiguiente traspaso de los campos a manos alemanas. De esta forma, muchos españoles, junto a polacos y de otros lugares de Europa, levantaron los bunkers alemanes que los aliados se encontraron cuando desembarcaron en Normandía. Luego, cuando esa invasión se produjo, esos obreros forzados fueron retirados rápidamente en trenes hacia a los campos de exterminio en Alemania. Muy pocos lograron escapar.

Reconstruir la dramática suerte de los refugiados españoles en Francia –más allá de la opción que eligieran- parece chocar con la historia oficial francesa construida en la postguerra. Por eso fueron sacados de la escena oficial rápidamente.

El silencio oficial en España tiene otras razones. Claro, durante el franquismo no podía esperarse otra cosa. De este lado, los héroes y mártires eran sólo de los vencedores. Pero desde la llegada de la democracia el silencio histórico refiere a otras causas. Durante la transición, con el ejército incólume, todo se subordinó a la reconciliación. La memoria histórica debía esperar tiempos mejores. Hoy parece que esos tiempos comienzan a llegar. En ese sentido, se comenta mucho que fueron los Reyes quienes en 2015 inauguraron, junto a la alcaldesa Anne Hidalgo, el Jardín de la Nueve en el Ayuntamiento de París. Pero el discurso del Rey muestra las dificultades que hay todavía en España para armonizar reconciliación con memoria histórica. Don Felipe habló mucho de la estrecha amistad entre España y Francia pero no se refirió a la gesta de los republicanos españoles entrando en París.

Esa dificultad de armonizar el espíritu de la reconciliación y la memoria histórica se pone de manifiesto en el actual esfuerzo del Ayuntamiento por renombrar las calles de Madrid. La Comisaria al efecto, Paquita Sauquillo, sufre las presiones opuestas de quienes no quieren que nada se modifique, por ideología franquista o por prudencia política, y quienes quieren que se haga un nuevo callejero de la capital, por ideología radical o por deseo de revancha. La España de banderías se resiste a morir. Todo indica que un verdadero balance entre reconciliación y memoria histórica será una tarea pendiente por mucho tiempo más.
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