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¿Desinfección, para qué?

jueves 09 de septiembre de 2021, 15:09h

Cuentan que, cuando en 1920 Lenin se entrevistó en Moscú con Fernando de los Ríos, miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE, el socialista español le preguntó al líder bolchevique a propósito del restablecimiento de libertades en el país de los soviets. Wladímir Ilich Uliánov le respondió con su famosa frase: “¿Libertad para qué?”, a lo que don Fernando replicó sin pensárselo dos veces: “Libertad para ser libres”.

Haciendo una paráfrasis de mortal y medio con tirabuzón, si hoy alguien de peso le preguntara a las autoridades sanitarias mundiales para qué se desinfecta todo tan a conciencia desde la eclosión de la pandemia de Covid-19, la respuesta lógica debería ser: “Para estar desinfectados”.

Una casi obligada salida por las ramas, porque hasta el presente y que sepamos, en la literatura científica mundial no se ha registrado ni un solo caso de infección por contacto.

A pesar de ello, los geles hidroalcohólicos siguen teniendo máximo protagonismo y más allá de su uso individual a cascoporro, permanecen como obligatorios en la gran mayoría de establecimientos y centros oficiales; los virucidas se han convertido en los productos estrella de la hostelería, los centros escolares y cualquier servicio público; ha crecido como la espuma el uso de lejía, de oxígeno activo y de higienizantes para la ropa; los artilugios iniciales de ozono se han sustituido por maquinaria más sofisticada que, al menos en teoría, esteriliza los ambientes.

El Metro de Nueva York se cierra cada noche, algo que no había ocurrido en más de un siglo de funcionamiento, para hacer una limpieza a fondo, y el aeropuerto Adolfo Suarez Madrid-Barajas recibe y despide a los pasajeros de los vuelos con grandes carteles junto a los carros de equipajes indicando que estos han sido escrupulosamente desinfectados.

Todo ello en un contexto en el que, desde mayo de 2020 y tras numerosas investigaciones realizadas por los estadounidenses Centers for Desease Control and Prevention, sabemos que el virus se propagaba fácilmente entre personas infectadas y sanas a través de estornudos y las gotas que en ese momento se expulsan, o en el transcurso de charlas cercanas a través de microgotitas en aerosol, pero que tocar una superficie contaminada no representaba un riesgo apreciable, excepto que fuera seguido de gestos tan inhabituales como llevarse a continuación la mano a los ojos o a la boca.

Abundando en el tema, el 3 de julio de 2020 Emanuel Goldman, prestigioso profesor de microbiología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Rutgers, New Jersey, USA, publicó un impactante artículo en la sección Infectious Deseases de la revista científica The Lancet, con el título Exaggerated risk of transmisión of Covid-19 by fómites (un fómite, voz derivada de un cultismo médico latino, es cualquier objeto inanimado que al ser contaminado por un patógeno es capaz de transferirlo de un individuo a otro, por lo que también se denomina vector pasivo).

Goldman demostraba en ese artículo, derivado de una meticulosa investigación, que la transmisión del COVID-19 a través del contacto con pomos de puertas, paquetes de correos o barras de sujeción en transportes públicos, aunque no imposible, se antojaba extremadamente rara. Se trata de una simple cuestión expresada en las horas que pueden transcurrir entre que una persona infectada tosa en su mano y a continuación la use para abrir una puerta y más tarde otra persona toque el mismo pomo e inmediatamente la rechupetee o se frote con ella los ojos. En ese espacio temporal, la pequeña carga vírica inicial debe estar forzosamente desactivada. Según Goldman, para reproducir las condiciones en las que se habían realizado los experimentos que apuntaban a un riesgo de este tipo, sería necesario que al menos un centenar de personas infectadas estornudaran en la misma área.

Algunos científicos empezaron a percibir un eco histórico en esa aparentemente desmedida obsesión por la limpieza y a relacionarla con el fenómeno conocido como “teatro de seguridad”, un concepto introducido por el criptógrafo estadounidense Bruce Schnejer en su libro Beyond Fear: Thinking Sensibly About Security in an Uncertain Worl, publicado en 2003 y como larga reflexión tras las medidas adoptadas como consecuencia de los atentados contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001.

El “teatro de seguridad”, que desde entonces mantiene representaciones diarias en todo el mundo, se organiza y dirige para que el público en general tenga una sensación de confianza y se evite el pánico. Son rituales minuciosamente confeccionados para hacernos sentir más seguros, pero que en realidad no hacen mucho o casi nada para reducir el riesgo real. Especialmente cuando, como es a veces en el caso de la pandemia, se permiten actividades sustancialmente más peligrosas.

Numerosas investigaciones han corroborado que este “teatro de seguridad” aplicado a la higiene suele crear una falsa sensación de confort y confianza que irónicamente puede conducir a más infecciones, a un notable incremento de las alergias, el asma, enfermedades autoinmunes o Alzheimer, junto a un serio debilitamiento de las capacidades del sistema inmunitario que abriría las puertas a un sinnúmero de agresiones víricas.

Nadie duda del papel protagonista de la higiene en la salud pública desde la segunda mitad del siglo XIX, pero como grabaron los antiguos griegos en los frontispicios de sus templos: “Nada en demasía”.

En definitiva, estamos ante uno de los experimentos de higienización colectiva más grandes de la historia y a escala planetaria, y no sabemos qué consecuencias tendrá para la microbiota intestinal (eso que hasta no hace mucho llamábamos “flora intestinal”) y la salud general de las personas cuyo entorno prácticamente se ha esterilizado.

Convendría recordar lo que decía el microbiólogo Stan Falkow, profesor de la Universidad de Stanford y autor de trabajos científicos pioneros sobre patógenos resistentes a antibióticos: “El mundo está cubierto por una pátina de mierda”, una sentencia que su colega el doctor Justin L. Sonnenburg, inmunólogo adscrito a la misma universidad, completaba diciéndole a la sociedad a través de los padres recientes: “La próxima vez que su bebé se lleve algo a la boca piense que esa pátina le está proporcionando valiosos microbios que le ayudarán a formar una nueva microbiota”.

Veremos y lo veremos pronto.

Entretanto, no vendría mal tomarse de una vez en serio y cuidar con mimo ese ecosistema de cien billones/millones de millones de microorganismos -bacterias, hongos, protozoarios y otros microbios- que viven en nuestra microbiota intestinal y del que depende en un altísimo porcentaje nuestra salud física y mental, al tiempo que espaciamos las representaciones en el “teatro de seguridad”, que ya sabemos de qué va.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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