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Disonancia cognitiva catalana

jueves 14 de noviembre de 2019, 20:01h

En 1957 Jon Festinger enunció su teoría de la Disonancia Cognitiva y contempló las Disonancias Cognitivas Colectivas. Ha habido muchas, la Horda de Gengis Khan, los hebreos del Éxodo, los marañones de Lope de Aguirre y su búsqueda de El Dorado, el pueblo alemán que aupó a Hitler, los terraplanistas, los franquistas de la conspiración judeo masónica, las 918 personas abducidas por Jim Jones que se suicidaron en la Guyana en los 70, cualquier “barra brava” futbolera…

En Cataluña la mitad de la población vive un ensueño pernicioso que pre-alimenta, alimenta y retro-alimenta únicamente con información que reafirme sus convicciones. Hay mil ejemplos: los bloqueos sistemáticos en RRSS a cualquier constitucionalista; los eslóganes que usan simultáneamente el president de la Generalitat y los que cortan la frontera; la repetición ecoica de un credo ramplón (presos políticos, España opresora, diálogo, lo volveremos a hacer); la esperanza de llegar a Jauja; el odio y anatematización del otro como enemigo…

Desde mis tiempos de publicitario he sido muy consciente de la facilidad con que se puede manipular la conducta de un grupo predeterminado, pero ni en mis peores entrañas se me habría ocurrido que en los días que vivimos tal cosa fuera posible a nivel político y entre gentes del primer mundo. Sin embargo, ahí está, Cataluña es la ultimísima Disonancia Cognitiva Colectiva.

Cuando cualquiera de los “tOrraplanistas” dice Diálogo -Sit and talk es el nuevo eslogan pasivo agresivo del Govern y los tumultuarios-, realmente están hablando de doblegar al Estado para que acepte, “sí o sí”, Torra dixit, el derecho de autodeterminación de Cataluña y la convocatoria de un referéndum de independencia. Dos exigencias ilegales, lícitas e ilegítimas, pero ellos lo llaman diálogo. Y lo hacen todos y cada uno de ellos.

El comportamiento delusivo producido por la Disnancia Cognitiva en un individuo empeora al retroalimentarse de sus propias creencias y aprioris. En la Disonancia Cognitiva Colectiva el empeoramiento es exponencial al producirse redes y subredes de células activas que expanden sus dogmas y tabúes. Si además cuentas con una televisión, dos periódicos y una prensa local amordazada por las subvenciones, el resultado es una conciencia colectiva enferma.

Los independentistas creen de verdad en su delirio, con buena fe y convencimiento profundo de su derecho. No importan los argumentos históricos, políticos, culturales, sociales, jurídicos y penales porque ellos tienen su propio argumentario repetido, amplificado y asimilado para contestar a cada una de las razones que se les dé.

Llegados este punto, en el que estamos desde hace ya mucho tiempo, solo puede ocurrir una de estas dos cosas, y con ambas se aviva el delirio: o bien el independentismo recula, reconoce la constitución y empezamos a hablar de política; o bien las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado recuperan el control de las calles y el orden social. En el primer caso, imposible de toda imposibilidad mientras Puigdemont no esté bajo custodia judicial, el independentismo hablará de opresión, nueva derrota y humillación al independentismo, magnificando el delirio a través de esquemas pasivo agresivos elementales y perfectamente descritos por la psicología. Si son las Fuerzas de Seguridad del Estado las que tienen que acabar poniendo orden, el independentismo inmediata y automáticamente, como si fuera el reflejo extensor de un muelle, replicará que estamos invadiendo Cataluña y masacrando a la población pacífica que solo quiere votar.

El diálogo es mentira y sin que los políticos independentistas apacigüen a la gente, no se podrá restaurar la situación. Si hoy Oriol Junqueras et al salieran a rogar el fin de las protestas y los desórdenes, la horda, como un buque que intenta frenar en alta mar, tardará mucho tiempo en aplacarse.

Dicho todo esto, cada vez hay más españoles cabreados con la pataleta catalana. Un gobierno débil en apoyos parlamentarios, como el que se está gestando y siempre que llegue a nacer, y conformado por dos maneras muy distintas de entender qué es y para qué sirve un gobierno, no va a poder manejar esta situación sin el apoyo decidido del PP.

Kavafis escribió que a todos nos llega la hora del Gran Sí o del Gran No y la de Pablo Casado está cerca. Veremos si está a la altura o es solo otro muñeco bien parecido al que un secundario le roba el papel y le impone su Vox.

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