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Disidencia se escribe con J

martes 20 de diciembre de 2022, 08:13h

Disentir no es cómodo. Vaya el axioma por delante. Quien lo hace suele saber a lo que se expone y, aún así, una voz interior, acaso la conciencia, le impele a seguir adelante. Caiga quien caiga que, en general, suele ser el disidente. Al menos en primer término. Después, es sabido, quien ríe último, ríe mejor. No sé si es -o será-, el caso de los últimos personajes a quienes se les puede aplicar el adjetivo sin lugar a dudas. Son dos Joaquines, ambos intelectuales, de personalidades bien distintas, pero de coherencia a prueba de bomba.

El primero, el cántabro Joaquín Leguina, fue presidente de la Comunidad de Madrid durante varias legislaturas -dos mayorías absolutas-. Acaba de ser expulsado del PSOE, un partido en el que viene militando desde hace 45 años. Oficialmente, al parecer, a su secretario general, Pedro Sánchez, no le gustó nada aquella foto en la que el propio Joaquín y su compañero Nicolás Redondo Terreros escoltaban al enemigo número 1 del inquilino de la Moncloa en mayo de 2021, Isabel Díaz Ayuso. La presidenta de Madrid visitaba la Fundación Alma Tecnológica presidida por Redondo Terreros y de la que Leguina también forma parte porque es miembro de su patronato.

La razón oficial esgrimida por el partido del gobierno es un teórico e inexistente apoyo del expresidente Leguina a Díaz Ayuso. Las reales son las permanentes críticas que don Joaquín vierte semanalmente en la tertulia política de Herrera en COPE, en donde no se muerde la lengua y ataca libre y frontalmente las políticas revanchistas, las mentiras y las alianzas con partidos anticonstitucionales que apuntalan a Sánchez en la Moncloa.

Después –supongo que algo tendrá también que ver-, esa mirada llena de celos del pseudodoctor en Economía que nos preside - copió la tesis de varios cargos del Ministerio de Industria, y con la ayuda de Irene Lozano-, cuando examina el curriculum de Leguina, verdadero doctor en Económicas por la Universidad Complutense y en Demografía por la Universidad de la Sorbona de París. Y, además, y por si ello fuera poco, es autor de novelas y ensayos de éxito y es un alto funcionario, estadístico del Estado que, cuando abandonó la política, no tuvo ningún reparo en volver a su puesto de trabajo. Razones suficientes para alejar a don Joaquín del nuevo socialismo de Sánchez.

Más que convencido de haber sido purgado por sus opiniones críticas con el actual secretario general del PSOE, Leguina es un luchador nato y no se va a conformar con esa resolución de expulsión y, si no hay otro remedio, posiblemente lleve su caso ante los tribunales para volver a formar parte de la militancia socialista de un partido, el suyo, que tendrá que volver al sendero de la socialdemocracia si quiere seguir significando algo en este país. Y, entretanto, Leguina está convencido de que «Los que vamos a por Sánchez hacemos un favor a este país».

El otro Joaquín, Sabina, no ha dejado de ser la musa de la izquierda progresista y hasta de la derecha avanzada de este país desde sus inicios en La Mandrágora, hace la friolera de medio siglo. 73 años, jienense de nacimiento y madrileño de adopción, desde su ático en la Plaza Tirso de Molina, contempla los vaivenes políticos, no solo de la península ibérica, sino también de las repúblicas latinoamericanas, precisamente conquistadas en los últimos años por la izquierda populista. Con una bien ganada fama de desvergonzado, algo canalla, mujeriego y bebedor, sus coqueteos con la cocaína le han dado más de un disgusto serio y, quizás desde entonces, hemos visto a un Sabina más formal, entregado en cuerpo y alma a la música y a la poesía. Aunque en su prioridad figura antes esta última que los baños de masas que cosecha en todas sus giras de conciertos.

Ha vuelto a colocarse en primera línea de la actualidad a raíz del estreno del documental de Fernando León de Aranoa Sintiéndolo mucho. En uno de los pasajes del mismo, el poeta y cantante muestra cierta desilusión con la izquierda del siglo XXI al afirmar que, tras el fracaso del comunismo en el siglo XX, “la deriva de la izquierda latinoamericana me rompe el corazón, justamente por haber sido tan de izquierdas. Ahora ya no lo soy tanto, porque tengo ojos y oídos abiertos y cabeza para ver lo que está pasando”.

Dando la vuelta a la afirmación de Sabina, se diría que solo aquel que no quiere oír, ni ver, no se entera de nada. Una conclusión que no ha gustado nada a la legión de pseudointelectuales twitteros de los que están poblados esta y otras redes sociales. Habrá que citarles a todos ellos que otro hombre de izquierdas, que se la jugó de verdad en la época de Franco, juglar y cantante como Sabina, ya se lo advertía al personal. Hablo, claro está, de Paco Ibáñez, que, en La mala reputación, ya advertía algo parecido a lo que advierte hoy Sabina:

“…no pienso pues hacer ningún daño /queriendo vivir fuera del rebaño, /no, a la gente no gusta que /uno tenga su propia fe, /
todos, todos me miran mal, /salvo los ciegos, es natural”. Hay tantos en este momento que no sé si la ONCE, institución ejemplar donde las haya, va a ser capaz de absorber y atender a todos ellos.
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