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El otro pacto de Santoña

viernes 31 de marzo de 2017, 11:39h

A Juan de Ajuriaguerra, su mito le precedía. Cuando me hablaron de él por primera vez y lo hicieron en voz baja, me estaban nombrando al Jefe y, por tanto, era mejor no mentarlo ni conocer como era. Su gesto de volver en avión desde Biarritz a Laredo, en agosto de 1937, para entregarse con sus tropas, engrandeció su figura. Y fue uno de los hechos destacables de aquella tragedia. Unos responsables políticos siguiendo la suerte de sus soldados con condena a muerte segura No se dio en muchos sitios. Yo creo que en ninguno. El echar a suertes en la playa quien se quedaba y quien se salvaba y obligar al Lehendakari Aguirre a marcharse y que Ajuraguerra se quedara, engrandece la historia gloriosa del PNV.

En 1976 estaba D. Juan en la clínica Guimón y fui a llevarle el Euzkadi clandestino que todavía editábamos sin permiso. Era el aniversario de Santoña y quise destacar aquella conducta. Cuando se lo entregué, cambió el semblante y me echó una de sus broncas. No quería se le ensalzara cuando tantos gudaris habían sido fusilados y él habiendo sido el responsable, había salvado la vida.

Tras el berrinche me dijo. ”Cuando mi ama me venía a visitar a la cárcel de Burgos me preguntaba: Juan ¿estás preparado para morir bien?. Y yo siempre le contestaba: Ama, estoy preparado para vivir bien”.

Desde hace cuarenta años, Koldo San Sebastián y yo, tratamos que las mil historias e historietas, vivencias y amarguras, excelsitudes y miserias de nuestra historia reciente no se pierdan, porque los distintos gobiernos que hemos tenido, jamás han tenido una sensibilidad y acción en serio para ocuparse de estas historias de perdedores. Se han hecho cosas pero deslavazadas, o a trompicones y poco sistematizadas. La historia la han contado los vencedores y a veces se la han creído los vencidos. Y no vaya usted a una librería a buscar un ejemplar sobre estos temas. Lo español y lo superficial es lo que impera.

Este año se cumplirán en agosto los ochenta años del Pacto conocido como de Santoña y como nos imaginamos que aquella tragedia podrá ser objeto de las clásicas manipulaciones que ya conocemos y que lo presentan ante el mundo como “la traición de los vascos”, hemos buceado en toneladas de nuevos documentos intocados para dar nuestra versión ya que la única que se dio en su día fue la de D. Alberto de Onaindia y la de Lucio Artetxe por un lado y cientos de panfletos en el otro.

Como se comprueba en este libro que está en el horno, cargado de datos y documentos, aquello debía terminar como terminó. No con una derrota y entrega como se hizo en Madrid, todos peleados y culpándose unos a otros, o como sucedió en otros lugares o como hizo el presidente Azaña, dimitiendo en la embajada española en Paris. Eso sí que fueron traiciones.

La rendición vasca ante los italianos tuvo su aquel si hubiera prosperado para que de aquella manera los gudaris y sus responsables no se subordinaran a los generales Mola y Dávila de turno, auténticos asesinos con galones. Más que militares eran unos gánsteres y lo demostraron con su brutalidad y con la excusa que esgrimieron para fusilar: con la acusación de que eran responsables de ”auxilio a la rebelión”, cuando ellos habían sido los rebeldes a una República elegida democráticamente.

Cuando barajamos el nombre a poner en la portada nos inclinamos por “El otro Pacto de Santoña” y no porque hubiera habido dos, sino uno solo, pero el franquismo y la caverna más retrógrada han convertido la palabra Santoña en sinónimo de traición y de ahí que nos inclinamos por “El Otro Pacto de Santoña”, el único, el verdadero. El otro, el falso Pacto del que hablan sus detractores, es un cúmulo de falsedades y tergiversaciones que creemos poder disipar con éstas páginas que aportan un relato, un hilo conductor y mucha documentación.

Por eso este libro se titula “El otro Pacto de Santoña”, y, repito, no es que hubiera habido otro, sino solo uno, cuyo mejor nombre hubiera sido “El Pacto Ajuriaguerra-Mancini” o el “Pacto del PNV con los Italianos”, o “El Pacto de Laredo”, pero se dio en llamar “El Pacto de Santoña”, y así ha pasado a la historia.

Ante esta realidad, repito, nosotros le damos a este libro el nombre del “Otro Pacto de Santoña” porque manipuladores de la historia lo dan a conocer como el de la “Traición de Santoña”. Y no hubo nada de esto, como pretendemos demostrar.

Asimismo dudamos en poner un subtítulo “Y Ajuriaguerra volvió en avión”, para destacar el hecho, valentía, su proeza humanitaria, una vez más, pero nos hemos inclinado en redundar que solo hubo uno, y fue el único posible y el único digno.

Y las razones son éstas:

  • El gobierno de la República no suministró pertrechos de ninguna clase al Ejército Vasco. Ni armamento, ni aviones, ni barcos, ni balas, ni cañones. Nada. Y una guerra solo se gana con inteligencia, coraje y armamento adecuado. Lo poco que hubo se tuvo que comprar de muy mala manera fuera y el intento de fabricarlo dentro, lo impidió el avance de la contienda.
  • El increíble y nunca cumplido Comité de No Intervención impidió cualquier ayuda a la República a diferencia de lo ocurrido con el ejército sublevado por parte de Hitler y Mussolini que sí suministraron aviones, bombas, armamento y cobertura internacional al ejército rebelde. Churchill y Blum son culpables de una decisión incomprensible e insolidaria. Confío no haya ninguna calle en Euzkadi dedicada a estos dos sinvergüenzas en relación con nuestra tragedia.
  • El Alto Mando Militar español en Euzkadi, generales Llano de la Encomienda y Gamir Ulibarri, y otros oficiales del ejército republicano, no estuvieron a la altura de las circunstancias porque no conocían el terreno que pisaban y carecían de inteligencia táctica para llevar a cabo semejante tarea.
  • Los mandos soviéticos enviados no hicieron más que enredar y perjudicar la defensa. Eran burócratas al servicio del Partido Comunista Internacional, y sus peleas, purgas, espionajes, y búsqueda de chivos expiatorios estropearon muchas acciones.
  • El terror aéreo sembrado por el general Mola fue determinante. El bombardeo sistemático de Bilbao, Durango, Amorebieta, Otxandiano, Eibar y Gernika sembró la desesperación careciendo el ejército del Norte de aviones y cañones antiaéreos para defender dichas Villas y ciudades.
  • El Gobierno Vasco quiso tener su propio armamento: aviones, tanques, lanchas rápidas, antiaéreos, fusiles, balas y pistolas y tenían avanzado mucho de su fabricación en su industria reconvertida en industria de guerra. Pero no pudieron llevar a cabo aquellos planes por el avance del ejército franquista sublevado al que le costó avanzar cuarenta kilómetros, tres meses.
  • Las familias tuvieron que enviar a más de 4.500 niños a Inglaterra, Bélgica, Francia y Rusia ante la situación de angustia que se vivía. ¿Y por qué los enviaron fuera?. Pues porque en Euzkadi la aviación masacraba y los padres, en aquella amarga circunstancia, lo que buscaban era que por lo menos sus hijos pudieran vivir. Mola, que era un asesino, había lanzado su ultimátum: ”Si no os rendís, arrasaré Vizcaya”. Y lo estaba haciendo.
  • El Lehendakari Aguirre trató de que Francia permitiera y, la República aceptara, que el ejército vasco se desplazara a Catalunya, pasando por Francia, sin el menor éxito gracias a la conjunción de intereses del Comité de No Intervención y de la pusilanimidad de Azaña, Negrín y Prieto. Unos y otros tuvieron temor de un ejército vasco actuando en Catalunya.
  • La retirada de Bilbao del Gobierno Vasco y su administración fue ordenada y no se destruyó su industria porque la vida debía de continuar. Solo se hizo ésto con los puentes. Ocurrió exactamente lo mismo que con otras ciudades como Santander, Gijón, Barcelona o Madrid, a las que se les exculpa de no organizar su autodestrucción, pero sí al Gobierno Vasco. Por salvar, se salvó completa la Universidad de Deusto que jamás ha reconocido aquel gesto de inteligencia y humanidad.
  • Si no hubiera habido un Pacto de Santoña estaríamos hoy hablando de la masacre de Santoña, o del Genocidio de Santoña.

Esto es, en resumen, lo que hemos pretendido demostrar con este libro, que terminamos con páginas llenas de nombres, apellidos y condenas a gudaris y milicianos y la ramplonería, bajeza, y responsabilidad que atribuían a los gudaris y milicianos para matarlos. Una historia terrible y triste que es preciso conocer.

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