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Álvaro Luna (videoescenista): "El cine o la televisión están mucho más maniatados que la videoescena"

  • "Hay un punto que da la videoescena que no lo dan las otras disciplinas del teatro"
  • "Algunos directores jóvenes quieren integrarla en sus montajes a toda costa, sin ningún tipo de medida..."
  • "En ciertos estamentos no hay un reconocimiento real del videoescenista"

jueves 04 de octubre de 2018, 13:32h
Álvaro Luna (videoescenista): 'El cine o la televisión están mucho más maniatados que la videoescena'
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(Foto: Javier Naval)
El profesor de la Université Laval de Québec (Canadá), Luis Thenon, hace sólo un par de décadas, acuñó un nuevo término que, desde entonces, no ha dejado de utilizarse -en mayor o menor medida- en las artes escénicas: la videoescena. Con él se aludía a la utilización de lo audiovisual en las artes escénicas. En general, con ese concepto se hace alusión al empleo de imágenes sobre una pantalla situada en el escenario, referidas a una situación o a un personaje, que vienen a ser una especie de huella de lo que fue, de lo que pudo haber sido, de lo que puede que sea..., pero no de lo que es porque eso ya está pasando en escena, en tiempo real y delante del espectador. La imagen sobre la pantalla se convierte así en un elemento significante y significador a través de un lenguaje expresivo cuya utilización comienza ahora a generalizarse sobre el escenario.

Álvaro Luna (madrileño, 41 años), videoescenista desde hace más de tres lustros, es uno de los pioneros de la creación de videoescena en España (“no multimedia, ni audiovisuales porque yo audio no hago…”, precisa el creador), en teatro, ópera, zarzuela y demás artes escénicas… En este tiempo, Luna ha colaborado con directores tan reconocidos como Tomas Pandur, Gerardo Vera, Gustavo Tambascio, Lluís Pascual, Mario Gas, José Luis Gómez, Deborah Warner y José Luis Arellano El curioso incidente del perro a medianoche, en cartel en el Teatro Marquina de Madrid, es su último trabajo-, entre otros. Desde el principio no han dejado de pedirle ofertas que ha tenido que ir creando, proponiendo y afrontando en solitario.

Aunque Luna siempre tuvo claro que lo suyo era el cine y las artes escénicas, antes de acceder a la universidad estaba sometido a la presión familiar de acabar convirtiéndose en ingeniero porque iba muy bien en los estudios de Ciencias. Fue de la primera generación de universitarios de su familia y ese hecho suponía una presión mayor aún. “Estuve dos años haciendo Telecomunicaciones –nos dice-, pero muy pronto vi que por ahí no iba mi vida porque las matrículas que sacaba eran en Pensamiento Científico o en Historia de la Ciencia, asuntos que iban mucho más orientados hacia las Letras, así es que me fui de la Politécnica y comencé a estudiar Comunicación Audiovisual en el Instituto Oficial de Radio y Televisión. Allí mi mente comenzó a abrirse rápidamente. La titulación que hice se llamaba Realización de Audiovisuales y Espectáculos y, aunque solo estudiábamos audiovisuales, más cercano a la televisión, yo me decía ¿y de los espectáculos, qué? Comencé a interesarme mucho por este otro terreno y, casualmente, conocí a Gerardo Vera y me llamó para que le hiciera unos vídeos homenaje para el Festival de Cine de Málaga, y allí empezó todo”.

"El videoescenista necesita tener una formación muy ecléctica"

Fue al mismo Gerardo Vera a quien Luna ‘vendió’ un aluvión de ideas sobre las grandes posibilidades que tenía el vídeo en la creación de espectáculos teatrales: “yo ahora alucino porque entonces tenía unos 22 años y, sin embargo, Gerardo se fio de mí. Unos años más tarde le hice las primeras videoescenas y desde entonces-de eso hace ya más de 15 años-, me dedico exclusivamente a esto”. La libertad de creación que permite la videoescena es, en última instancia, la razón que llevó a Álvaro Luna a dedicarse a este oficio: “cada obra es completamente diferente. El cine o la televisión están mucho más maniatados por unos preceptos, una manera de hacer las cosas salvo, quizás, y últimamente, las series, y la narración está muy compartimentada, cerrada, sin mucha libertad. En el teatro, por el contrario, acaso por ese punto de amateurismo positivo que tiene mi disciplina, la creación se presenta siempre mucho más libre. Las únicas limitaciones son las que tú puedas ponerte”.

Para Álvaro, en gran medida, que hoy pueda seguir haciendo esto, que se haya convertido en videoescenista, se debe en gran parte a la democratización del medio, al hecho de “poder hacer un DVD en tu casa, con tu propio ordenador personal por el año 2000, fue una forma muy eficaz de abrir puertas. Tú podías llegar a un teatro con tu audiovisual bajo el brazo, ponerlo, darle al play y la gente podía verlo. Además de que eso evitaba todo el proceso previo de tener que convencer a alguien, o de tener que llamar a una productora que tendría que llevar todo un equipamiento que valdría carísimo… Tiré por ahí, y me interesó tanto que vi claro desde el primer momento que mi vida tenía que discurrir por aquí… Los avatares de la profesión han ido evolucionando para hacer las cosas cada vez más sencillas, los medios técnicos se han ido abaratando cada vez más, y todo eso ha ayudado también a que mi carrera profesional haya podido seguir por este camino”.

Viene ahora a mi memoria una primera visita que realizamos los entonces alumnos de Periodismo de la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense madrileña a mediados de la década de los 70 a los estudios de TVE en Prado del Rey. Como recuerdo de la visita, el realizador cortó en decenas de trozos que fue repartiendo a los embelesados alumnos, una cinta de un par de centímetros de anchura, con dos bandas incorporadas: una de vídeo, más ancha, y otra de audio, en la parte superior, y mucho más estrecha que la anterior. Ahora, el móvil de cualquier joven encierra más y mejores medios técnicos para filmar y editar cualquier grabación audiovisual. “Es cierto –comenta Luna-. Ahora todos los medios están al alcance de todos, pero muchas veces se desaprovechan. En todo caso, la tecnología no es la base; es solo una herramienta; lo importante es la idea de lo que quieres contar, el complemento que la videoescena puede hacer a la creación teatral… Hay grandes producciones que comienzan pensando en que va a ser necesario utilizar proyectores de no sé qué, o pantallas de tal… Yo les digo entonces si han pensado previamente lo que van a poner sobre ellas. Eso es empezar la casa por el tejado. Piensa qué quieres decir y, a partir de ahí, determina qué es lo que necesitas”.

Extraña simbiosis de personalidad la de Álvaro Luna, en donde se funden la creación más libre y la practicidad más odiosa: “lo malo de que no haya mucha gente trabajando en lo que yo hago creo que obedece a que hace falta una formación muy ecléctica. Hay que utilizar las últimas tecnologías y combinarlas al mismo tiempo con habilidades manuales como la pintura, la fotografía y otras mil cosas… Entre esto y que, después, tienes que tener un amor claro por la palabra, por el teatro, por la creación… ¡Es difícil encontrar personas en las que se pueda conjugar todo esto! A mí, por suerte, la evolución del trabajo me ha ido dando la necesidad de tener que ir aprendiendo todos estos conocimientos. No he tenido que empezar mi carrera sabiéndolo todo. Al principio conocía muy poco, pero tenía la suerte de estar trabajando ya en ello. Hoy, desde luego y para empezar, es difícil encontrar a alguien interesado en la misma medida por el teatro y por lo audiovisual (cine, televisión, publicidad), porque esto último es mucho más atractivo a primera vista”.

¿Para cuándo un premio Max a la mejor videoescena?

Tras tantos años de trabajo ininterrumpido en la videoescena, en teatros públicos y privados de ámbito nacional e internacional, y habiendo trabajado con algunos de los más grandes directores de teatro, Luna sigue teniendo los pies muy bien anclados sobre la tierra porque es muy consciente de la suerte que ha tenido por poder seguir trabajando, pero al mismo tiempo “creo que en ciertos estamentos no hay un reconocimiento real del videoescenista porque, al fin y al cabo, sigues siendo percibido como ‘el chico que hace el vídeo’’. ¿Para cuándo un premio Max a la mejor videoescena?, le preguntamos. “Me da un poco igual, la verdad –nos responde después de pensarlo un instante-. A mí lo que me fastidia no es que no exista el premio sino que no exista el reconocimiento de la videoescena como disciplina autónoma dentro del teatro”. No hay más ciego que quien no quiere ver, le replicamos. “¡Exactamente!, nos dice… Hay todavía mucha gente que piensa que el vídeo es una parte de la escenografía, o que lo puede hacer el de luces; no saben que la videoescena es autónoma e independiente del resto de las disciplinas que concurren en el hecho teatral. Y, sin embargo, y al mismo tiempo, la construcción del hecho teatral sucede justo lo contrario, es decir, que es dependiente de todas las demás porque la creación teatral tiene que ser colectiva… Yo soy artista, pero no a toda costa (de la obra o de la puesta en escena). No tengo por qué dejar mi impronta a costa de las demás disciplinas. ¡En absoluto! Hay gente que hace cine y que piensa que ellos, los cineastas, son más autores que yo. Yo les digo que no. Que son autores de otra manera. Sin desdeñar mi condición de artista, de creador, lo que no quiero es pasar por encima de la obra y erigirme en el protagonista. Todo lo contrario: quiero que mi videoescena esté al servicio de la obra, aunque luego pueda tener un estilo propio y personal… No eres un realizador de decorados”.

“A veces hay que decir que no a un director”

En el análisis de las propuestas iniciales a la dirección es donde se comienza a gestar de verdad la videoescena: “A veces hay que decir que no a un director. Todo el mundo lo hace alguna vez. Otras, por el contrario, soy yo mismo quien, después de haber amasado una idea pensando que es el no va más, resulta que la propuesta del director de escena es mucho más acertada que la tuya, y tienes que reconocerlo, a pesar de que te hayas tirado varios días pensando y formulándola. Uno admite su equivocación y ya está. El proceso teatral es ‘supermutable’ y eso se nota aún mucho más en el transcurso de los ensayos, que va cambiando a una velocidad increíble. Tú puedes hacer mucha preproducción, pero con la seguridad casi absoluta de que la idea inicial va a ser cambiada muy pronto…”.

Aunque la videoescena ya no hay duda de que ha venido para quedarse, hay que saber encontrar el término justo en cada propuesta porque “hay directores jóvenes que quieren integrar la videoescena en sus montajes, pero sin ningún tipo de medida… Normalmente me encuentro con una actitud mucho más meditada entre directores que ya tienen cierto poso, cierta experiencia. Aunque, al mismo tiempo, es mucho más abierto, tienes un mayor campo de libertad cuando trabajas con directores jóvenes porque siempre están mucho más predispuestos a todo… A veces hay que saber pisar el freno para buscar el equilibrio. Eso es fundamental para encontrar la coherencia con el resto de disciplinas”. Por tu experiencia –preguntamos ahora a Álvaro-, ¿cuándo decide un director que necesita verdaderamente algo de videoescena en su montaje? “Por lo que yo he visto, hay dos clases de directores. Unos, que lo deciden porque hay algo en el texto o en su puesta en escena que lo demanda claramente; o aquellos otros directores que creen que teniéndome en su equipo creen que voy a sacar jugo a alguna parte del texto y, aun sin saber muy bien para qué me llaman, lo hacen. Este último es el caso de directores con los que colaboro habitualmente, como Mario Gas o Gerardo Vera. Me conocen mucho y se fían mucho de mí porque voy a hacerles propuestas que, en general, no suelen ocurrírseles a ellos y pueden mejorar la propuesta”.

Esos actos de confianza mutua supongo que incluyen también la posibilidad –le indicamos- de ser tan sincero como para decirles, en alguna ocasión, que no se te ocurre nada, ¿no? “Sí. Y voy a relatarte un ejemplo muy claro. Yo quería y admiraba mucho a Andrea D’Odorico. ¡Era un hombre tan culto que no me cansaba de escucharlo durante horas y horas! Trabajé en contadas ocasiones con él, y la primera vez que me llamó fue para un montaje con Miguel Narros (Móvil, de Sergi Belbel), en el que intervenía María Barranco. En una primera reunión estábamos Andrea, Miguel, Luis Luque (entonces ayudante de dirección de Narros) y yo. Al menos durante dos horas, Narros y D’Odorico estuvieron discutiendo como debía de ser la obra y para qué había que utilizar el vídeo en ella. Uno tenía una idea, otro tenía otra, y yo una tercera. Fue tal la intensidad de la discusión que, después de todo ese tiempo, acabé por decirles a los dos: ‘yo creo que no me necesitáis. Llamadme si llegáis a algún acuerdo’. Y, finalmente no lo hicimos… Y con algún que otro director que, además tengo en mucha estima, me ha pasado también por tener ópticas diametralmente distintas”.

Me interesa también conocer el punto de vista de Álvaro acerca de si una de las posibles causas de que muchos directores jóvenes no se acerquen a él pueda ser por miedo a que su caché sea inalcanzable para las recortadas economías con las que se aborda ahora un montaje. Al videoescenista le parece que sí, que esa puede ser una causa: “yo trabajo mucho pero es que, si no trabajara tanto, a lo mejor no me dedicaba a esto. Tengo que trabajar muchísimo para poder vivir de ello. Respecto a los directores jóvenes, no me extraña que, como hemos estado en entornos diferentes, entiendo perfectamente que tiendan a dirigirse a colegas que les resulten más próximos, de alguna manera. Pero, sí que me gustaría tener más contacto con gente más joven que yo…”.

“Con todo –continúa afirmando el artista-, lo peor son los teatros públicos nacionales. Resulta increíble la precariedad de sus presupuestos, hacen un esfuerzo enorme por tener una programación de calidad y los que las sustentamos somos los equipos artísticos y los elencos. No se puede ofrecer a la gente tan poco dinero. Y, por otra parte, no se puede pretender que el videoescenista sea todo a la vez. Me refiero a que, por ejemplo, un diseño de escenografía, después lo construye un taller. Yo, sin embargo, diseño mis videos, los grabo, los edito, los monto, los pinto si es necesario e, incluso, a veces, hasta los he proyectado. ¡Ya no! Me negué a hacer de técnico hace muchos años porque ya era un abuso, y cada profesión tiene sus profesionales que viven de ello… Por otra parte, en un presupuesto para escenografía o para iluminación hay partidas que prevén la construcción o el equipamiento, pero a mí solo me preguntan por mi caché. ¿Y si necesito hacer un grafismo en 3D? Yo no tengo por qué saber hacerlo, no puedo ser experto en todo. En torno a una producción de cine o de publicidad, hay un montón de profesiones satélites (cámara, director, ayudante, foquista, posproducción, colorista, iluminador…), que, en principio, yo también necesitaría pero que, al final, acabas haciéndolo tú… No hablo tanto de recortes en mi caché, sino de toda una serie de limitaciones que te ponen, incluso cuando hace falta gente para grabar si se plantea una gran producción: ¿qué no tenemos presupuesto? Quieren que haga una producción potente pero que, a la vez, la pueda llevar a cabo yo solo…”.

La necesidad o no de recurrir a la videoescena la marca siempre el director. “Igual que puede entender que es necesario recurrir a un diseño de iluminación porque prefiere que, en lugar de una memoria de luces durante toda la función, elige que pueda haber un vehículo emocional que transite la luz a lo largo de toda la obra. Con el vídeo es exactamente igual. Si prefieres que no haya, no hay, no hay problema. Si decides que sí, por supuesto que haremos algo. La videoescena te ayudará a transitar la obra, a que el conflicto dramático evolucione, etc.”.

A veces Luna ha estado también tentado de hacer alguna incursión en el campo de la dirección de escena, aunque esa tendencia se ve atenuada con frecuencia porque “a veces dirijo a actores, o dirijo escenas, esa actividad me nutre y, por otra parte, como no dejo de trabajar porque casi todos los proyectos que me llegan me parecen muy interesantes, nunca he tenido tres o cuatro meses seguidos para intentar la aventura en serio. Pero nunca se sabe en qué vas a poder acabar”.

El flashback o el flashforward ayudan a conocer mejor el clima, la emoción…, lo mágico, el tiempo, el espacio, el pensamiento de algún personaje, su estado interior. ¿Hay muchas otras maneras de utilizarla videoescena? “Sí, desde luego. Van desde la pura anotación referencial o ambiental, que es lo más básico de la videoescena, hasta el flashback o el flashforward de los que me hablas, que son mucho más interesantes. Me parece que hay un punto que da la videoescena que no lo dan otras disciplinas del teatro, que son los niveles de información. Y con ellos, el suspense, como hacía Hitchcock. Son esas cosas que tú puedes añadir en la videoescena que el personaje principal no sabe, pero sí el espectador. Ahí se juega ya con un nivel de ‘información a tres’ (y tanto con el tiempo como en el espacio), que hacen subir el nivel de sufrimiento del espectador al conocer algo más de lo que sabe el personaje”. Y todo esto, ¿es más interesante en el plano dramático, o también en el narrativo? Para Luna “es mucho más con lo dramático porque, en lo narrativo, al final siempre te vas a la ilustración… Hice una Medea en Mérida, dirigida por José Carlos Plaza, con Ana Belén y Consuelo Trujillo que, allí en Mérida, comenzaba con una larguísima narración de unos 15 minutos en donde se contaba La Ilíada. Me llamó para intentar complementar esa narración, y lo hice sacando partido al propio monumento”.

Para terminar, intentamos poner a Álvaro en un brete pero el tiro –como diría un andaluz- nos sale por la culata porque él lo tiene muy claro: “que un director de cine acabe haciendo videoescena es muy difícil y, sin embargo, es mucho más fácil que un videoescenista haga alguna incursión en la dirección de cine”. Somos pacientes, así es que vamos a ver si el futuro nos depara la sorpresa de ver a Álvaro Luna hacer su primer largo, o dirigir su primer montaje. El tiempo lo dirá.

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