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La caída de Prometeo

viernes 06 de noviembre de 2020, 08:38h

Los mitos son atemporales, nacieron del anonimato, sin padre ni madre reconocidos, se mantienen a lo largo de los siglos, giran sobre su eje, el límite de la inteligencia humana, basculan, oscilan, se transforman y prosiguen su andadura, repartiendo saberes, prudencia y credos.

Antiguamente, los dioses inspiraban a los aedos, sus pontífices, que ponían palabra a las revelaciones divinas. Los rapsodas repetían las enseñanzas de los aedos, generando un campo de creyentes, absortos por las maravillas míticas. Por último, los sacerdotes creaban rituales en consonancia con las verdades reveladas; su liturgia transformaba el campo de los creyentes en huertos ubérrimos de feligresía con fe ciega en la revelación y la generosidad posible.

Uno de estos mitos tiene como protagonista a Prometeo, un Titán que se apiadó de los hombres infortunados y sin recursos; le robó el fuego al dios Helios y lo donó a los humanos. Es un mito de redención. Prometeo puede ser considerado patrón del proletariado, un genio amigo que roba a los ricos para distribuir los bienes robados entre los pobres. Él era inmortal aunque podía sufrir. De hecho, los dioses lo castigaron por tramposo, al soslayar la autoridad divina y hacer su santa voluntad, prepotente y contraria a la ley del Olimpo.

Un intento de castigarlo fue la génesis de Pandora (pan-dora, todo-pellejo), sobre la cual, fue depositando un don divino cada uno de los inmortales. Por tanto, era una mujer irresistible por sus atractivos y mañas de seducción, aunque también le regalaron una tinaja donde depositaron todos los males que pudieran sufrir los mortales, prohibiéndole que la abriese. Aunque Prometeo no sucumbió a los encantos de su pretendiente, ella no pudo resistirse a la curiosidad y abrió la tinaja. Se le escaparon todos los males, menos Elpis, la esperanza.

¿Por qué los dioses consideraban a Elpis uno más de los males desgraciados, en vez de una virtud teologal, como luego fue considerada por los aedos de otro dios?

A mi juicio, la esperanza es madre de una larga prole: la pasividad es su hija mayor, el sabroso no hacer nada, a la espera de la llegada del Pometeo de turno, que nos saque de los atolladeros. También son hijas suyas las ilusiones infantiles, que confían la provisión de su bienestar a la intercesión de San Nicolás, de los Reyes Magos, de otros santos, o a los caprichos azarosos de la lotería. La credulidad en las ideologías también es fruto de la esperanza. Toda ideología pone la satisfacción de nuestras necesidades, nuestra felicidad, fuera de la realidad entorno, más allá de lo que hay, en la metafísica, sea un paraíso comunista, o un edén por venir. El engaño es otro hijo de Elpis; el mentiroso espera seducir con sus embustes a la concurrencia, cree que es más listo, más ingenioso y más sutil que los demás mortales y los puede engañar. El juego, como pugilato agónico, es también hijo de la esperanza, porque cada jugador se involucra con la expectativa de ganar. La opción de apostar, a sabiendas de perder, sólo cabe en la grandiosidad prepotente de Vox, o tal vez fuera un farol, una ocurrencia fugaz que hubo de afrontar después, bajo la presión interesada del Dr. Sánchez, siempre al acecho de la oportunidad de medro.

Aprovechando la vulnerabilidad de los seres humanos, los Prometeo de hoy compran los votos de mañana, interponiendo subsidios, becas, pisos de protección oficial, rentas mínimas vitales, rentas no contributivas, derechos abracadabrantes de sanidad universal y gratuita, que deja morir sin atención a los autóctonos, salarios de integración, bonos sociales, etc., etc. ¡Cómo será esto que se ha autorizado un incremento del 150% del gasto público! Es un delirio, o un embuste cuantificado.

Esta operación degradante, apalancada en la venalidad de los débiles, que fían a la providencia del Estado la solución de sus problemas, también la ha estado desarrollando Trump, a razón de 4.000$ por hispano, sus feligreses más acérrimos. Él sólo ve en el otro a sí mismo y no logra conocer la alteridad del otro. Quizá por eso, los dioses han castigado con los votos a este Prometeo, de alma voraz, engreído y loco por el triunfo a cualquier precio. ¡Ahí anda, a la espera de que lo echen de la Presidencia, pese al cosechón de votos obtenidos!

Pero, cuidado, él es un personaje agónico y ha hecho del populismo su cuarto de banderas. No será fácil el desalojo; presentará batalla.

Entre nosotros, hay otros populistas, que emplean la misma moneda para asegurar votos. La diferencia entre Trump y nuestros tramposos es que aquel tiene unos ideales ambiciosos en pro de la prosperidad de su país, mientras a los nuestros sólo les importa entramparnos, con tal de confiscar voluntades.

Nuestros Prometeos podrán caer también, con permiso de Vox, pero no se llevarán la deuda, ni la desertización del país.

Para que Elpis, con su indolencia contemplativa, no nos arrase a todos, conviene reivindicar el esfuerzo laboral de cada uno y machihembrarlo con la creatividad; dejar paso a la intuición, prudente y sensata, para resolver lo inmediato y proponerse metas alcanzables. Es el camino del mito al logos y éste último es personal e intransferible; por tanto, corresponde a cada quien su utilización a diario, constante, sin agonías, que todo suma.

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