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Laila Ripoll: 'Amo a España y me duele en la misma medida'
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Laila Ripoll (dramaturga): "Amo a España, y me duele en la misma medida"

> "No podemos abandonar la cultura del esfuerzo, de la empatía, de la disciplina, del trabajo>
> "¡Hay que acabar ya con la reserva india!"

lunes 23 de abril de 2018, 08:18h

Aunque ha ejercido como actriz, Laila Ripoll Cuetos (Madrid, 1964) es fundamentalmente autora dramática y directora de escena. Entre otros, suyos son textos como Basta que me escuchen las estrellas, Cancionero republicano, Los niños perdidos, Pronovias, El cuento de la lechera, Que nos quiten lo bailao…, Samuel, La frontera, Victor Bevch, El día más feliz de nuestra vida, Atra Bilis (cuando estemos más tranquilas), Unos cuantos piquetitos, Árbol de la Esperanza, La ciudad sitiada, Los niños perdidos y, muy pronto, Descarriadas y Dónde el bosque se espesa. Su obra ha sido traducida al francés, rumano, portugués, italiano, griego, inglés y euskera.

A lo largo de su trayectoria ha recibido numerosos premios, entre ellos un Max, un Ojo Crítico de RNE y el Premio Nacional de Literatura 2015 por El triángulo azul, que recrea la experiencia vivida por los republicanos españoles en el campo de exterminio de Mauthausen.

Laila se acercó al teatro desde muy pequeña -sus padres estaban muy vinculados a él desde siempre-, Manuel Ripoll, su padre, realizador de programas dramáticos en TVE, y Concha Cuetos, su madre, actriz. Así es que sucedió lo que tenía que suceder, es decir, que primero se licenció por la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), y más tarde se tituló en Pedagogía Teatral (RESAD, INEM, INAEM) y amplió su formación teatral con Declan Donellan, Miguel Narros, Josefina García Aráez, María Jesús Valdés o Mauricio Kartún, entre otros.

En 1991 fundó junto con Mariano Llorente, José Luis Patiño y Juanjo Artero la productora Micomicón, a través de la cual ha dirigido diferentes espectáculos teatrales.

“¿Escribir cómo? Con un conflicto, con un planteamiento y un desenlace...? Entonces, gente como Rodrigo García o Angélica Lidell no habrían escrito en la vida”. Así de drástica y contundente se muestra Laila Ripoll cuando, de entrada, le planteamos cuál le parece la vía más apropiada para convertirse en escritora, en autora dramática... digamos ‘de academia’, de máster, de taller al menos. “Entonces -añade categórica- Lope de Vega, que lo revolucionó absolutamente todo en el teatro, no se habría convertido nunca en autor”. Con esta firmeza comienza Laila Ripoll nuestra charla en torno a su figura, a la de una mujer que lleva ya varios decenios escribiendo teatro, aferrándose a la profesión para la que ha nacido y adonde ha llegado a base, fundamentalmente, de lecturas y de reflexión.

Muy cerca del madrileño Pavón Teatro Kamikaze y de su casa (Laila vive en el barrio de Lavapiés desde hace mucho tiempo), quedamos en una cafetería que, por aquello de comenzar mal, está cerrada. Pero a grandes problemas, grandes soluciones, así es que buscamos otra, a menos de cincuenta metros de la primera aunque, eso sí, mucho más concurrida y ruidosa (música ambiental, choques constantes de platos, tazas y cucharillas…). Mejor para Laila, que no es muy amiga de hablar con una grabadora delante, aunque quién lo diría a juzgar por su naturalidad, su sonrisa permanente y su desenfado en todas y cada una de sus respuestas y comentarios. “No me gusta nada hablar de mí misma”, nos dice. “Mi timidez es casi enfermiza, aunque he tenido que aprender a disimularlo”. Y ¡vaya si lo ha conseguido!, porque su discreción es tal que no hay ni un rasgo externo que la distinga de otra mujer cualquiera del barrio del Rastro madrileño, un día laborable, poco después de haber dejado a su hijo en el colegio…

A Laila, la pasión por el arte le viene de familia. Su padre realizó para TVE muchos Estudio 1 y telenovelas, “y yo que era muy buena, muy buena -dice sin abandonar la sonrisa-, desde muy pequeña mis padres me llevaban a todos lados, me tragué innumerables horas de ensayos tanto en la tele como en teatros, y visité docenas de camerinos”. Algo parecido ocurre ahora con su hijo, así es que no es muy aventurado afirmar dónde recalará también dentro de unos años. “Recuerdo ver entonces adaptaciones de Noel Coward, Oscar Wilde, o Chèjov, ente muchos otros autores, y desde muy pequeña… Y, además, comencé a leer mucho y muy pronto. Por ejemplo, las obras más importantes de Shakespeare, me las leí antes de cumplir los diez años… ¡Siempre me ha gustado muchísimo el teatro!”.

“De todo he aprendido. De Lina Morgan, de Miguel Narros…”

Siendo tan tímida como nos confiesa, no es extraño que Ripoll abandonase muy pronto la interpretación, la única especialidad que pudo cursar cuando entró en la RESAD. “La dirección de escena o la dramaturgia son especialidades que llegaron más tarde a mi paso por la Escuela. Para entonces, yo era ya económicamente independiente, y tenía que trabajar, así es que aunque me planteé hacer dramaturgia también, en un momento dado, vi que no podía permitírmelo, tanto por falta de tiempo como de posibles para dedicar tres años más de mi vida al estudio… Las cosas llegaron a base de hacerlas. Leyendo mucho, y viendo mucho teatro”.

En aquella época de estudiante, Laila veía todo.” Y de todo he aprendido -sostiene-. De Lina Morgan, de Miguel Narros, de José Carlos Plaza… He visto todos los festivales del mundo… Recuerdo, por ejemplo, que a la compañía Taganka de Moscú, que ponía en escena La madre de Maximo Gorki, (¿?????????), la vi tres veces seguidas y las tres lloré. O a La Royal Shakespeare Company, en la entonces Sala Olimpia, que trajo un Tito Andrónico, en la que estuvimos haciendo cola toda una noche para poder verla. Claro que hacía de Tito, ni más ni menos que Brian Cox. Esa fue una experiencia que a una le marca para siempre, y es con experiencias como esa con las que aprendes. Me hubiera gustado pillar otra época, para tener experiencias como las 24 horas de Mount Olympus, de Jan Fabre, que seguro que me las habría chupado, pero ahora no he podido, claro. Me da cierta envidia sana de aquellos que sí pudieron acudir al espectáculo...”.

Romántica y soñadora, a Laila le hubiera gustado trasladarse, con una máquina del tiempo, al siglo XVII, cuando los mismos actores hacían absolutamente de todo y en cada función. “Me parece que el teatro es precisamente eso. Tiene mucho de artesanía…”. Sin embargo, el futuro le da un poco de miedo, y no querría ir al siglo XXV, a ver qué tipo de teatro se hace dentro de cuatro siglos porque prevé que el cambio climático y el maltrato que el hombre hace de la naturaleza, le hacen intuir que no va a ser muy apetecible ese mundo al paso que vamos.

“Hay que hacer de la necesidad virtud -continua diciendo la dramaturga y directora de escena-, aprender a solucionar, a hacer mucho con pocos recursos. Peter Brook, por ejemplo, ha aplicado esta misma óptica a sus montajes. Llegó un momento en que parecía que, si no había medios, no se podía trabajar, y la realidad es que se pueden hacer muchas cosas, y sin necesidad de tantos medios… A ver a dónde vamos ahora porque estamos en una época un poco rara. La gente que ahora tiene veintitantos años, que ha crecido con la crisis, además de estar muy preparada, creo que sabe buscarse la vida de otra forma. Sin embargo, la gente que se creó en la época de bonanza, -la de ‘España va bien’-, le va a costar un montón reciclarse”.

“Si tienes poco, la imaginación se agudiza…”

“Este país necesita una sacudida de algo porque estamos como aletargados”, afirma y, buscando alguna explicación a un hecho tan indiscutible, Ripoll concluye en que “quizás es que hemos vivido una época en donde se han atado los perros con longaniza. Vivir en la abundancia está muy bien, pero no podemos abandonar la cultura del esfuerzo, de la empatía, de la disciplina, del trabajo… Tampoco es que la creatividad no pueda surgir con la nevera llena, pero si tienes poco, desde luego, la imaginación se agudiza… A veces hay que fabricar el teatro. Si llegas a un pueblo, en donde hay un tablado y te dicen que venga, que la función hay que hacerla aquí, y tienes que buscarte la vida para ver como iluminas, como haces la caja, etc. Si estás acostumbrado a trabajar solo en el Teatro Real, te encuentras en una situación así y no sabes qué hacer, te paralizas. Pero el teatro es artesanía y, si tienes todas las facilidades, luego no sabes qué hacer cuando llegas a un sitio en donde no hay ningún recurso”.

Desde La ciudad sitiada, en sus comienzos, Ripoll reivindica todo cuanto ha hecho, incluso aquellas cosas en las que se ha equivocado, porque de las equivocaciones también aprende uno. “Además, nuestro oficio tiene una ventaja -comenta con sarcasmo-, y es que no estás operando a corazón abierto, así es que si te equivocas, no pasa nada. Si puedes, en la siguiente representación, lo intentas arreglar, o lo mismo no era el momento de ese proyecto, y lo retomas unos años más tarde y cambia completamente la forma de abordarlo y de recibirlo…”. Y quitando hierro al asunto, Laila sigue comentándonos que “A veces uno se dice ‘¡qué horror he hecho!’, y otras, por el contrario, uno no entiende como a la gente no le gusta tal o cual propuesta porque a una le sigue encantando… Pero, ya se sabe, ‘el libro de los gustos tiene las páginas en blanco’. Quien tiene la última palabra es uno mismo”. Y añade que a Strehler, hablando de su vida, contaba que él era muy fatuo, de jovencito, y que un día, haciendo un Macbeth en la arena de Verona, se dijo que qué horror, que qué es lo que había hecho, y a partir de ahí cambió su manera de entender el teatro… Creo que por ahí hemos pasado todos. Hay que ser muy crítico con uno mismo. Pero si a mucha gente no le gusta lo que has hecho, pero a ti sí, seguirás haciéndolo igual”.

“El teatro es política”, afirma contundente la madrileña. Le obsesiona la constante falta de respeto por los derechos humanos. Acaso por eso mismo, porque la unión hace la fuerza, milita en varias ONG que se preocupan por los derechos del niño, del refugiado, de la no violencia y, “no puedo hablar de otras cosas que estas”. “Yo he aprendido a escribir con los escritores del Siglo de Oro, y especialmente con Cervantes y Quevedo, que también estaban permanentemente preocupados por todo lo que concierne al hombre, así es que no me estoy inventando nada”. Tampoco se dedica a la actualidad más inmediata, porque eso no le permitiría distanciarse suficientemente del problema, y “si no tomo distancia, yo no sé contar las cosas”. Sí que me sale hablar de la guerra, de los desaparecidos, del pasado, de la sociedad que tenemos y, sobre todo, de los derechos de las personas.”. Y de ellos habla en Atra Bilis, Santa Perpetua, o en La ciudad sitiada…

Con todo y con eso, le preocupa lo cotidiano, el día a día, y aplica sobre ello el filtro del humor porque “sin él no podría vivir. Mi humor no es muy blanco, incluso puede decirse todo lo contrario, que es negro, pero es que nosotros somos hijos de un país que combina el humor negro como nadie. Somos de los pocos pueblos en el mundo en donde, en los velatorios, la gente cuenta chistes. Esa es nuestra cultura y, en este sentido, yo me siento muy española. Con los chistes en los velatorios, con Quevedo, Paco Nieva, o con las pinturas negras de Goya”.

Ha conocido tiempos mejores, pero ahora mismo -piensa Laila-, es imposible vivir del teatro. Nuestra compañía, Micomicón, estrenó por vez primera en 1992 y, a pesar de haber pasado por muchos de los más prestigiosos escenarios de nuestro país (María Guerrero, Español, etc.), mi familia puede sobrevivir gracias a que Mariano -mi marido y padre de mi hijo-, actor y autor en la compañía, trabaja también como actor en televisión y, de vez en cuando, hacemos también talleres, cursos, etc., que ayudan para llegar a fin de mes. Pero hacerlo exclusivamente del teatro, hoy por hoy, es dificilísimo”. Y cuando, además, Laila echa la vista hacia otros compañeros más jóvenes, las gentes que están empezando ahora, “la verdad es que se me abren las carnes…. Antes eran las giras las que te proporcionaban el colchón, y luego venías a Madrid a ‘morir’. Luego te das cuenta de que tampoco eso es muy nuevo porque, leyendo la autobiografía de Fernando Fernán Gómez, El tiempo amarillo, compruebas también que él el dinero que ganaba haciendo cine, luego lo invertía en Madrid para perderlo haciendo teatro…”.

Feminista, progresista y activista de los derechos de la mujer, a Laila Ripoll no deja de sorprenderle y, hasta cierto punto, también de incomodarle, que haya gentes que hablen de portavozas y crean que con ello hacen un gran favor al feminismo… “Pero si la voz es un término femenino -enfatiza nuestra interlocutora-, ¿por qué cometer esa barbaridad? Yo creo que el feminismo es otra cosa. Desde luego, lo que no es son estas bobadas que se construyen con el lenguaje. Haciendo el ridículo de esta manera, se hace un flaco favor al feminismo… ¡Esto es una coña! ¡Estamos en un momento en el que nos encontramos tan encasillados, tan polarizados…! Pero es que yo no me caso con nadie. Si alguien dice una gilipollez, la dice, independientemente de su adscripción política o ideológica. Yo, afortunadamente, no pertenezco a ningún partido político. Soy de ACNUR y de Amnistía Internacional y, a veces, estas instituciones también me cabrean”.

“Una escribe para la gente que quiere”.

Laila Ripoll creció muy cerca de sus dos abuelas. “A las dos las quise muchísimo”, nos dice. Lola, de Alicante, que murió en 2003, y su abuela Flora, de la cuenca minera asturiana, muerta en 1991. “Pasó la guerra en Madrid y, después de que su marido saliese de la cárcel, emigraron a Marruecos, de donde no regresaron hasta los años 60. Flora soñaba desde siempre con que su nieta algún día fuera escritora. Aunque no sabía escribir, de leer sabía lo justito, e intentaba leer todo lo que podía (le encantaba Pearl S. Buck), y para ella lo máximo que se podía ser en esta vida era escritora”. Lamentablemente la abuela Flora no llegó a ver en escena ningún montaje de su nieta. La otra abuela, sin embargo vio hasta Atra Bilis y la disfruto muchísimo, tanto como su nieta: “Una, al fin y al cabo, escribe para la gente que quiere”.

Para protegerse de las críticas ajenas, primero Laila confiesa que se somete a un “filtrado previo impresionante” (sic). “Además de Mariano, mi marido, con quien estoy permanentemente debatiendo -afirma-, amplío también el círculo a muchos otros amigos cercanos. El teatro es un arte eminentemente colectivo y, aunque luego una se encierre sola a escribir, antes de hacerlo público, necesita pasar muchos filtros y, por eso, cuando llegas al estreno ya vas con una cierta seguridad… De todas formas, a lo que he aprendido con el tiempo, es a no tener miedo a equivocarme. Ya lo dije antes, por equivocarse, no pasa nada. Cuando uno arriesga, puede equivocarse. Cuando no te equivocas nunca es si no arriesgas; claro que así nunca harías nada medianamente interesante. Hay que tener un cierto valor. Pero lo verdaderamente importante es llegar a comunicar, a expresar realmente lo que quieres contar. Luego habrá gente a la que le llegue, y otra a la que no. A mí me pasa lo mismo cuando voy a ver algo que no me gusta. Por eso no me enfado con esa persona, ni le niego el saludo, ni nada de eso (sonríe abiertamente)”. En esos casos, nos dice Laila, solo da su opinión si le preguntan directamente, procurando siempre ‘no hacer sangre’, “porque levantar un montaje cuesta mucho esfuerzo, mucho dinero, y mucho trabajo y amor propio y eso merece muchísimo respeto…”.

Acaso por eso mismo, Ripoll procura estar siempre hasta el final de un espectáculo, incluso sin gustarle demasiado, aunque confiesa también que, hace ya varios años, ha habido alguna vez que no ha podido llegar hasta el final. “Ahora aguanto lo que me echen” (sigue sonriendo al tiempo que responde). Pero lo cierto es que la dramaturga sigue disfrutando como una enana cuando se le pone delante un texto, un montaje y unos actores que le tocan el alma. “La última -nos dice-, fue esa Iphigenia en Vallecas, con María Hervás, para quien no tiene más que palabras de elogio por el trabajo de la joven actriz madrileña: “¡Me enamoró!, ¡ya hubiera querido yo haber podido hacer lo que ha hecho ella con su edad: ver una función en Londres, adaptarla, conseguir los derechos, producirla e interpretarla!”.

“El teatro, fundamentalmente, es palabra”

Alguien, alguna vez, ha puesto en boca de Laila Ripoll que “en el teatro está todo inventado”, pero cuando le preguntamos por ello para que pueda ratificarlo, nos matiza la afirmación, aunque no niega haberla hecho. “Es que, cuando queremos ir de modernas, no nos damos cuenta de que este es un arte muy viejo. ¿No hay telón? Vale, pero es que en el siglo XVI ya no había telón. ¿Hombres haciendo de mujeres?: exactamente lo mismo. ¿Proyecciones?: los decorados hace mucho tiempo que también están en el teatro… Evidentemente la técnica va aportando cosas que son muy útiles… Ahora se hacen proyecciones, pero yo recuerdo las Luces de bohemia que hizo Tamayo con diapositivas, y aquel fue un espectáculo verdaderamente interesante. Claro que Tamayo era un visionario… Ahora ponemos cuatro vídeos y ya nos creemos muy modernos… A esto es a lo que me refería al decir que ya todo está inventado en el teatro… Ahora con la luz se pueden hacer cosas muy especiales, o en las mismas proyecciones (las de La tumba de María Zambrano, que hemos podido ver en el Valle-Inclán hace muy poco son espectaculares), las escenografías (me encantan las de Alessio Meloni, de quien también estoy enamorada)… Ahora sigo pensando que hay gente muy buena en el teatro…”.

Pero Ripoll no se olvida, ni mucho menos, de lo que es esencial en el teatro: la palabra. “El teatro, fundamentalmente, es palabra. Y de ahí también la conexión que ha habido siempre entre teatro y radio. Yo he tenido la suerte de hacer tres radioteatros, que han sido una de las experiencias más bonitas que he tenido yo en los muchos años que llevo vinculada al oficio. Me llamaron de RNE para escribir tres piezas destinadas a ser montadas en la radio y me di cuenta de que, viniendo del teatro, es relativamente sencillo escribir para la radio. Me parece que esta es una práctica que debería recuperarse de forma habitual, al menos en la radio pública, aunque eso llevara implícito tener que contar con un cuadro estable de actores. Esa es una manera de que el teatro llegue a todas partes. Desgraciadamente, no todo el mundo tiene la suerte de vivir en Madrid, en Barcelona, en Valencia o en Sevilla y, por tanto, no puede acudir con cierta frecuencia al teatro. Pasaba lo mismo antes con Estudio 1, un programa que la televisión llevaba al pueblo más recóndito de España y con el que la gente podía acceder a piezas como La importancia de llamarse Ernesto, Tío Vania o Doce hombres sin piedad”.

Nos preguntamos por qué seguimos hablando aún de dramaturgos y dramaturgas. ¿Es que la bondad o menos bondad de un texto se mide por el sexo de quien lo escribe?, le planteamos a Laila, y la escritora dice estar harta ya de esas mesas redondas de dramaturgas, o de literatura femenina: “parece que estamos otra vez en la reserva india. Afortunadamente, cada vez somos más mujeres en el teatro, en la novela, en la poesía… Nuestra presencia en la literatura está ya más que normalizada, así es que vamos a normalizarlo del todo porque, de otra forma, va a parecer que la mujer está ahí como si fuera una excepción. Y es que no es así: en teatro, por ejemplo, está María Velasco, Lucía Carballal, Lola Blasco, Angélica Lidell, Lucía Miranda… Hay un montón, y no hay más que echar ahora mismo un vistazo a la cartelera de Madrid para probar que lo que estoy diciendo es cierto. ¡No acabo de entender esas divisiones!, ¡vamos a normalizar de verdad! Pasa lo mismo en el tema de la dirección de escena, y en otros ámbitos artísticos. Incluso en las direcciones de los más importantes teatros. Ya tenemos mujeres al frente de la CNTC, el Español, los teatros del Canal, y nos falta otra en el CDN, que supongo que muy pronto estará también. Creo que las mujeres estamos en un momento óptimo, pero es lo que pasa siempre en este país, que es un país muy barroco, y estas son las dos caras del barroco, los dos espejos. Por un lado estamos maravillosamente, y, por otro, estamos hechas una mierda. ¡Es la historia de siempre en España!”.

Quizás, le decimos, pasa algo parecido a lo que ocurre en la Semana Santa de Sevilla, que une el fervor más profundo y el populismo más anticlerical, y en la misma fiesta. Y Laila dice que sí, aunque ella no ha estado nunca en la Semana Santa sevillana porque tiene cierto pavor a esas concentraciones de las que uno no puede salir muy fácilmente. “A mí, toda la iconografía religiosa me parece muy interesante para poner encima de un escenario -argumenta-. Eso sí, sin faltar nunca al respeto, a las creencias de los demás. Y esto te lo dice alguien que ve el asunto desde el agnosticismo más convencido. No soy católica, pero he tenido formación católica, y respeto profundamente las creencias de todos. Creo que ese es un terreno en el que es muy difícil entrar, pero como es mi cultura, hay elementos que me gusta mucho utilizar. Si yo saco a una persona con los brazos en cruz a un escenario, estoy hablando de sufrimiento y de martirio; no hablo de ridiculizar el sufrimiento, sino todo lo contrario, hablo de utilizar esos signos como forma de teatro. La iconografía católica es tan hermosa, tan potente, que para alguien que está vinculado al teatro en este país, es imposible no utilizarla. Eso es inevitable, porque te da momentos de una gran plasticidad, y que ofrece además un signo muy claro. Una Piedad es un signo de maternidad doliente que facilita inmediatamente conocer lo que se nos está contando. Y eso no tiene por qué llevar aparejado necesariamente una falta de respeto en su utilización”.

Y todo esto lo ejemplifica Laila con un espectáculo que ella misma llevó al escenario, Mudarra, basado en El bastardo Mudarra, de Lope, “en que a cada escena la llamábamos ‘paso’, recordando a las imágenes que pueden verse en cualquier Semana Santa de cualquier ciudad española. La obra tenía un aire muy medieval... Incluso poníamos incienso cuando entraba la gente al teatro. Pero antes nos fuimos al Museo Nacional de Escultura de Valladolid y estuvimos estudiando en profundidad a Gregorio Fernández, Alonso Berruguete, Juan de Juni, Martínez Montañés o Pedro de Mena y jugamos mucho con esas imágenes. Doña Alhambra llevaba un traje como de Virgen, porque la gente, cuando fuimos a Sevilla, entraba a ver la función y se decía ¡qué bien huele aquí!, e identificaban lo que iban a ver con la Semana Santa. En cambio, en otros sitios, cuando olían el incienso, se quejaban del olor (¡aquí huele a muerto!). Para mí es un signo muy claro que uno puede utilizar en un escenario y a mí me encanta como utiliza esos signos La Zaranda, lo mismo que hace con la música la iconografía, etc. Y eso no es ninguna falta de respeto sino todo lo contrario. ¡Los adoro, son maravillosos, unos artistas estupendos y yo soy una auténtica fan suya!”.

Y para terminar, ya metidos en harina, hablamos con Laila Ripoll de lo español, de lo genuinamente español. “Yo creo -nos dice-, que, a veces, no sabemos muy bien qué es España”. Para Laila, España es algo que ha mamado, “un lugar en donde me he criado, es un idioma, una cultura, unas costumbres, una memoria de mi historia. Y todas esas cosas son asuntos que me duelen y que amo en la misma medida. Y esto, sin ser en absoluto nacionalista, porque yo creo que el nacionalismo es algo perverso como concepto (¡todos los nacionalismos!). Para mí, encierran una dosis de perversión porque llevan implícito un desprecio por el otro… Yo, por ejemplo, cuando voy a América Latina me siento muy bien porque me encuentro con hispanohablantes. Cuando voy a Portugal, me ocurre otro tanto porque allí también me reconozco en muchas cosas. Es muy hermoso ver cómo, recorriendo la geografía americana con un espectáculo como Atra Bilis, la gente te diga que se siente muy identificada con lo que ve. En Bolivia, por ejemplo, muchos espectadores me han dicho ‘mi abuela era igual, o mi tía era igual…’. O en Ecuador, o en Colombia… La lengua marca muchísimo, y la historia común. Y la cultura: me gusta Goya, Quevedo, Lope, Frida Kahlo, García Márquez”. Y para comprobar si lo que dice Laila es tan cierto como ella dice, le pregunto si es capaz de reconocer a un escritor en español, de ideología frontalmente opuesta a la suya, como un buen escritor, a lo que sin dudarlo ni un instante, me responde que “sí, absolutamente. Escribir bien o mal es independiente de la forma de pensar. Jorge Luis Borges, por ejemplo, no me parece ideológica ni personalmente simpático, y, sin embargo, es para mí uno de mis escritores favoritos. Y otro tanto puedo decir de Quevedo, un gran misógino, antisemita, un impresentable como persona, y que, sin embargo, era un gran escritor…”.

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