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España, 5 meses de infarto

martes 04 de agosto de 2020, 07:44h

Llevamos varios meses de gobierno Sánchez la mar de agitados políticamente. Los coincidentes con la aparición del Covid-19, una pandemia mundial que ha tenido respuestas locales por parte de los diversos gobiernos del mundo, y en función del acierto o desacierto de las medidas implementadas por cada uno de ellos en sus países respectivos, las consecuencias han variado ostensiblemente. El nuestro no ha salido especialmente bien parado en diversos informes internacionales, que lo sitúan por detrás de Portugal, Italia, Francia, Bélgica o el Reino Unido, por citar solo algunos países europeos y cercanos geográficamente.

En España, desde mediados de marzo hasta la fecha, hemos ido viendo progresivamente el ingreso de miles de empresas en ERTE; otras no han podido hacerlo y sus trabajadores han tenido que formar parte de los cientos de miles de desempleados; colas inmensas ante los bancos de alimentos; desabastecimiento de material sanitario en nuestros centros de salud y hospitales; posteriores compras desafortunadas en el mercado chino; cifras de muertos proporcionadas por el gobierno que han tratado de minimizar el alcance real de la epidemia, o la hipotética creación de un comité de expertos para la desescalada que, finalmente, el gobierno se ha visto obligado a confesar que no llegó a constituir.

Estos y muchos otros episodios se han ido sucediendo en este país frenéticamente, a una velocidad de vértigo, y eso ha hecho extremadamente difícil a los ciudadanos su digestión. Más aún cuando ha habido que hacer un esfuerzo ímprobo para separar el trigo de la paja, la propaganda gubernamental, la frecuente e interesada desinformación de unos y otros frente a la realidad que todos hemos ido viviendo en cada momento y que los partidos han tratado de transformar en provecho propio.

Con todo, el mayor, el más sistemático y denodado esfuerzo se lo ha llevado el gobierno tratando de construir una realidad cercana al mundo Walt Disney (no hemos visto muertos, morgues, unidades de cuidados intensivos absolutamente sobrepasadas, enfermos muriéndose solos en medio de un pasillo de hospital…), y que todo el mundo necesitaba revivir sistemáticamente a las 8 de la tarde en sus balcones en forma de aplausos de agradecimiento a quienes más se han jugado en esta extraña y letal guerra vírica (personal sanitario, militares, policía, guardia civil y trabajadores de servicios básicos). Y luego con la necesidad de autocreerse la cantinela de que todos vamos a salir más fuertes, más altos y más guapos de este episodio…

Momentos críticos

Otros, por el contrario, han visto en la gestión de la pandemia muchas tensiones ocultas en el seno del gobierno que han provocado un fuerte nivel de contradicciones hasta el punto de llegar a calificar al ejecutivo como el camarote de los hermanos Marx por la alineación de dos frentes muy claros en su seno que, básicamente, se identificarían con el ala socialista, por un lado, y la podemita o comunista, por el otro.

No es este, desde luego, el mejor panorama para enfrentarse a uno de los momentos más críticos que ha vivido España en las últimas décadas. Al grave frente sanitario que constituye la lucha contra la pandemia, se le suma el apocalipsis económico del 18,5% de caída del PIB en el último trimestre que coloca a España en situación de recesión económica y en el peor momento desde 1939 y, por si todo esto fuera poco, también el ámbito institucional está más agitado de lo que debiera tras el anuncio del rey emérito, Juan Carlos I de abandonar La Zarzuela. Tras sus 39 años de reinado y 6 después de su abdicación, se ha visto envuelto en varios escándalos económicos que andan ya en las mesas de los tribunales aunque él no haya sido imputado por el momento. Ayer lunes, Juan Carlos anunciaba públicamente su decisión de abandonar España y así contribuir a proteger la figura de su hijo, el rey Felipe VI, que debe de estar viviendo uno de los momentos más amargos de su vida, y eso que tampoco le han faltado en sus seis primeros años de reinado.

Y entre tanto -erre que erre, ¡Y vuelta la burra al trigo!-, el vicepresidente segundo del gobierno, Pablo Iglesias, acosado por el caso Dina y seriamente tocado por los malos resultados obtenidos por Unidas Podemos en los recientes comicios autonómicos de Euskadi y Galicia, sigue insistiendo por activa y por pasiva en dar los pasos necesarios -dentro o fuera de la Constitución del 78-, para cambiar el orden constitucional y poder llegar a abrazar así la tercera república.

Un panorama que no puede sermás inquietante,, más intranquilizador para intentar buscar soluciones efectivas y lo más ampliamente consensuadas entre todas las fuerzas políticas, tanto en el orden sanitario como en el político, económico e institucional que vuelvan a situar a España en el camino recto para volver a ocupar el lugar que le corresponde a un país al que le va a resultar muy difícil acabar llegando a celebrar su sexto centenario como nación.

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